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La respuesta de Dios
En Romanos 5:12-21 encontramos la respuesta divina a esta dificultad. El primer Adán transmitió su condición, que había contraído tras su caída, a todos los que pertenecen a su familia (esto es, a todos los hombres).
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La restauración
Pero el servicio del Señor tampoco terminó ahí. A raíz de su resurrección, el Señor envió un mensaje en el cual mencionó expresamente a Pedro (Marcos 16:7), y tras esto tuvo un encuentro especial con él (Lucas 24:34). ¿De qué hablaron?, las Escrituras no nos lo dicen. El Señor tiene palabras especiales para cada uno de los suyos, dirigidas exclusivamente a uno mismo.
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La resurrección, prueba de la justicia de Dios
Quiero entrar en este tema con un poco más de precisión. El Señor Jesús fue a la cruz y allí tomó sobre sí todos los pecados de aquellos que le han aceptado y de los que aún le aceptarán, llevándolos en su cuerpo (1 Pedro 2:24). También fue hecho pecado y juzgado como tal (2 Corintios 5:21; Romanos 8:3).
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La santificación por el Espíritu
Si leemos el Nuevo Testamento, vemos que de nuestra santificación se habla de dos maneras. Por una parte, se dice que somos santificados (1 Corintios 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; 1 Pedro 1:2, etc.). Por eso en varios pasajes se nos llama “santos” (ver, por ejemplo, el comienzo de las epístolas). Esta santificación se efectuó por medio del nuevo nacimiento.
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La santificación práctica
Todas las exhortaciones nos llaman a manifestar desde ahora lo que un día seremos; esta es la meta de todo ministerio (Efesios 4:11-16; Colosenses 1:28). ¿Y cómo hemos de ser? Debemos asemejarnos a Aquel hombre glorificado en el cielo. Por lo tanto, Él también es la medida para nuestra marcha práctica. Por eso se dice:
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La seguridad de ser oído
Romanos 8:31-32 dice: Si Dios es por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?. Y en Juan 16:27 el Señor afirma: “El Padre mismo os ama”.
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La simiente de Abraham
Lo primero que los judíos reivindicaban era que solo ellos eran la simiente de Abraham (Juan 8:33). «Bien –dice el apóstol– entonces tendrán que reconocer a Ismael, pues él también era hijo de Abraham». Y si en este caso se pudiese objetar que la madre de Ismael era tan solo una esclava, de quien descienden los árabes, todavía quedaba Esaú, el padre de los edomitas.
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La vida de los creyentes muestra, en su conjunto, caracteres muy diferentes
Se ve a creyentes, o cristianos, que empiezan mal su carrera, pero al aprender a juzgarse bajo la disciplina, terminan bien su curso, y a veces de una manera gloriosa. Este fue el caso de Jacob, cuyos días fueron “pocos y malos” (Génesis 47:9), pero cuya vida termina con plena visión de la gloria (cap. 49).
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Las tentaciones del diablo
Cuando Satanás llega con sus tentaciones, cuánto dolor nos causa.
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Llamados, justificados y glorificados
En el versículo 30 encontramos la relación de los consejos de Dios con el tiempo actual. Apenas nacimos, ya volvimos la espalda a Dios: éramos pecadores. Pero Dios nos llamó. No se trata del llamado general de Dios, el que dirige a todos los hombres para que se conviertan, sino del acto de creación de Dios, quien “llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17).
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Lo bueno y lo malo en la práctica y la doctrina
La Palabra de Dios es la única que nos muestra lo bueno y lo malo en la práctica y la doctrina. “He guardado tus mandamientos y tus testimonios, porque todos mis caminos están delante de ti” (Salmo 119:168). “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Apocalipsis 2-3).
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Lo esencial del cristianismo
En Juan 4:10 el Señor Jesús da a conocer brevemente las señales de la nueva época, es decir, el período de la Iglesia. Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.
