Capítulo 16
Inconsciencia del peligro
Sansón es un hombre lleno de contrastes: físicamente muy fuerte, moralmente débil, acostumbrado a ceder a todos sus caprichos. Exteriormente, es apartado para Jehová; su larga cabellera lo muestra. Pero interiormente, su corazón está dividido. La prueba de ello es que ama a una enemiga de su pueblo. Preguntémonos si lo que manifestamos exteriormente corresponde realmente al estado de nuestro corazón. Es cierto que el ejercicio corporal es útil; sin embargo, lo que tiene valor para el Señor, no son las proezas deportivas que estimulan el orgullo, sino las secretas victorias sobre nuestras codicias. Por medio de su cabello sin cortar, una joven creyente muestra exteriormente su obediencia. ¡Pero es necesario que esa obediencia se cumpla igualmente en el corazón!
Regocijémonos al encontrar en nuestra lectura también una imagen del que
Quebrantó las puertas de bronce, y desmenuzó los cerrojos de hierro
(Salmo 107:16).
Sansón, al arrancar y llevar sobre sus poderosos hombros las puertas de Gaza, nos hace pensar en Cristo, quien quebrantó las ataduras de la muerte y libró así “a todos los que por el temor de la muerte estaban… sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:15). Luego resucitó con poder, con las llaves de la muerte y del Hades (Apocalipsis 1:18).
Sansón cede a sus pasiones
Existían secretos en la vida de Sansón: su enigma en el capítulo 14 y aquí su nazareato. Pero, no supo guardar ni uno ni otro. El redimido tiene secretos propios con su Salvador: ciertas experiencias hechas con él, de las cuales quizá no pueda hablar con nadie. Naturalmente, nuestra conversión es algo que se debe saber. En cambio, no siempre podemos explicar a otros por qué hacemos o no tal o cual cosa (Daniel 3:16). Este motivo, que implica apartarnos para Dios, es nuestro “nazareato”, del cual depende nuestra fuerza espiritual. “Separados de mí nada podéis hacer”, dijo el Señor Jesús (Juan 15:5). Entonces, si el mundo consigue descubrir en qué consiste nuestra separación, también sabrá hacérnosla perder.
Dalila, seductora, día tras día acosa al pobre Sansón. Este, importunado y reducido “a mortal angustia”, termina por ceder. “Ella hizo que se durmiese”, agrega el relato. ¡Sueño fatal! (léase 1 Tesalonicenses 5:6).
Vencedor de un león, en dos ocasiones el hombre fuerte no supo guardar su lengua (cap. 14:17; 16:17). “Toda naturaleza de bestias… ha sido domada por la naturaleza humana” –declara Santiago–; “pero ningún hombre puede domar su lengua” (Santiago 3:7-8). Para conseguirlo, es necesario el socorro de Dios y él solo lo otorga a los que le obedecen (1 Juan 3:22).
Sansón vuelve a su nazareo – Un final glorioso
¡Pobre Sansón! He aquí el fin de su solemne historia: ciego, prisionero, es objeto de la burla de los enemigos de Dios y de su pueblo. Y lo que es más grave: su vergüenza recae sobre Dios mismo, ya que el ídolo parece más poderoso que el campeón de Jehová. Pero Dios pone término a tal presunción del adversario. Una última victoria se otorga a Sansón, quien muere junto con 3000 filisteos.
Así, pues, Sansón perdió sucesivamente su fuerza, su libertad, su vista y finalmente su vida. Meditemos en este relato, nosotros que fuimos criados en el conocimiento del Señor Jesús. Recibimos mucho; nuestra posición es privilegiada. Es verdad que estamos obligados a un “nazareato”: una separación del mundo y de la mayoría de sus placeres.
Pero ¡qué compensación tenemos!: la fuerza del Espíritu Santo, una fuerza sobrenatural, de fuente divina, está a nuestra disposición; y en el camino de la voluntad de Dios, nada resiste a ella. Es de desear que seamos y sigamos siendo de aquellos a quienes se dirige el apóstol Juan:
Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno
(1 Juan 2:14).
