La nueva vida del creyente

Del nuevo nacimiento a la gloria

Unidos en un solo cuerpo

Bautizados por un solo Espíritu

El pensamiento de Dios no es que el creyente permanezca solo. Así Juan recuerda: “Jesús había de morir… para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (cap. 11:51-52).

El propio Jesús lo había dicho: “Sobre esta roca (sobre Cristo, el Hijo del Dios viviente) edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). Era algo futuro. Fue necesaria la venida del Espíritu Santo a la tierra el día de Pentecostés para que por un solo Espíritu fueran bautizados en un cuerpo todos los rescatados, judíos o griegos, esclavos o libres (1 Corintios 12:13).

Al comienzo del testimonio cristiano, como lo vemos relatado en los primeros capítulos de los Hechos, todos los creyentes eran de origen judío. Luego, Pedro fue enviado a Cornelio, centurión romano pagano (Hechos 10). El capítulo 8 muestra que aquellos que habían sido dispersados por la tribulación que sobrevino en tiempos del martirio de Esteban, pasaron a Antioquía y anunciaron el Evangelio a los griegos; de esta manera, unos no judíos comenzaron a formar parte de la familia de Dios y recibieron al Espíritu Santo.

Por medio de este bautismo espiritual que tuvo lugar el día de Pentecostés (Hechos 2), judíos y gentiles forman un solo cuerpo:

Los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio
(Efesios 3:6).

Ambos (judíos y gentiles) son reconciliados con Dios en un solo cuerpo mediante la cruz…; “porque por medio de él (Cristo), los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Efesios 2:16-18).

Se podrían leer muchos escritos y folletos acerca de la Iglesia, hasta memorizarlos, lo que sería muy útil; pero ello no bastaría para hacer realidad la reunión alrededor del Señor. Para ello es necesario que el Espíritu Santo revele a nuestro espíritu y a nuestro corazón el valor que la Iglesia tiene para Cristo (griego: ekklesia, «la que es llamada afuera»; en inglés: Church; en alemán: Versammlung/Gemeinde; en griego: kuriake, «la que pertenece al Señor»; la asamblea: «la que está reunida alrededor de él»).

A los ojos de Dios, la Iglesia es una. Está compuesta por todos aquellos que, habiendo nacido de nuevo, han recibido el Espíritu Santo y están, pues, “bautizados en un solo cuerpo”. Es necesario guardar esta unidad del Espíritu, la que el Espíritu ha producido, que es una realidad para los ojos de la fe, y estar reunidos simplemente como miembros de ese Cuerpo, sin ninguna otra organización.

En realidad, la Iglesia no es una organización de la cual el creyente sería «miembro», sino un organismo vivo, el Cuerpo de Cristo, del cual formo parte como creyente, lo sepa o no. Lo que cuenta, pues, es estar reunidos en el nombre del Señor Jesús, asegurados de su presencia (Mateo 18:20), separados del mal moral y doctrinal, simplemente como miembros de ese solo Cuerpo, aun cuando los que están así reunidos representan solo una pequeña parte de toda la Iglesia. Ellos con gozo pueden adorar juntos, orar juntos, ser edificados juntos.

La diversidad en la unidad

Cristo es la cabeza del Cuerpo, el jefe (Efesios 1:22; Colosenses 1:18). Los rescatados son los miembros del Cuerpo (1 Corintios 12:27; Romanos 12:5). Los miembros son complementarios los unos de los otros, y cada uno tiene una función particular.

“De la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (Romanos 12:4-5). Otros pasajes –como 1 Corintios 12 y Efesios 4– subrayan la misma realidad.

De ella, el apóstol Pedro extrae la siguiente conclusión práctica:

Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios
(1 Pedro 4:10).

Notemos en esos distintos pasajes la diversidad de los dones; cada uno ha recibido algún don; somos invitados a utilizarlo los unos para los otros, conscientes de la gracia de Dios que nos ha sido dada. Pero también es esencial que cada uno “piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Romanos 12:3), “conforme a la regla que Dios nos ha dado por medida” (2 Corintios 10:13).

Constituye un peligro, por un complejo de inferioridad (1 Corintios 12:15-17), no aprovechar para el bien de los demás algún don de gracia; o, por el contrario, ejercitarlo creyéndose superior a los demás, diciéndoles o pensando: “No te necesito” (1 Corintios 12:21-25; ver también Romanos 12:3).

Adoradores

Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.

La adoración es la más alta función que los creyentes puedan cumplir en la tierra y la única que continuará en el cielo (Juan 4:23; Apocalipsis 5).

Adorar “en espíritu”, “dar culto por el Espíritu de Dios” (Filipenses 3:3, según NT interlineal griego-español) no es ya, como lo fue en el Antiguo Testamento, un culto material, con sus ceremonias, sus sacrificios, sus ritos. Ahora, dar culto se expresa en cánticos espirituales, en oraciones de adoración que son el fruto de labios que confiesan su nombre (Hebreos 13:15). Es una adoración que nace en el corazón y que desemboca, en su madurez, en fruto de labios. No consiste en la repetición de las mismas frases en las oraciones, o en los cánticos que se entonan más o menos maquinalmente, ¡sin que se piense verdaderamente en las palabras, ni en Aquel a quien ellas van dirigidas!

Adorar al Padre “en verdad” es hacerlo según la revelación que él ha dado acerca de sí mismo, es decir, como Padre y no como Jehová o el Altísimo.

En forma individual, cada uno, en su fuero interno, puede dar gracias a Dios “siempre” (Hebreos 13:15) por haberle rescatado y bendecido. Pero, según la Palabra, el verdadero culto es colectivo: “Como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:5).

Según conduzca el Espíritu, el culto se dirigirá al Padre o al Hijo. Su tema no solamente será el habernos salvado y preparado para la gloria. Sobre todo hablaremos al Padre de las perfecciones y de la obra de su Hijo. También recordaremos el amor del Hijo hasta la muerte, lo único que ha permitido que nos acerquemos a Dios como adoradores.

Jesús murió, su sangre abrió entrada
Dentro del velo, celestial lugar,
En donde el alma ya purificada,
Cerca de Ti, ¡oh Dios!, puede adorar;
Por Cristo entrando, nada allí tememos,
Tu gloria no nos puede anonadar;
En luz estamos, plena paz tenemos,
La que en justicia Él nos pudo dar.

Himnos y Cánticos, Nº 15

La Cena del Señor es el centro del culto. Las oraciones de adoración, los himnos y los cánticos espirituales se elevan a Dios para expresar lo que él ha puesto en nuestros corazones.

La silenciosa participación en el recuerdo de la muerte del Señor corresponde, en su sencillez y su profundo significado, a Cristo, quien nos amó hasta dar su vida en la cruz y lo cumplió todo para gloria de Dios. “La muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Corintios 11:26). El culto de adoración es eterno; la Cena es únicamente para esta tierra.

Al participar del pan de la Cena, expresamos también que “siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1 Corintios 10:17). En nuestros pensamientos y nuestros corazones abarcamos a todos los rescatados por el Señor tal como Él los ve, es decir, formando ese solo Cuerpo; aunque al estar reunidos como miembros de ese Cuerpo, y de nada más, sentimos la ausencia de aquellos que no están presentes.