Estudio sobre el libro del Deuteronomio I

Primera parte

Introducción

El libro del Deuteronomio tiene un carácter tan propio como cualquiera de las cuatro secciones anteriores del Pentateuco. Por su título podríamos suponer que este es una simple repetición de los anteriores, pero eso sería un error. Una cosa así no ocurre en la Palabra de Dios; Él nunca se repite. Dondequiera que le discernamos, sea en una página de la Sagrada Escritura o en el amplio campo de la creación, vemos una variedad infinita, una plenitud divina, un plan definido. Nuestra facultad para discernir y apreciar tales cosas será proporcional a nuestra espiritualidad. En esto, como en todo, es necesario que nuestros ojos estén ungidos con colirio celestial. Quien opinara que el quinto libro de Moisés no fue más que una repetición de Éxodo, Levítico y Números, tendría una idea pobre de la inspiración. Si en una composición humana no esperamos encontrar una imperfección tan grande, cuánto menos en la revelación perfecta que Dios nos ha dado en su santa Palabra. En el volumen inspirado no hay una sola frase innecesaria, ni una palabra de más, ni un argumento que no tenga su significado propio y su aplicación directa. Si no vemos esto, aún tenemos que aprender la profundidad, el poder y el significado de las palabras: "Toda la Escritura es inspirada por Dios" (2 Timoteo 3:16).

¡Preciosas palabras! Dios quiera que sean mejor comprendidas hoy en día. Es muy importante que los cristianos estén arraigados y fundados en la gran verdad de la plena inspiración de la santa Escritura. La falta de interés a este respecto se extiende de manera espantosa en la iglesia profesante1 . Está bien visto en muchas partes burlarse de la fe en la plena inspiración, que es considerada como un signo de ignorancia o de ingenuidad. Se piensa que criticar el precioso libro de Dios y buscarle imperfecciones es prueba de un gran conocimiento y un espíritu desarrollado. Los hombres se toman la libertad de juzgar la Biblia como si se tratara de una creación humana, y se atreven a pronunciarse sobre lo que es digno o no de Dios. En el fondo, juzgan a Dios mismo, y el resultado de todo esto es la más completa oscuridad y confusión, tanto para esos sabios doctores como para los que les escuchan. ¿Cuál será el destino eterno de todos los que tengan que responder ante el tribunal de Cristo por haber blasfemado contra la Palabra de Dios y por haber descarriado muchas almas con su enseñanza infiel?

No nos detendremos a considerar la locura culpable de los incrédulos y de los escépticos –incluso si se llaman cristianos–, ni sus vanos esfuerzos por desacreditar el admirable volumen que nuestro Dios se dignó a escribir para nuestra enseñanza. Algún día descubrirán su fatal equivocación. ¡Dios quiera que no sea demasiado tarde! En cuanto a nosotros, que nuestro gozo y consuelo sean meditar en la Palabra de Dios de manera que podamos descubrir sin cesar nuevos tesoros en esa mina inagotable, nuevas glorias morales en esa revelación celestial.

El libro del Deuteronomio ocupa un lugar completamente singular en el canon inspirado; bastan sus primeras palabras para probarlo: “Estas son las palabras que habló Moisés a todo Israel a este lado del Jordán en el desierto, en el Arabá frente al mar Rojo, entre Parán, Tofel, Labán, Hazerot y Dizahab”.

Los israelitas habían llegado a la orilla oriental del Jordán y se disponían a entrar en el país de la promesa. Su peregrinaje por el desierto estaba a punto de terminar, según leemos en el versículo 3:

Aconteció que a los cuarenta años, en el mes undécimo, el primero del mes, Moisés habló a los hijos de Israel conforme a todas las cosas que Jehová le había mandado acerca de ellos.

No solo tenemos el lugar y la época indicados con precisión divina, sino que también sabemos, por las palabras que acabamos de citar, que las instrucciones dadas al pueblo en los llanos de Moab estaban muy lejos de ser una repetición de lo que vemos en Éxodo, Levítico y Números. Tenemos una prueba evidente de esto en el capítulo 29 de este mismo libro: “Estas son las palabras del pacto que Jehová mandó a Moisés que celebrase con los hijos de Israel en la tierra de Moab, además del pacto que concertó con ellos en Horeb” (v. 1).

