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Mayil
Su segundo hijo, un niño precioso, nació dos años después de Kinglet. Lo llamó Mayil, que significa: «Pavito real». Esa gente tan amante de los colores vivos no piensa en la vanidad. Para ellos, el pavo real representa sencillamente la hermosura. Mimosa lo llamaba a veces: «Mi hijo dorado», pues la piel aterciopelada de esos pequeños indígenas es más bien dorada que morena.
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Mimosa
Estaba de pie al sol de mediodía cuando la vi por primera vez, radiante en su sari1) rojo y anaranjado, los brazos adornados con pulseras pulidas, como los usan las mujeres hindúes. Parecía un pájaro de los bosques, tan perfecta era la armonía de sus formas y colores; en sus ojos grandes y dulces se leía algo de lo que escondía su alma de niña.
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¿No quemó la planta de tulasi?
El pequeño Music, alegre y regordete, empezaba a correr por toda la casa, cuando una tarde al crepúsculo, mientras Mimosa preparaba la cena, se sobresaltó al oír gritar a su marido. Corrió hacia la galería. –¡Mira, mira! ¡se me clavó una espina en el tobillo del pie derecho!
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Nuevos sufrimientos
Estas cosas sucedieron mientras yo estaba fuera de la casa misionera, y Star no me puso al corriente de los sucesos. Ella no quería aumentar mis preocupaciones y el trabajo difícil que yo había emprendido esos días. De todos modos sabía que yo aprobaba sus decisiones, pues gozábamos de una hermosa comunión en nuestra querida casa de Dohnavur.
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Oprimida, pero no desesperada
Mimosa llegó a la casa de su marido tarde en la noche. Allí reinaba una espantosa confusión. Ya había llegado la noticia de su proyecto, lo que sacudió a su indolente marido como también a sus vecinos. La casa se llenó de gente, estaban encolerizados. Todos gritaban juntos, maldiciendo, protestando y acumulando denuncias sobre la cabeza de la pobre mujer.
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Parpom
Pasaron los años. Mimosa había crecido. Ya no era la niña a la que habíamos conocido. Había llegado el día de su casamiento y todo estaba listo para la ceremonia.
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Pruebas cotidianas
Así pasaron meses muy sombríos. Mimosa tomó la costumbre de encogerse de hombros y replicar; no se convirtió en un modelo de paciencia de la noche a la mañana; y los severos y frecuentes castigos no contribuyeron a endulzar su carácter.
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Semillas divinas
En aquella hora amarga, Mimosa encontró un nuevo socorro divino. En el pueblo había algunas familias cristianas. Ninguna, excepto una, se ocupaba de ella porque pertenecían a otra casta; y después de todo eran cristianas sólo de nombre. Es fácil criticar a esa gente y asombrarse por su falta de amor.
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Un vistazo al pasado
Durante los días siguientes pudimos disfrutar de largas conversaciones; eran como miradas a través de ventanas abiertas al pasado. No creo que en la India se mire con frecuencia de esa manera en la vida de alguna persona. Cierta timidez se desliza, como si se hablara detrás de un vidrio. Así que es poco lo que se puede ver de esas vidas.
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Una fe viva y no una simple profesión de fe
El primer versículo de la epístola a los Hebreos muestra claramente que ella fue dirigida a creyentes judíos. Dios había hablado a los padres por los profetas; cuando “ha hablado por (o en) el Hijo”, su pueblo lo rechazó y lo crucificó. Sin embargo, lo hicieron por ignorancia: “Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho” (Hechos 3:17).
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Usted no me engaña
Entonces, Mimosa se fue a los campos llevando a su primogénito. Si bien nunca había oído hablar de Agar (Génesis 21:14-19), en su dolor hizo como ella. Con un pedazo de tela de algodón hizo una hamaca improvisada, la cual colgó de una rama de acacia. Colocó a su bebé dentro y balanceó suavemente la hamaca hasta que la criatura se durmió. Luego se alejó sola y clamó al Señor.
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¿No quemó la planta de tulasi?
El pequeño Music, alegre y regordete, empezaba a correr por toda la casa, cuando una tarde al crepúsculo, mientras Mimosa preparaba la cena, se sobresaltó al oír gritar a su marido. Corrió hacia la galería. –¡Mira, mira! ¡se me clavó una espina en el tobillo del pie derecho!
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