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La Mesa del Señor
En Malaquías 1:7, como también en Ezequiel 41:22, el altar donde se colocaba el sacrificio de acción de gracias se llamaba la “Mesa de Jehová”. Por ambas citas vemos que “mesa” y “altar” indican la misma cosa. La expresión “altar” alude más bien a la ofrenda que se colocaba en él, mientras que la palabra “mesa” se relaciona con la comida y con la comunión ligada a ella.
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La muerte del Señor
¿Quién puede entender el significado de estas palabras? Él, el Señor, entraba en la muerte. ¡Qué amor, qué gracia y misericordia, qué designios de Dios! ¡El Príncipe de la vida, la Fuente de la vida, murió y fue enterrado! ¡Qué prueba más grande de que él tomó perfectamente nuestro lugar! No solamente llevó nuestros pecados en su cuerpo, sino que fue hecho pecado.
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La naturaleza del hombre
En Juan 2:23-25 encontramos el juicio del Señor sobre el hombre. No tenía que vérselas con unos impíos que le rechazaban en abierta enemistad. Lo reconocían, pues a través de sus milagros quedaban convencidos de que él era el Mesías. Ellos creían en su nombre.
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La oración es señal del nuevo nacimiento
“Orar” no es lo mismo que rezar. Diariamente se dicen miles de rezos. El Señor Jesús dijo: “No uséis vanas repeticiones” (Mateo 6:7); además advierte a los fariseos sobre la actitud de los escribas que “por pretexto hacen largas oraciones” (Marcos 12:40).
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La Palabra como medio de purificación
La Palabra de Dios también es el único medio por el cual podemos ser limpiados y santificados. “Así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:25-27). “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17).
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La Palabra de Dios es nuestra guía
¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra. (Salmo 119:9). “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”. “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:11, 105).
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La Palabra de Dios no predestina para condenación
En las Escrituras no hay ni una sola evidencia a favor de la idea de que Dios haya decretado previamente la condenación de alguna persona, de que haya designado a determinadas personas para que se pierdan eternamente. Al contrario, eso contradice lo que Dios ha revelado de sí mismo en su Palabra.
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La Palabra es nuestra arma
La espada del Espíritu, que es la palabra de Dios (Efesios 6:17).
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La predestinación
Por desgracia, el hombre no se mantuvo en lo que está escrito en la Palabra de Dios, sino que permitió a sus razonamientos ir más allá, a fin de llegar a pretendidas conclusiones lógicas. El resultado fue que llegó a hacer afirmaciones que van en contra de la Palabra de Dios y que en realidad constituyen una deshonra para Su nombre.
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La respuesta de Dios
En Romanos 5:12-21 encontramos la respuesta divina a esta dificultad. El primer Adán transmitió su condición, que había contraído tras su caída, a todos los que pertenecen a su familia (esto es, a todos los hombres).
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La restauración
Pero el servicio del Señor tampoco terminó ahí. A raíz de su resurrección, el Señor envió un mensaje en el cual mencionó expresamente a Pedro (Marcos 16:7), y tras esto tuvo un encuentro especial con él (Lucas 24:34). ¿De qué hablaron?, las Escrituras no nos lo dicen. El Señor tiene palabras especiales para cada uno de los suyos, dirigidas exclusivamente a uno mismo.
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La resurrección, prueba de la justicia de Dios
Quiero entrar en este tema con un poco más de precisión. El Señor Jesús fue a la cruz y allí tomó sobre sí todos los pecados de aquellos que le han aceptado y de los que aún le aceptarán, llevándolos en su cuerpo (1 Pedro 2:24). También fue hecho pecado y juzgado como tal (2 Corintios 5:21; Romanos 8:3).
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La santificación por el Espíritu
Si leemos el Nuevo Testamento, vemos que de nuestra santificación se habla de dos maneras. Por una parte, se dice que somos santificados (1 Corintios 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; 1 Pedro 1:2, etc.). Por eso en varios pasajes se nos llama “santos” (ver, por ejemplo, el comienzo de las epístolas). Esta santificación se efectuó por medio del nuevo nacimiento.
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La santificación práctica
Todas las exhortaciones nos llaman a manifestar desde ahora lo que un día seremos; esta es la meta de todo ministerio (Efesios 4:11-16; Colosenses 1:28). ¿Y cómo hemos de ser? Debemos asemejarnos a Aquel hombre glorificado en el cielo. Por lo tanto, Él también es la medida para nuestra marcha práctica. Por eso se dice:
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La seguridad de ser oído
Romanos 8:31-32 dice: Si Dios es por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?. Y en Juan 16:27 el Señor afirma: “El Padre mismo os ama”.
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La simiente de Abraham
Lo primero que los judíos reivindicaban era que solo ellos eran la simiente de Abraham (Juan 8:33). «Bien –dice el apóstol– entonces tendrán que reconocer a Ismael, pues él también era hijo de Abraham». Y si en este caso se pudiese objetar que la madre de Ismael era tan solo una esclava, de quien descienden los árabes, todavía quedaba Esaú, el padre de los edomitas.
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Las tentaciones del diablo
Cuando Satanás llega con sus tentaciones, cuánto dolor nos causa.
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Llamados, justificados y glorificados
En el versículo 30 encontramos la relación de los consejos de Dios con el tiempo actual. Apenas nacimos, ya volvimos la espalda a Dios: éramos pecadores. Pero Dios nos llamó. No se trata del llamado general de Dios, el que dirige a todos los hombres para que se conviertan, sino del acto de creación de Dios, quien “llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17).
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Lo bueno y lo malo en la práctica y la doctrina
La Palabra de Dios es la única que nos muestra lo bueno y lo malo en la práctica y la doctrina. “He guardado tus mandamientos y tus testimonios, porque todos mis caminos están delante de ti” (Salmo 119:168). “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Apocalipsis 2-3).
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Lo esencial del cristianismo
En Juan 4:10 el Señor Jesús da a conocer brevemente las señales de la nueva época, es decir, el período de la Iglesia. Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.
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Lo que llena el corazón del Padre
¿Qué ocupa el corazón del Padre? Indiscutiblemente su Hijo Jesucristo y toda la gloria de su persona y de su obra. Cuando el Hijo estaba en la tierra, agradó al Padre que en él habitase toda la (divina) plenitud (Colosenses 1:19).
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Los vasos de ira preparados para destrucción
Los versículos 22 y 23 de Romanos 9 prueban lo mismo, a pesar de que a menudo son usados como una prueba fuerte a favor de la enseñanza del rechazamiento. Pero en realidad constituyen una poderosa prueba en contra de esta enseñanza.
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Muerto con Cristo
Quien ha entendido esto, ya no busca mejorarse. Comprende que no puede mejorar algo que Dios declaró ser enteramente perdido. Pero sabe que Dios lo hizo morir en la cruz, en el Señor Jesús. Eso es lo que confesó en el bautismo. Fue bautizado en la muerte del Señor Jesús y, por el bautismo, fue sepultado juntamente con Cristo para muerte (Romanos 6:3-4).
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Nacido de nuevo
Nacer de nuevo no significa lo que Nicodemo se imaginaba; tampoco es lo que a menudo narran las filosofías de los paganos y las fábulas, a saber, que un anciano volverá a nacer como niño, o será transformado en un joven. Un recién nacido tiene la misma naturaleza que sus padres, nada mejor.
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