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La realidad presente
La verdad de la unidad del cuerpo y la de la presencia de Cristo en medio de la Asamblea, prometida a los dos o tres “reunidos en mi Nombre” (Mateo 18:20), son prácticamente desconocidas o abandonadas en los diversos sistemas o denominaciones religiosas que están en el terreno de independencia.
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La responsabilidad del hombre y la gracia de Dios
En la Escritura hay dos grandes temas concernientes a las relaciones del hombre con Dios: por una parte, la responsabilidad del hombre para con Dios, y por otra, los designios de gracia de Dios para con el hombre. El primero de esos temas lo vemos representado en el primer hombre, Adán, y el otro en el segundo hombre, el último Adán, Jesucristo, el Hijo de Dios.
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La restauración de Israel
Israel será vuelto, sobre una base completamente nueva, a su antiguo lugar, lo repito: a su antiguo lugar y no implantado en la Iglesia cristiana, de la cual los judíos nunca formaron parte como pueblo.
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La situación de los paganos moralistas (cap. 2:1-16)
Todos los paganos sin excepción ¿habían caído tan abajo como lo indica el final del primer capítulo? No; había entre ellos quienes se apartaban con indignación de las infamias que se practicaban y eran aprobadas por la generalidad. Había filósofos, apóstoles de la moral, etc., que condenaban la triste senda de sus conciudadanos, apiadándose de ellos o despreciándoles.
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La soberanía de Dios no anula la responsabilidad del hombre
Llegamos ahora a la última objeción: “Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?” (v. 19). En otras palabras: si Dios otorga su gracia a quien quiere, ¿qué puedo hacer?; y si él endurece a quien quiere, ¿cómo oponérsele? Si él es el Dios soberano, no me queda nada más que hacer que someterme a su voluntad.
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La victoria de Cristo sobre la muerte
En el versículo 8, la consecuencia de lo que acabamos de hablar se extiende al porvenir, cuando nuestros cuerpos participen en la resurrección de entre los muertos. “Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él” (v. 9).
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Libertad cristiana y no carnal
“No sea, pues, vituperado vuestro bien” (v. 16). La libertad de que gozamos como cristianos es preciosa, pero ¡tengamos cuidado de que nuestra conducta no nos dé la enojosa reputación de una libertad carnal! Cuidémonos también de querer imponer a nuestros hermanos algo que consideramos permisible, mientras que ellos tengan escrúpulos para hacerlo.
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Libre para servir
Ellos eran libres y, sin embargo, esclavos. Habían sido liberados del pecado no para cumplir desde entonces lo que se les antojara, sino para servir a la justicia con santo temor. En ambas condiciones hay una finalidad y un crecimiento. En el primer caso, la finalidad era una impiedad cada vez mayor: la separación de Dios a causa del orgullo y la propia voluntad.
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Los designios de Dios acerca de su pueblo Israel
Hemos llegado a un recodo de la epístola. Hasta aquí, el apóstol nos ha conducido desde las sombrías profundidades de la corrupción humana hasta las cimas luminosas de la gracia divina.
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Los dos maridos
Entonces, cualquiera que sabe lo que es la ley, sabe también que un hombre muerto está fuera del imperio de todas las leyes. La ley del Sinaí solo puede tener autoridad sobre él durante su vida. La muerte suprime toda obligación de su parte. El apóstol explica eso aun con más detalle sirviéndose del ejemplo de la ley del marido.
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Los que todavía observaban ordenanzas
De ninguna manera debemos suponer que el término “débiles” comprendía a creyentes que en su andar manifestasen negligencia o infidelidad. Más bien tenían una exagerada delicadeza de conciencia, se esforzaban ansiosamente por complacer a Dios mediante la observancia de antiguas ordenanzas judías y deseaban encontrar en ello descanso para sus almas.
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Más que vencedores
“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?” (v. 35). El apóstol no quiere decir que el creyente no se enfrente a estas cosas. Ellas están presentes, y las sentimos en toda su agudeza. El propio Hijo de Dios pasó por todas esas pruebas y sufrimientos.
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Más sobre la cuestión de los fuertes frente a los débiles
En los siete primeros versículos de este capítulo, los que en el fondo pertenecen al capítulo precedente, el apóstol continúa sus exhortaciones sobre la manera de obrar de los fuertes frente a los débiles. Al identificarse directamente con los primeros, dice: “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos” (v. 1).
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Misericordia para todos
En todo esto vemos no solamente la invariable fidelidad de Dios, sino también su sabiduría insondable, lo que el apóstol destaca en los versículos siguientes. Israel poseía promesas hechas por gracia.
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Muertos al pecado
Él plantea esta cuestión: “Los que hemos muerto al pecado, ¿ómo viviremos aún en él?” (v. 2). El cristiano, quien en otro tiempo vivía en el pecado, halló en la muerte de Cristo mucho más que el perdón de sus pecados y transgresiones. Él murió con Cristo y, por ese medio, fue quitado definitivamente de la pasada condición en que se hallaba.
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Muertos al pecado, tenemos vida nueva en Cristo
Si además estudiamos otras enseñanzas sobre el bautismo en las cartas de los apóstoles, encontraremos el pasaje importante de Romanos 6:3-4. En contestación a la pregunta de si nosotros, que hemos muerto al pecado, tenemos que permanecer en él para que la gracia de Dios crezca, Pablo contesta enérgicamente: “En ninguna manera” (v. 2).
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No deudores… sino del amor cristiano
En el versículo 8 el apóstol da un paso más al decir: “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley”.
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Nos gloriamos en Dios
“Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (v. 11). No es la gloria, ni las tribulaciones y sus benditos resultados los que están ante el espíritu del apóstol, sino Dios mismo.
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Nuestra posición como hijos o niños de Dios
“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” (v. 14). Mediante este pasaje llegamos a la maravillosa relación a la que hemos sido llevados como seres que ya no son conducidos por la carne y que tampoco se hallan más, como otrora Israel, en la posición de siervos o esclavos.
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Oposición absoluta entre la carne y el Espíritu
“Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (v. 6-7). La carne y el Espíritu son y permanecen opuestos entre sí. El pensamiento de la carne está dirigido a las cosas visibles, conduce a la muerte, tanto ahora como eternamente.
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Pablo deseaba visitar a los creyentes de Roma
Pero, como ya no tenía motivo de detenerse en las regiones que acababa de visitar (pues había anunciado plenamente el Evangelio desde Jerusalén y sus alrededores hasta Iliria, como también probablemente hasta la costa oriental del mar Adriático), esperaba, al ir de paso para España, ver a los creyentes de Roma, y, después de haber gozado un poco de su compañía, ser encaminado por ellos a su des
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Padecer con Cristo
El camino que conduce a esa meta gloriosa, colocada ante nosotros, pasa por el sufrimiento. Ningún cristiano puede eludirlo. Por eso tenemos como final de la frase: “si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”.
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Priscila y Aquila
En el versículo siguiente encontramos dos nombres conocidos: “Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús, que expusieron su vida por mí; a los cuales no solo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles”.
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Privilegios de los judíos y su infidelidad
Si Dios, pues, exige tan solemnemente la sinceridad y rechaza toda forma exterior, ¿no es preferible ser un pagano incircunciso, con una responsabilidad menor que la de un judío? Muy naturalmente se plantea la cuestión: “¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿o de qué aprovecha la circuncisión?”. El apóstol responde: “Mucho, en todas maneras.
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