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El Cristo - el Ungido - el Mesías
Él no vino a ser el Cristo en su bautismo, como algunos lo pretenden. Proverbios 8:23 es claro al respecto, cuando la Sabiduría dice: “Desde la eternidad fui yo ungida, desde el principio, antes que existiera la tierra” (V.M.) Y Romanos 9:5 precisa: “Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos”.
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El Cristo histórico
a) Su nacimiento La genealogía de Mateo 1 termina diciendo que, “de María… nació Jesús, llamado el Cristo”. El ángel dijo a los pastores: “Os ha nacido hoy… un Salvador, que es CRISTO el Señor” (Lucas 2:11). Simeón estaba seguro de que vería al Ungido del Señor. Los magos vinieron para adorar al rey.
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El Cristo vivo
El Cristo que vivió en este mundo murió, pero también resucitó. Es el testimonio que los apóstoles dan repetidas veces –Pedro especialmente– en el libro de los Hechos. Esta es la seguridad de que habla Pablo, guiado por el Espíritu de Dios, en 1 Corintios 15:14: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe”.
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El culto o la reunión de adoración
Leer con atención, entre otros, los siguientes pasajes: Juan 4:23-24; 1 Pedro 2:5; Hebreos 13:13-16; Filipenses 3:3. ¿Qué es el culto?
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El deseo de la carne
Bajo este título se describen específicamente los deseos desordenados o desviaciones de la naturaleza humana, no la “carne” en general, la mala naturaleza tal como se la halla en los escritos de Pablo.
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El deseo de los ojos
Después de haber dicho de un modo general: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo”, el apóstol Juan prosigue: “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:15-16).
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El efod (Éxodo 28:5-14)
El efod era la vestidura sacerdotal por excelencia. Como el velo, estaba tejido con azul, púrpura, carmesí (o escarlata) y lino fino, a lo que se añadía oro: “Y batieron láminas de oro, y cortaron hilos para tejerlos entre el azul, la púrpura, el carmesí y el lino, con labor primorosa” (Éxodo 39:3).
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El enebro
Después de la tensión del Carmelo, Elías tendría que haberse apresurado a retirarse. El cansancio, tanto físico como psíquico, requería un descanso.
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El enviado del apóstol
Sin duda Pablo poseía una autoridad apostólica de la cual estaba revestido, ¿pero podía por ello «ordenar» a sus compañeros tal o cual servicio o misión, o confiarles tareas con frecuencia delicadas? En cuanto a nosotros, no nos corresponde dirigir u ordenar siervos, ya que dependen directamente de su Maestro, hacia el cual son responsables.
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El fruto de la disciplina
Señalaremos seis, entre muchos: 1. “No desmayamos” (2 Corintios 4:16). Formado en la escuela de Dios, el apóstol perseveraba. Renovado día tras día en su hombre interior, ¡permanecía a disposición de su Señor y de las asambleas! (Filipenses 1:23-25). “Cansados, mas todavía persiguiendo” (Jueces 8:4).
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El huerto de la aurora
El día de la crucifixión, después de que todas las clases del pueblo desfilaron ante el Calvario, con sus burlas y sus injurias, y cuando Jesús hubo entregado su espíritu, se hizo un gran silencio. Cuando llegó la noche, dos hombres, Nicodemo y José de Arimatea, se encontraron al pie de la cruz para ocuparse del cuerpo de la Víctima santa y sepultarlo.
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El lado de Dios
Desde la caída, el pecado impide todo reposo al hombre, como lo dice el Señor Jesús: “Mi Padre… trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17). No hay reposo sin la redención, sin la Pascua, figura de la obra perfectamente cumplida en la cruz.
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El lado del rescatado
Si bien es cierto que Dios hizo todo, que dio el cordero, también es cierto que, para ser salvo, todo hombre debe apropiarse personalmente de la obra de Cristo: “Tómese cada uno un cordero”. Tomar el cordero, guardarlo, inmolarlo, poner su sangre en la puerta y luego permanecer dentro de la casa era responsabilidad de la familia.
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El llamamiento
Según Hechos 16:3, con motivo del segundo viaje de Pablo, Timoteo entró en el servicio activo para el cual había sido preparado.
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El manto de azul (Éxodo 28:31-35)
Cristo no es nuestro sacerdote en la tierra (Hebreos 8:4), sino en el cielo. Eso es lo que nos recuerda este manto enteramente de azul llevado bajo el efod. Todo en su oficio nos atrae hacia el cielo, donde se cumple actualmente su servicio (Hebreos 9:24).
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El misterio de la Trinidad
Esta se halla implícita ya en el primer versículo de la Biblia: “Creó Dios”; en hebreo, Dios está en plural (Elohim), ¡pero el verbo crear está en singular! Y un poco más adelante: “Dijo Dios: Hagamos (plural) al hombre a nuestra imagen…; Y creó (singular) Dios al hombre” (Génesis 1:26-27). Habrá que esperar hasta el bautismo de Juan para que la Trinidad se revele.
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El misterio de su Persona
Todos estos nombres le revelan a nuestros corazones y le hacen más precioso a nuestros afectos; él lleva muchos otros aún; no obstante, sigue siendo en su persona ese insondable misterio: solo el Padre conoce a fondo al Hijo (Mateo 11:27).
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El Nazareo
Es el nombre menospreciado. Como lo dijo Natanael: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (Juan 1:46). La cruz tenía un rótulo: “Jesús nazareno, Rey de los judíos”, apelativo elegido para hacerlo objeto de burla y para contradecir a los judíos, quienes habían proclamado no tener más rey que César.
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El octavo día, anticipo del cielo
Mientras espera esos gloriosos tiempos anunciados por los profetas a Israel, la Iglesia, pueblo celestial, ya posee por la fe un anticipo de ese gozo futuro.
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El octavo día, el gran día de la fiesta
Una vez cumplidos los siete días, parecía que la fiesta había concluido y que debía reanudarse la vida normal. Pero llegado el día después del sábado del séptimo día, una asamblea solemne debía ser convocada y nuevos sacrificios debían ser ofrecidos: era el día de la gran fiesta.
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El oportuno socorro
El socorro divino está constantemente a nuestra disposición. No es intermitente ni parcial.
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El orden de los sacrificios
¿Por qué se nos presenta primero el holocausto, mientras que, naturalmente, nosotros habríamos puesto el sacrificio por el pecado y por la culpa en primer lugar? Cuando Dios nos revela su pensamiento, procede desde el interior hacia el exterior.
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El orgullo de la vida
El deseo de los ojos nos conduce a atraer a nosotros el objeto codiciado. El deseo de la carne nos impulsa a satisfacer los deseos inmorales de nuestra mala naturaleza. El orgullo, en cambio, nos conduce a elevarnos por encima de los demás.
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El orgullo de lo que uno es
Es “la condenación del diablo” (1 Timoteo 3:6) tal como nos la describe Isaías 14:13-14. “Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono… seré semejante al Altísimo”.
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