El lector observará que se trata de dos pactos: uno hecho en Horeb y otro en Moab, el último de los cuales, lejos de ser una repetición del primero, es tan diferente del otro como sea posible imaginar.

El título griego de este libro, que significa «segunda promulgación de la ley», podría suscitar la idea de que es una simple recapitulación de los anteriores; pero no es así. Este libro tiene su sitio propio; su finalidad es totalmente diferente. La lección principal que procura enseñar es la obediencia, y no solo en cuanto a la letra, sino también en el espíritu de amor y de temor, la obediencia fundada sobre relaciones íntimas y estimulada por el reconocimiento de obligaciones morales.

El anciano legislador, el fiel y amado siervo del Señor, iba a despedirse de la congregación, se iba al cielo, y los hijos de Israel estaban a punto de atravesar el Jordán, lo que hace que sus últimas recomendaciones sean muy solemnes y conmovedoras. Pasa revista a toda su vida en el desierto, de una manera muy apropiada para tocar el corazón, y les recuerda las circunstancias y las etapas de los cuarenta años de peregrinaje. Sus preciosos discursos poseen un encanto incomparable, resultado tanto de las circunstancias en que fueron pronunciados, como de la importancia de su divino contenido, y se dirigen a nosotros tan convenientemente como a aquellos a quienes estaban destinados. Muchas exhortaciones son aplicables a nosotros tan oportunamente como si hubiesen sido pronunciadas ayer.

  • 1Nota del editor (N. del Ed.): La profesión cristiana abarca a todos los que llevan el nombre de «cristianos», sean verdaderos creyentes –salvos por la obra de Cristo– o sean personas aún perdidas que se llaman a sí mismas cristianas. Cuando utilizamos el término de cristiano profesante, hablamos de una persona que solo tiene la apariencia de cristiano, pero sin tener vida, sin la posesión de la salvación.

Libro actual, aunque escrito hace tres mil años

¿Y no ocurre así con toda la Escritura? ¿No nos sorprende cada momento su maravilloso poder de adaptación a nuestras circunstancias y a nuestro estado de alma? Nos habla tan oportunamente y con tal frescor como si hubiera sido dictada hoy mismo y expresamente para nosotros. Nada hay comparable a la Escritura. Tome usted un escrito humano de la misma época del Deuteronomio; si pudiera hallar cualquier volumen escrito hace tres mil años, ¿qué encontraría allí? Una curiosa reliquia del pasado, algo digno de ser colocado en el Museo Británico junto a alguna momia egipcia, pero sin ninguna aplicación a nosotros o a nuestro tiempo; un documento pasado de moda prácticamente inútil para nosotros, relativo a una situación y a un estado social ya olvidados.

Por el contrario, la Biblia es el libro para hoy. Es el Libro de Dios, su revelación perfecta. Es su misma voz que habla a cada uno de nosotros. Es un libro para todas las edades, para todas las clases, para todas las condiciones; es para los nobles y los humildes, para los ricos y los pobres, los sabios y los ignorantes, los viejos y los jóvenes. Posee un lenguaje tan sencillo que un niño puede entenderlo, y al mismo tiempo tan profundo que la más vasta inteligencia es incapaz de sondearlo. Ante todo, habla directamente al corazón, alcanza las fuentes más ocultas de nuestro ser moral, desciende hasta las raíces de los pensamientos y los sentimientos del alma, nos juzga completamente. Es, como dice el apóstol:

Viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón
(Hebreos 4:12).

Observe también la maravillosa amplitud de su contenido. Trata tan detalladamente acerca de los hábitos y costumbres, de los modales y principios del presente siglo de la era cristiana, como de las más primitivas edades de la vida humana. Muestra un perfecto conocimiento del hombre en cualquier época de su historia. El Londres de hoy y la ciudad de Tiro de hace tres mil años son pintados con la misma precisión y fidelidad en las páginas sagradas. La vida humana, en cualquier plano de su desarrollo, es descrita con mano maestra en el admirable volumen que nuestro Dios ha escrito para nuestra enseñanza.

