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Pláticas sencillas

La tradición

De nuevo los escribas y los fariseos tratan de hallar en falta a los discípulos de Jesús, y por lo tanto, al Señor mismo (véase cap. 12). Le preguntan por qué sus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos comiendo pan sin lavarse las manos.

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La traición de Judas

Jesús todavía estaba hablando con sus discípulos cuando llegó una multitud armada con espadas y palos, liderada por Judas, quien se había puesto a disposición de los principales del pueblo para entregarles a Jesús.

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La traición de Judas

Los acontecimientos se fueron precipitando. Mientras Jesús todavía hablaba, se presentó Judas encabezando a una turba, se acercó y lo besó. Jesús le dijo: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?” (v. 48). ¡Ah, si Judas no se hubiera entregado a Satanás, estas palabras llenas de tristeza lo habrían hecho retroceder! Pero era demasiado tarde.

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La transfiguración

Estos versículos nos muestran cómo debían cumplirse las palabras que Jesús pronunció en el versículo 28 del capítulo precedente. Llevó a Pedro, a Jacobo y a Juan a un monte alto, y allí, transfigurado delante de ellos, su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Aparecieron también Moisés y Elías “en gloria”, como lo relata el evangelio según Lucas.

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La transfiguración

Después de hablar con sus discípulos acerca de su muerte y de los beneficios que esta les brindaría, Jesús les anunció que algunos de ellos no gustarían la muerte sin haber visto el reino de Dios venido con poder.

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La transfiguración

Aproximadamente ocho días después de haber pronunciado las palabras relatadas en el versículo 27, Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió a un monte a orar: “Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente.

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La última pascua

Llegado el momento de celebrar la pascua, los discípulos preguntaron a Jesús dónde quería que la prepararan. Él les dijo: “Id a la ciudad a cierto hombre, y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa celebraré la pascua con mis discípulos. Y los discípulos hicieron como Jesús les mandó, y prepararon la pascua” (v. 18-19).

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La unidad en gloria

La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.

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La venida del Espíritu Santo

Los discípulos permanecían en Jerusalén, según la orden del Señor, esperando la venida del Espíritu Santo que les había sido prometido.

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La venida del Hijo del Hombre

La tercera parte de la respuesta del Señor responde a la pregunta: “¿Qué señal habrá de tu venida?”. Les dice que después de la tribulación de los días terribles que acaba de mencionar, “el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas” (v. 29).

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La verdadera familia de Jesús

Todo lo que acababa de suceder testificaba claramente que no había relación posible entre Dios y el hombre según la carne. Dios lo había rodeado con todos sus cuidados antes de la ley y también bajo la ley, terminando este período de prueba con la venida de Cristo en gracia.

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La verdadera obra del Espíritu Santo

Este Espíritu, más que nunca contristado en la cristiandad, no puede actuar como si la Iglesia fuera fiel. Efectuar los actos de potestad del principio sería aprobar el desorden, la revuelta contra Dios y la insumisión al dueño de la Asamblea.

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La vid verdadera

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (v. 1-3). Por medio de esta imagen de la vid, el Señor enseña a sus discípulos su nueva posición en la tierra.

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La vida de los creyentes muestra, en su conjunto, caracteres muy diferentes

Se ve a creyentes, o cristianos, que empiezan mal su carrera, pero al aprender a juzgarse bajo la disciplina, terminan bien su curso, y a veces de una manera gloriosa. Este fue el caso de Jacob, cuyos días fueron “pocos y malos” (Génesis 47:9), pero cuya vida termina con plena visión de la gloria (cap. 49).

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La vida en la muerte de Cristo

Los padres habían comido el maná en el desierto, y luego habían muerto. Jesús es el pan descendido del cielo, “para que el que de él come, no muera”. El Señor ya no se sirve de las expresiones “el que a mí viene”, “el que cree en mí”, como en los versículos precedentes; aquí habla de comer. Él era el pan de vida que hacía falta comer.

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La vida eterna

Hemos visto que Jesús, el “Hijo del Hombre, que está en el cielo”, traía a la tierra el conocimiento de cosas celestiales con las cuales convivía constantemente. Pero, para disfrutar de ellas, se necesitaba la vida eterna, cosa que el hombre no poseía.

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La visión de Ananías

El Señor había preparado todo para la conversión de Saulo. No quiso que esta se efectuase en Jerusalén, ni que alguno de los apóstoles interviniese. El Señor lo libraba de su “pueblo, y de los gentiles”, dice en el capítulo 26:17. Ninguno de los apóstoles le comunicó algo (leer los dos primeros capítulos de la epístola a los Gálatas).

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La visión de Cornelio

Si el apóstol Pablo fue suscitado para anunciar el Evangelio a los gentiles, Pedro les abrió la puerta del reino de los cielos, como el Señor se lo había dicho en Mateo 16:19. En otros términos, en este capítulo los introduce en la casa de Dios para gozar de todos los privilegios del cristianismo, tal como lo había hecho con los judíos convertidos (cap. 2) y los samaritanos (cap. 8).

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La visión de Pedro

Los siervos de Cornelio se pusieron en camino a Jope. Tenían que recorrer una distancia de por lo menos cincuenta kilómetros a lo largo del mar.

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La visita de los pastores

Cuando los ángeles se fueron, los pastores dijeron entre ellos: “Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado. Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre” (v. 15-16). Las noticias que habían oído de este niñito produjeron en los pastores el deseo de verlo. Con nosotros debería suceder lo mismo.

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Las bodas de Caná

En el primer capítulo vimos dos días simbólicos: el primero representa el tiempo actual, en el cual los creyentes siguen a Cristo después de su rechazo, desde que Juan el Bautista lo presentó hasta que reanude sus relaciones con Israel; en el segundo vemos el llamado al remanente judío en la persona de Natanael que reconoce a Jesús como el Hijo de Dios, el Rey de Israel.

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Las consecuencias de la incredulidad

El versículo 17 dice Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El deseo de Dios es que el mundo sea salvo, pues para eso envió a su Hijo. El versículo 18 aplica la salvación, no al mundo en su conjunto, sino al que cree: “El que en él cree, no es condenado”.

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Las consecuencias que se derivan de negarse a recibir a Jesús

Jesús había venido de parte de su Padre y, como acabamos de ver, el pueblo no había carecido de testimonios para recibirle con plena confianza; pero los judíos no lo querían. Como juicio, Jesús les anuncia que vendrá otro en su propio nombre y que a ese sí recibirán (v. 43). Aquel hombre, el anticristo, se levantará de entre los judíos incrédulos que hayan vuelto a su país, y será rey.

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Las dos parábolas del reino de Dios

En estos versículos tenemos dos de las parábolas del capítulo 13 de Mateo, la correspondiente a la parábola de la cizaña y la del grano de mostaza que se hace un gran árbol. Aquí la enseñanza difiere considerablemente de la de Mateo; esto es a causa de la particularidad de cada uno de los dos evangelios.

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