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La muerte por un hombre, Adán

Evidentemente, cuando el apóstol habla de la transgresión de Adán piensa en un pasaje del profeta Oseas. En él, Dios acusa a su pueblo terrenal de haber obrado pérfidamente y haber transgredido (o traspasado) el pacto, como Adán (Oseas 6:7). El pacto y los mandamientos dados eran diferentes en ambos casos, pero en principio Adán e Israel pecaron de la misma manera.

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La obra cumplida

El juicio estaba ejecutado. Aquel que había tomado nuestro lugar bajo el juicio expió las faltas de las cuales voluntariamente se hizo cargo. Pudo proclamar: “Consumado es” (Juan 19:30). Entraba en la muerte para pagar enteramente lo que merecía el pecado.

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La palabra “bautizar”

La palabra griega que expresa el concepto “bautizar” (baptizein, de baptein) significa «sumergir» o «hundir». «Baptizein» no ha tenido nunca el sentido de derramar o de rociar. En el Nuevo Testamento la encontramos empleada algunas veces en el sentido de «lavar».

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La paz está hecha

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (v. 1).

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La Persona del Hijo

Esta Persona maravillosa era el objeto de su Evangelio. Era “el evangelio de Dios… acerca de su Hijo…, que era del linaje de David según la carne” (v. 3). Pese a haber aparecido como tal en medio de su pueblo terrenal para cumplir las promesas divinas, Cristo había sido rechazado. De este modo Israel, como pueblo, había perdido todos los derechos a esas promesas.

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La realidad presente

La verdad de la unidad del cuerpo y la de la presencia de Cristo en medio de la Asamblea, prometida a los dos o tres “reunidos en mi Nombre” (Mateo 18:20), son prácticamente desconocidas o abandonadas en los diversos sistemas o denominaciones religiosas que están en el terreno de independencia.

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La responsabilidad del hombre y la gracia de Dios

En la Escritura hay dos grandes temas concernientes a las relaciones del hombre con Dios: por una parte, la responsabilidad del hombre para con Dios, y por otra, los designios de gracia de Dios para con el hombre. El primero de esos temas lo vemos representado en el primer hombre, Adán, y el otro en el segundo hombre, el último Adán, Jesucristo, el Hijo de Dios.

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La restauración de Israel

Israel será vuelto, sobre una base completamente nueva, a su antiguo lugar, lo repito: a su antiguo lugar y no implantado en la Iglesia cristiana, de la cual los judíos nunca formaron parte como pueblo.

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La santificación

Esta presencia del Espíritu Santo en el creyente impone una separación práctica del mal. ¿“Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Corintios 6:19-20).

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La situación de los paganos moralistas (cap. 2:1-16)

Todos los paganos sin excepción ¿habían caído tan abajo como lo indica el final del primer capítulo? No; había entre ellos quienes se apartaban con indignación de las infamias que se practicaban y eran aprobadas por la generalidad. Había filósofos, apóstoles de la moral, etc., que condenaban la triste senda de sus conciudadanos, apiadándose de ellos o despreciándoles.

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La soberanía de Dios no anula la responsabilidad del hombre

Llegamos ahora a la última objeción: “Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?” (v. 19). En otras palabras: si Dios otorga su gracia a quien quiere, ¿qué puedo hacer?; y si él endurece a quien quiere, ¿cómo oponérsele? Si él es el Dios soberano, no me queda nada más que hacer que someterme a su voluntad.

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La unción

Dios nos ha ungido con el Espíritu como con un aceite de consagración para servirle, para conocer las cosas profundas de Dios, para recibir y comunicar sus pensamientos (2 Corintios 1:21; 1 Corintios 2:10-15; 1 Juan 2:20, 27).

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La victoria de Cristo sobre la muerte

En el versículo 8, la consecuencia de lo que acabamos de hablar se extiende al porvenir, cuando nuestros cuerpos participen en la resurrección de entre los muertos. “Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él” (v. 9).

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Las arras

Dios “nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones”. “Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu” (2 Corintios 1:22; 5:5). El Espíritu Santo de la promesa “que es las arras de nuestra herencia” (Efesios 1:14). El Espíritu Santo, en nuestros corazones, es a la vez una garantía y un anticipo de nuestras futuras bendiciones en la gloria.

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Libertad cristiana y no carnal

“No sea, pues, vituperado vuestro bien” (v. 16). La libertad de que gozamos como cristianos es preciosa, pero ¡tengamos cuidado de que nuestra conducta no nos dé la enojosa reputación de una libertad carnal! Cuidémonos también de querer imponer a nuestros hermanos algo que consideramos permisible, mientras que ellos tengan escrúpulos para hacerlo.

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Libre para servir

Ellos eran libres y, sin embargo, esclavos. Habían sido liberados del pecado no para cumplir desde entonces lo que se les antojara, sino para servir a la justicia con santo temor. En ambas condiciones hay una finalidad y un crecimiento. En el primer caso, la finalidad era una impiedad cada vez mayor: la separación de Dios a causa del orgullo y la propia voluntad.

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Los designios de Dios acerca de su pueblo Israel

Hemos llegado a un recodo de la epístola. Hasta aquí, el apóstol nos ha conducido desde las sombrías profundidades de la corrupción humana hasta las cimas luminosas de la gracia divina.

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Los dos maridos

Entonces, cualquiera que sabe lo que es la ley, sabe también que un hombre muerto está fuera del imperio de todas las leyes. La ley del Sinaí solo puede tener autoridad sobre él durante su vida. La muerte suprime toda obligación de su parte. El apóstol explica eso aun con más detalle sirviéndose del ejemplo de la ley del marido.

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Los que todavía observaban ordenanzas

De ninguna manera debemos suponer que el término “débiles” comprendía a creyentes que en su andar manifestasen negligencia o infidelidad. Más bien tenían una exagerada delicadeza de conciencia, se esforzaban ansiosamente por complacer a Dios mediante la observancia de antiguas ordenanzas judías y deseaban encontrar en ello descanso para sus almas.

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Más que vencedores

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?” (v. 35). El apóstol no quiere decir que el creyente no se enfrente a estas cosas. Ellas están presentes, y las sentimos en toda su agudeza. El propio Hijo de Dios pasó por todas esas pruebas y sufrimientos.

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Más sobre la cuestión de los fuertes frente a los débiles

En los siete primeros versículos de este capítulo, los que en el fondo pertenecen al capítulo precedente, el apóstol continúa sus exhortaciones sobre la manera de obrar de los fuertes frente a los débiles. Al identificarse directamente con los primeros, dice: “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos” (v. 1).

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Misericordia para todos

En todo esto vemos no solamente la invariable fidelidad de Dios, sino también su sabiduría insondable, lo que el apóstol destaca en los versículos siguientes. Israel poseía promesas hechas por gracia.

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Muertos al pecado

Él plantea esta cuestión: “Los que hemos muerto al pecado, ¿ómo viviremos aún en él?” (v. 2). El cristiano, quien en otro tiempo vivía en el pecado, halló en la muerte de Cristo mucho más que el perdón de sus pecados y transgresiones. Él murió con Cristo y, por ese medio, fue quitado definitivamente de la pasada condición en que se hallaba.

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Muertos al pecado, tenemos vida nueva en Cristo

Si además estudiamos otras enseñanzas sobre el bautismo en las cartas de los apóstoles, encontraremos el pasaje importante de Romanos 6:3-4. En contestación a la pregunta de si nosotros, que hemos muerto al pecado, tenemos que permanecer en él para que la gracia de Dios crezca, Pablo contesta enérgicamente: “En ninguna manera” (v. 2).

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