¡Qué privilegio poseer este libro, tener en nuestras manos una Revelación divina, una historia –inspirada por Dios– del pasado, del presente y del futuro!

El hombre natural: enemigo de Cristo y de la Palabra

Pero ese libro juzga al hombre, su conducta y su corazón. Le dice la verdad acerca de todo lo que le concierne. De ahí que al hombre no le agrade el libro de Dios. Un hombre inconverso preferirá mucho más un periódico o una novela que la Biblia. Leerá con mayor gusto el relato de un proceso criminal que un capítulo del Nuevo Testamento.

Por esta razón, también procura encontrar defectos en la Palabra de Dios. Los incrédulos siempre han trabajado con ahínco para descubrir imperfecciones y contradicciones en la santa Escritura. Los enemigos de la Biblia no solo se encuentran en las clases bajas y vulgares, sino también entre las personas instruidas y cultivadas de la alta sociedad. Precisamente tal como acontecía en el tiempo de los apóstoles: “Mujeres piadosas y distinguidas” y “algunos ociosos, hombres malos”, tan separados unos de otros social y moralmente, encontraron algo en el que podían estar de acuerdo: el rechazo a la Palabra de Dios y a aquellos que fielmente la predicaban (comp. Hechos 13:50; 17:5). Hombres que difieren casi en todo, están de acuerdo en su decidida oposición a la Biblia. A los otros libros se los deja en paz. Los hombres no se preocupan por buscar defectos en Virgilio, Horacio, Homero o Herodoto, pero no pueden soportar la Biblia, porque les exhibe al desnudo y les dice la verdad sobre ellos mismos y sobre el mundo al que pertenecen.

Y, ¿no sucedió exactamente lo mismo con la Palabra viviente, es decir, con el Hijo de Dios, el Señor Jesucristo, cuando estuvo aquí en la tierra? Los hombres le aborrecían porque les decía la verdad. Su ministerio, sus palabras, su conducta, su vida entera era un testimonio contra el mundo; de ahí su continua y amarga oposición. Otros podían seguir tranquilamente su camino, pero Cristo era vigilado, espiado, y perseguido a cada paso. Los conductores y maestros del pueblo procuraban “sorprenderle en alguna palabra” (Mateo 22:15), para así encontrar un pretexto para entregarlo al gobernador. Así fue durante su vida admirable, y al final de ella, cuando el bendito Salvador fue clavado en la cruz entre dos malhechores, a estos se les dejó en paz; no se les abrumó de injurias; los sacerdotes y los ancianos no meneaban sus cabezas burlándose de ellos. No, todos los insultos, las burlas, las palabras crueles y sin piedad iban dirigidas al divino ocupante de la cruz central.

Es muy importante que comprendamos a fondo de dónde proviene toda esa oposición a la Palabra de Dios. El diablo aborrece la Palabra de Dios con un odio perfecto; por eso se vale de intelectuales incrédulos que escriben libros para probar que la Biblia no es la Palabra de Dios, arguyendo que en ella existen errores, contradicciones, y que en el Antiguo Testamento hay leyes, instituciones, costumbres y ceremonias indignas de un Dios bueno y misericordioso.

Para toda esta clase de argumentos solo tenemos una respuesta, de todos esos eruditos incrédulos decimos simplemente que “quieren ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman” (1 Timoteo 1:7). Podrán ser muy instruidos, muy sabios, pensadores originales y profundos, versados en literatura, muy competentes para resolver una cuestión difícil, para discutir un tema científico. Incluso podrán ser muy amables, estimados y respetados, pero, como inconversos que no tienen el Espíritu de Dios, son completamente incapaces de formular un juicio acertado en cuanto a la Sagrada Escritura. Si alguien que no tuviera conocimiento de Astronomía se permitiera juzgar los principios del sistema de Copérnico, los mismos hombres de quienes hablamos le declararían totalmente incompetente e indigno para tratar ese tema. Nadie tiene derecho a opinar sobre un asunto que no conoce. Este es un principio admitido en todos los ámbitos y, por lo tanto, se puede aplicar a este caso sin ninguna objeción.