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Lo que llena el corazón del Padre
¿Qué ocupa el corazón del Padre? Indiscutiblemente su Hijo Jesucristo y toda la gloria de su persona y de su obra. Cuando el Hijo estaba en la tierra, agradó al Padre que en él habitase toda la (divina) plenitud (Colosenses 1:19).
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Los que deben dar el ejemplo tienen más responsabilidad
Por su pecado, un sumo sacerdote debía ofrendar un becerro (v. 3), un príncipe o jefe debía ofrecer un macho cabrío (v. 22-23) y una persona cualquiera del pueblo solo tenía que ofrecer una cabra o un cordero (v. 27-28, 32). Quienes deben dar el ejemplo tienen una responsabilidad más grande, expresada por la importancia del animal ofrendado.
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Los vasos de ira preparados para destrucción
Los versículos 22 y 23 de Romanos 9 prueban lo mismo, a pesar de que a menudo son usados como una prueba fuerte a favor de la enseñanza del rechazamiento. Pero en realidad constituyen una poderosa prueba en contra de esta enseñanza.
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Mi pecado mancha el testimonio del Señor Jesús
Por mi pecado yo hago comprender a todos los que me ven (Dios, los ángeles, el diablo y sus ángeles, los creyentes y el mundo) que no tomo en cuenta a Dios, que más bien hago caso al diablo y que no me he dejado separar enteramente del mundo por la cruz del Señor Jesús (Gálatas 6:14).
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Mi pecado me aleja de los hijos de Dios
Este es otro punto importante: Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él esta en luz, tenemos comunión los unos con los otros (1 Juan 1:6-7).
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Mi pecado me coloca bajo la disciplina de la asamblea
En la Palabra de Dios encontramos varias formas de disciplina ejercidas por la asamblea o iglesia local reunida en el Nombre del Señor Jesús. Esto comienza con formas de actuar de carácter pastoral, como la de restaurar a un hermano que ha sido sorprendido en alguna falta (Gálatas 6:1).
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Mi pecado ofende a Dios
Este es un punto poco considerado. No olvidemos que el pecado ha entrado en el mundo porque el hombre ha creído en las mentiras del diablo y no en las declaraciones de su Dios y Creador. El diablo sugirió que Dios había mentido, no queriendo el bien del hombre.
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Muerto con Cristo
Quien ha entendido esto, ya no busca mejorarse. Comprende que no puede mejorar algo que Dios declaró ser enteramente perdido. Pero sabe que Dios lo hizo morir en la cruz, en el Señor Jesús. Eso es lo que confesó en el bautismo. Fue bautizado en la muerte del Señor Jesús y, por el bautismo, fue sepultado juntamente con Cristo para muerte (Romanos 6:3-4).
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Nacido de nuevo
Nacer de nuevo no significa lo que Nicodemo se imaginaba; tampoco es lo que a menudo narran las filosofías de los paganos y las fábulas, a saber, que un anciano volverá a nacer como niño, o será transformado en un joven. Un recién nacido tiene la misma naturaleza que sus padres, nada mejor.
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Nuestro Dios y nuestro Padre
En Efesios 1 encontramos detalles más precisos. En el versículo 3 se llama a Dios “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. Como hombre, el Señor Jesús habla del “Dios mío” (por ejemplo, Mateo 27:46). Como Hijo de Dios, Dios es su Padre (Juan 5:17-18; 17:1, etc.). Después de la resurrección, el Señor introduce a los suyos en esta relación con Dios:
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Nuestro Sacerdote en el cielo
Aunque el primer servicio del Señor Jesús como Sumo Sacerdote se cumplió en la tierra, y precisamente en relación con los pecados, su servicio ahora ya no lleva este carácter. Tras haber cumplido la obra, “se sentó a la diestra de Dios” en el cielo para siempre. “Porque tal sumo sacerdote nos convenía… hecho más sublime que los cielos” (Hebreos 7:26).
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Obediencia y sumisión
“Tú encargaste que sean muy guardados tus mandamientos” (Salmo 119:4). “En guardarlos hay grande galardón” (Salmo 19:11). “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15:10).
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