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Pláticas sencillas
La vid verdadera
“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (v. 1-3). Por medio de esta imagen de la vid, el Señor enseña a sus discípulos su nueva posición en la tierra.
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Pláticas sencillas
La vida en la muerte de Cristo
Los padres habían comido el maná en el desierto, y luego habían muerto. Jesús es el pan descendido del cielo, “para que el que de él come, no muera”. El Señor ya no se sirve de las expresiones “el que a mí viene”, “el que cree en mí”, como en los versículos precedentes; aquí habla de comer. Él era el pan de vida que hacía falta comer.
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La vida eterna
Hemos visto que Jesús, el “Hijo del Hombre, que está en el cielo”, traía a la tierra el conocimiento de cosas celestiales con las cuales convivía constantemente. Pero, para disfrutar de ellas, se necesitaba la vida eterna, cosa que el hombre no poseía.
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Pláticas sencillas
La visión de Ananías
El Señor había preparado todo para la conversión de Saulo. No quiso que esta se efectuase en Jerusalén, ni que alguno de los apóstoles interviniese. El Señor lo libraba de su “pueblo, y de los gentiles”, dice en el capítulo 26:17. Ninguno de los apóstoles le comunicó algo (leer los dos primeros capítulos de la epístola a los Gálatas).
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Pláticas sencillas
La visión de Cornelio
Si el apóstol Pablo fue suscitado para anunciar el Evangelio a los gentiles, Pedro les abrió la puerta del reino de los cielos, como el Señor se lo había dicho en Mateo 16:19. En otros términos, en este capítulo los introduce en la casa de Dios para gozar de todos los privilegios del cristianismo, tal como lo había hecho con los judíos convertidos (cap. 2) y los samaritanos (cap. 8).
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La visión de Pedro
Los siervos de Cornelio se pusieron en camino a Jope. Tenían que recorrer una distancia de por lo menos cincuenta kilómetros a lo largo del mar.
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Pláticas sencillas
La visita de los pastores
Cuando los ángeles se fueron, los pastores dijeron entre ellos: “Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado. Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre” (v. 15-16). Las noticias que habían oído de este niñito produjeron en los pastores el deseo de verlo. Con nosotros debería suceder lo mismo.
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Las arras
Dios “nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones”. “Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu” (2 Corintios 1:22; 5:5). El Espíritu Santo de la promesa “que es las arras de nuestra herencia” (Efesios 1:14). El Espíritu Santo, en nuestros corazones, es a la vez una garantía y un anticipo de nuestras futuras bendiciones en la gloria.
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Las bodas de Caná
En el primer capítulo vimos dos días simbólicos: el primero representa el tiempo actual, en el cual los creyentes siguen a Cristo después de su rechazo, desde que Juan el Bautista lo presentó hasta que reanude sus relaciones con Israel; en el segundo vemos el llamado al remanente judío en la persona de Natanael que reconoce a Jesús como el Hijo de Dios, el Rey de Israel.
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Las consecuencias de la incredulidad
El versículo 17 dice Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El deseo de Dios es que el mundo sea salvo, pues para eso envió a su Hijo. El versículo 18 aplica la salvación, no al mundo en su conjunto, sino al que cree: “El que en él cree, no es condenado”.
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Las consecuencias que se derivan de negarse a recibir a Jesús
Jesús había venido de parte de su Padre y, como acabamos de ver, el pueblo no había carecido de testimonios para recibirle con plena confianza; pero los judíos no lo querían. Como juicio, Jesús les anuncia que vendrá otro en su propio nombre y que a ese sí recibirán (v. 43). Aquel hombre, el anticristo, se levantará de entre los judíos incrédulos que hayan vuelto a su país, y será rey.
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Las dos parábolas del reino de Dios
En estos versículos tenemos dos de las parábolas del capítulo 13 de Mateo, la correspondiente a la parábola de la cizaña y la del grano de mostaza que se hace un gran árbol. Aquí la enseñanza difiere considerablemente de la de Mateo; esto es a causa de la particularidad de cada uno de los dos evangelios.
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Las dracmas
Llegaron Jesús y sus discípulos a Capernaum durante la recaudación de un impuesto a favor del templo, probablemente aquel prescrito por Moisés en Éxodo 30:11-16, o bien el establecido por Nehemías para el servicio de la casa de Dios (Nehemías 10:32-33). Los recaudadores de este impuesto preguntaron a Pedro: “¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?”. Pedro respondió: “Sí”.
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Las mujeres ante el sepulcro
El primer día de la semana, muy de mañana, las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea vinieron al sepulcro. Traían las especias aromáticas que habían preparado para ungir el cuerpo de su Señor. Al encontrar el sepulcro abierto, entraron, pero comprobaron que el cuerpo de Jesús no estaba allí.
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Las murmuraciones de los griegos
“En aquellos días, como creciera el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos, de que las viudas de aquéllos eran desatendidas en la distribución diaria” (v. 1).
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Las tres horas de oscuridad
Hemos seguido a Jesús en las diversas etapas desde su arresto. Compareció ante el Sanedrín, ante Pilato; pasó por las manos de los soldados; estuvo expuesto en la cruz desde la hora tercera hasta la sexta –desde las nueve de la mañana hasta el mediodía–, soportando los insultos y burlas de todos, e incluso las injurias de los ladrones crucificados a su lado.
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Lazos familiares
Veamos el siguiente ejemplo: Su hijo le ha desobedecido. El semblante del niño manifiesta que ha hecho algo que no debía. Media hora antes disfrutaba paseando con usted en el jardín, admirando lo que usted admiraba, alegrándose con aquello con que usted se alegraba. En otras palabras, estaba en comunión con usted; sus sentimientos y gustos eran iguales a los suyos.
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Liberación de la antigua posición en Adán
En las epístolas de Pablo, el Espíritu Santo nos presenta la completa liberación del creyente de su antigua posición en Adán, y nos da a conocer su nueva posición: completamente justificado y perfectamente aceptado en Cristo.
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Lo que cuesta seguir a Cristo
“Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo: Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (v. 25-26). El discípulo es aquel que, después de escuchar las enseñanzas de su maestro, las pone en práctica y por consiguiente, sigue sus pisadas; asemejándose a su maestro.
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Lo que Dios establece y nuestras experiencias
Muchos creyentes pasan por grandes angustias porque continuamente están escudriñando sus propios corazones, pensando encontrar en él la evidencia de su conversión a Dios. Se puede que tal persona diga:
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Lo que Dios ha hecho
Examinemos ahora los cuatro hechos de Juan 3:35-36 mencionados anteriormente:
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Lo que el Espíritu Santo hace por los creyentes
Contrariamente a lo que ocurre con el mundo, el Espíritu Santo obrará en los creyentes haciéndoles gozar de todo lo que les pertenece en su nueva posición ligada a la de Cristo resucitado y glorificado; ya no son, pues, del mundo.
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Lo que impide creer
Jesús les dice todavía: ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?
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Lo viejo y lo nuevo
Estos mismos razonadores preguntaron a Jesús por qué los discípulos de los fariseos y los de Juan ayunaban a menudo y hacían oraciones, mientras que los suyos comían y bebían. Jesús les respondió: “¿Podéis acaso hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos? Mas vendrán días cuando el esposo les será quitado; entonces, en aquellos días ayunarán” (v. 34-35).
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