El apóstol nos dice que

El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente
(1 Corintios 2:14).

Esto es concluyente. Habla del hombre en su estado natural, por culto que sea. No se refiere a una determinada clase de hombres, sino sencillamente al hombre en su estado de incredulidad, al hombre que carece del Espíritu de Dios. Algunos imaginan que el apóstol habla de los bárbaros o salvajes incultos. Pero no es así; se refiere simplemente al hombre natural, ya sea un sabio filósofo o un pobre ignorante, y este no puede entender “las cosas que son del Espíritu de Dios”. ¿Cómo, pues, podrá emitir un juicio sobre la Palabra de Dios? ¿Cómo puede permitirse decidir acerca de lo que es digno o no de Dios? Y si tiene la audacia de hacerlo, ¿quién debería escucharle? Nadie. Sus argumentos son infundados, sus teorías miserables y sus escritos pobres páginas que no merecen ninguna consideración. De acuerdo con el principio expuesto anteriormente, descartamos a todos los escritores racionalistas.

¿Por qué Dios no podría revelarnos su pensamiento?

De esta forma debemos entendernos con toda clase de escritores incrédulos. ¿Quién escucharía a un ciego que opinara sobre la luz y la sombra? Y, sin embargo, ese hombre tendría mucho más derecho a ser oído que un inconverso que discutiese sobre la inspiración de las Escrituras. Sin duda, se puede pedir la opinión de un erudito sobre la traducción de tal o cual pasaje, pero esto es diferente a emitir un juicio sobre la Revelación que Dios, en su infinita bondad, nos ha dado. Ningún hombre puede hacer tal cosa. La santa Escritura solo puede ser entendida y apreciada por el mismo Espíritu que la inspiró. La Palabra de Dios debe ser recibida conforme a su propia autoridad. Si el hombre puede juzgarla o discutirla, entonces ya no es la Palabra de Dios. ¿Nos ha dado Dios una revelación, sí o no? Si nos la ha dado, ha de ser absolutamente perfecta en todo concepto y, como tal, debe estar por encima de todo juicio humano. El hombre no es competente para juzgar la Escritura, como tampoco lo es para juzgar a Dios. La Escritura juzga al hombre, y no el hombre a la Escritura.

Nada es más despreciable que los libros escritos por incrédulos en contra de la Biblia. Cada página, cada párrafo, cada sentencia prueban la verdad de la afirmación apostólica: “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios… y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. Su ignorancia sobre el tema que se atreve a tratar solo es igualada por su arrogancia y su falta de respeto. Los libros humanos pueden ser objeto de un examen imparcial; pero si uno se acerca al precioso libro de Dios con la certeza preconcebida de que no es una Revelación divina, será porque ha escuchado a los incrédulos, que afirman que Dios no puede revelarnos sus pensamientos por escrito.

¡Qué extraño que el hombre pueda revelarnos sus pensamientos (y los incrédulos a menudo lo hacen), pero que para Dios no sea posible hacerlo! ¡Qué locura y qué arrogancia! ¿Por qué no podría Dios revelar su pensamiento a sus criaturas? ¿Por qué tanta desconfianza? Porque los incrédulos así lo quieren. La pregunta formulada por la serpiente antigua en el huerto de Edén hace miles de años ha venido siendo repetida de siglo en siglo por toda clase de escépticos, racionalistas e incrédulos: “¿Conque Dios os ha dicho?”. Sí –decimos con intensa satisfacción–; sí, bendito sea su nombre, él ha hablado, nos ha hablado. Él ha revelado su pensamiento, nos ha dado la santa Escritura. “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”.  (2 Timoteo 3:16-17)

Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza
(Romanos 15:4).

¡Alabado sea el Señor por estas palabras que nos aseguran que toda la Escritura es inspirada por Dios! ¡Precioso vínculo entre el alma y Dios! ¿Quién podrá describirlo? Dios ha hablado; nos ha hablado. Su Palabra es una roca contra la que se estrellan las olas de la incredulidad, pero siempre sigue firme en su fuerza divina y eterna. Nada puede quebrantar la Palabra de Dios; todos los poderes de la tierra, de los hombres y del diablo jamás podrán debilitarla. Permanece inmutable en su gloria moral, a pesar de todos los asaltos del enemigo, siglo tras siglo. “Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos”. “Has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas” (Salmo 119:89; 138:2). ¿Qué nos queda por hacer? Sencillamente obedecerla. “En mi corazón he guardado tus dichos (tu palabra), para no pecar contra ti” (Salmo 119:11). Aquí está el profundo secreto de la paz. El corazón está unido al trono, al mismo corazón de Dios, por medio de su preciosa Palabra. Para el que ha aprendido a confiar en la Palabra de Dios, a descansar en la autoridad de la santa Escritura, todos los libros que hayan sido dictados por la incredulidad carecen de valor; demuestran solo la ignorancia y la pecaminosa arrogancia de sus autores; pero, en cuanto a la Escritura, la dejan donde siempre ha estado y continuará estando: “permanece en los cielos”, tan inconmovible como el trono de Dios1 . Los ataques de los incrédulos no pueden conmover el trono de Dios ni su Palabra. Bendito sea su nombre, tampoco pueden turbar la paz que llena el corazón del que descansa en este fundamento invencible. “Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo” (Salmo 119:165). “La palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Isaías 40:8). “Esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada” (1 Pedro 1:25).

Aquí tenemos de nuevo el mismo vínculo precioso. La Palabra que ha llegado hasta nosotros bajo la forma de las buenas nuevas es la misma Palabra del Señor que permanece para siempre y, por lo tanto, nuestra salvación y nuestra paz son tan estables como la Palabra sobre la cual están fundadas. Si toda carne es como hierba y toda la gloria del hombre es como la flor de la hierba, ¿qué valor tienen, pues, los argumentos de los incrédulos? Valen tan poco como la hierba seca o las flores marchitas; y los hombres que los han expuesto, como los que los han aceptado, tendrán que comprenderlo tarde o temprano. ¡Qué terrible locura es poner objeciones a la Palabra de Dios, la única cosa en el mundo que puede proporcionar paz y consuelo a los pobres corazones fatigados; sí, qué locura objetar la Palabra de Dios que trae las buenas nuevas de salvación a los pobres pecadores perdidos!

  • 1Al hacer referencia a los escritores incrédulos deseamos recordar que los más peligrosos son aquellos que se llaman a sí mismos cristianos. En otros tiempos, cuando se pronunciaba la palabra “incrédulo”, se pensaba en seguida en Tomás Paine o en Voltaire; pero ahora, lamentablemente, esa palabra puede aplicarse a los obispos y doctores de la iglesia profesante. ¡Qué cosa tan espantosa!

“Toda la Escritura es inspirada por Dios”

Al llegar a este punto tal vez se nos formule una pregunta que ha turbado a muchos: «¿Cómo podemos saber que el libro al que llamamos Biblia es realmente la Palabra de Dios?». Nuestra respuesta es muy sencilla: El que nos lo ha dado, puede darnos también la certeza de que ese precioso libro procede de él. El mismo Espíritu que inspiró a los autores de la santa Escritura puede hacernos comprender que esas Escrituras son la misma voz de Dios que se dirige a nosotros. Pero para ello necesitamos el Espíritu, pues, como ya lo hemos visto, “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios… y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. Si el Espíritu Santo no nos enseñara con certeza que la Biblia es la Palabra de Dios, ningún hombre ni organización humana serían capaces de hacerlo, y, por otra parte, si el Espíritu nos da esa bendita seguridad, no tenemos ninguna necesidad del testimonio humano.

Admitimos de buen grado que en esta delicada cuestión la más mínima sombra de duda es un tormento y una desgracia. Pero, ¿quién puede darnos esa certeza? Solo Dios. Si todos los hombres de la tierra estuviesen dispuestos a reconocer la autoridad de las Santas Escrituras, si todos los concilios que se han celebrado estuviesen a favor del dogma de la plena inspiración de la Biblia, si la iglesia universal, es decir, todas las denominaciones de la cristiandad, dieran su asentimiento a la verdad de que la Biblia es realmente la Palabra de Dios; en resumen, si tuviéramos toda la autoridad humana posible, con respecto a la divinidad de la Palabra de Dios, sería insuficiente como fundamento de certeza; y si nuestra fe se basara en esa autoridad, carecería de todo valor. Solo Dios puede darnos la seguridad de que él ha hablado en su Palabra, y cuando él nos da esa certeza, bendito sea su nombre, todos los argumentos, razonamientos y juegos de palabras de los incrédulos son como la espuma del mar, el humo de las chimeneas o el polvo levantado por el viento. El verdadero creyente los rechaza como cosas sin valor alguno y descansa en paz sobre la inefable Revelación que nuestro Dios se ha dignado darnos.

Es muy importante que el lector vea claro y esté bien informado acerca de este asunto tan grave si no quiere ser influenciado por la incredulidad, de una parte, y la superstición, de la otra. La incredulidad procura convencernos de que Dios no nos ha dado un libro que nos revele su pensamiento; que no ha podido darlo. La superstición procura convencernos de que aunque Dios nos haya dado una Revelación, no podemos estar seguros de ella sin la autoridad humana, ni entenderla sin interpretación humana. Debemos observar cómo en ambos casos se nos priva del precioso regalo de la Sagrada Escritura. Y este es el propósito del diablo, que quiere robarnos la Palabra de Dios; y puede hacerlo de manera eficaz despertando una aparente desconfianza, que humilde y reverentemente se dirige a los hombres sabios e instruidos en busca de autoridad, como así también incitando una audaz incredulidad opuesta a toda autoridad humana o divina.

Tomemos un ejemplo. Un padre escribe una carta a su hijo que vive lejos, una carta que rebosa de afecto y ternura paternal. En ella le habla de sus planes y proyectos, le expone todo cuanto él cree que puede interesar a su hijo, todo lo que le sugiere su corazón de padre. El hijo pasa por la oficina de correos para averiguar si hay carta de su padre. Un empleado le responde que su padre no ha escrito, ni lo hará, que entre ellos no puede haber comunicación por ese medio y que es una tontería el mero hecho de pensar algo parecido. Otro empleado se adelanta y le dice: «Sí, aquí hay una carta de su padre, pero usted no puede entenderla, no vale la pena intentarlo, es más, solo puede hacerle daño. Nosotros le explicaremos aquellas líneas que consideremos útiles». El primero de esos empleados representa la incredulidad, el segundo la superstición. El uno y el otro quieren privar al hijo de la ansiada carta, de los preciosos pensamientos de su padre. Pero, ¿cuál sería la respuesta del hijo a esos indignos empleados? Podemos estar seguros de que sería tan breve como adecuado. Al primero le diría: «Sé que mi padre puede comunicarme sus pensamientos por carta, y sé también que así lo ha hecho». Y al segundo: «Sé que mi padre puede hacerme comprender su pensamiento mucho mejor que usted». Y diría, dirigiéndose a los dos con tono firme y decidido: «Dénme inmediatamente la carta de mi padre; está dirigida a mí, y nadie tiene derecho a negármela».

Igualmente el cristiano de corazón sencillo debería responder a la audaz incredulidad y a la ignorante superstición, los dos agentes principales del diablo en nuestros días: «Mi Padre me ha comunicado sus pensamientos, él puede hacerme comprender sus propósitos». “Toda la Escritura es inspirada por Dios”. Y, “las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron”. ¡Magnífica respuesta a todos los enemigos de la preciosa Revelación de Dios, sean racionalistas o ritualistas!

No nos proponemos excusarnos ante el lector por esta extensa introducción al libro del Deuteronomio. Y nos alegra mucho poder aportar nuestro débil testimonio a la gran verdad de la divina inspiración de las Santas Escrituras. Sentimos que es nuestro deber y gran privilegio insistir acerca de la inmensa importancia y la absoluta necesidad de estar seguros a este respecto. Debemos mantener fielmente, a cualquier precio, la autoridad divina y, por consiguiente, la absoluta supremacía de la Palabra de Dios en todo tiempo, lugar y para todas las necesidades. Debemos creer que, como la Escritura ha sido dada por Dios, es completa en el más elevado y amplio sentido de la palabra, que no necesita de una autoridad humana que la acredite, ni de una voz humana que la apoye; ella habla por sí misma y se recomienda a sí misma. Todo lo que tenemos que hacer es creer y obedecer, no poner objeciones ni discutir. Dios ha hablado; nuestro deber es escuchar y prestar una obediencia reverente y sin reservas.

Este es el tema fundamental del Deuteronomio, tal como lo veremos a medida que avancemos en nuestro estudio. Nunca hubo en la historia de la Iglesia de Dios un momento en que fuera tan oportuno insistir sobre la necesidad de obedecer a la Palabra de Dios. Lamentablemente, ¡cuán poco se siente esa necesidad! La mayoría de los cristianos profesantes parecen creer que tienen derecho a pensar por sí mismos, a seguir su propia razón, su propio juicio o sus propias conciencias. No creen que la Biblia sea un libro guía, divino y universal. Piensan que en muchas cosas se nos permite escoger por nosotros mismos. De ahí los casi innumerables partidos, sectas, confesiones y escuelas teológicas. Si se otorga autoridad a las opiniones humanas, cada hombre tendría derecho a pensar lo que desee, por eso la iglesia profesante ha llegado a ser un objeto de burla y sinónimo de división.

Obedezcamos la Escritura

Y, ¿cuál es el remedio para este mal tan ampliamente difundido? Una absoluta y completa sumisión a la autoridad de la santa Escritura. No que los hombres tengan que acudir a ella para confirmar sus opiniones y sus puntos de vista, sino para encontrar allí los pensamientos de Dios acerca de todas las cosas, e inclinar todo su ser moral ante la autoridad divina. La necesidad apremiante de estos días es una sumisión reverente a la autoridad suprema de la Palabra de Dios. Habrá, sin duda, diferencias en nuestras consideraciones y explicaciones de las Escrituras, pero en lo que insistimos de manera muy particular ante todos los cristianos es acerca del estado del alma y la actitud del corazón, expresados en las preciosas palabras del salmista: “En mi corazón he guardado tus dichos (tu palabra), para no pecar contra ti” (Salmo 119:11). Podemos estar seguros de que eso es agradable a Dios, pues él dice:

Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra
(Isaías 66:2).

En esto estriba el verdadero secreto de la seguridad moral. Nuestro conocimiento de la Escritura puede ser muy limitado, pero si la amamos y la respetamos, nos veremos preservados de miles de errores y tentaciones. Y habrá también un constante crecimiento. Creceremos en cuanto al conocimiento de Dios, de Cristo y de la Palabra escrita. Nos deleitaremos en beber de las fuentes vivas e inagotables de la santa Escritura y en pasear encantados por los verdes pastos que la gracia infinita abre tan generosamente al rebaño de Cristo. Así, la vida divina será nutrida y fortalecida; la Palabra de Dios llegará a ser más preciosa a nuestras almas, y seremos guiados por el poderoso ministerio del Espíritu Santo a la profundidad, plenitud, majestad y gloria moral de la Sagrada Escritura. Seremos liberados totalmente de las influencias agotadoras de los sistemas teológicos, ¡oh, bendita liberación! Podremos ser capaces de decir a los promotores de las escuelas teológicas que, sean cuales fueren los elementos de verdad que empleen en sus sistemas, los tenemos con perfección divina en la Palabra de Dios; no torcidos ni deformados para amoldarlos a un sistema determinado, sino en su correcto lugar en el amplio círculo de la revelación divina, el que tiene su centro eterno en la Persona bendita de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.