Capítulo 7
Poca fuerza...
Al lado de las multitudes de Madián, Amalec y “los del oriente”, el pequeño ejército de treinta y dos mil israelitas parecía desempeñar un triste papel. Uno se puede imaginar la perplejidad de Gedeón cuando Jehová le dijo en dos ocasiones: "El pueblo es mucho" (v. 2, 4). Pero, es necesario que este no pueda atribuirse el honor de la victoria. Se hace una primera selección: los cobardes y medrosos se vuelven, según Deuteronomio 20:8. Quedan diez mil hombres, pero el test del agua todavía va a reducir su número. Unos se ponen a sus anchas para beber. Otros rápida y cautelosamente llevan el agua a la boca con la mano. Estos últimos, solo trescientos, son aptos para el combate. Saben postergar la búsqueda de sus comodidades para después de obtener la meta que persiguen. Es una lección para nosotros, quienes tenemos una meta celestial. El Señor Jesús advierte:
Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo
(Lucas 9:23).
¿No es él digno de toda nuestra entrega? Él también bebió "del arroyo en el camino" (Salmo 110:7), hallando aquí y allá algún refresco para su corazón, pero sin perder de vista ni por un instante la meta que perseguía: el triunfo de la cruz y la gloria de Dios su Padre (Lucas 9:51; 12:50).
Dios alienta y honra la fe
Hay un último aliento para Gedeón: el sueño del madianita explicado por su compañero. Al mismo tiempo aprende una nueva lección: él no tiene más valor que un pan de cebada. Entonces, puede empezar el combate. En la noche, tres pequeñas tropas se distribuyen alrededor del campamento enemigo, cada una en su lugar. Observemos bien cuáles son las armas de esos extraños soldados: una tea encendida en el interior de un cántaro. En la otra mano una trompeta, como en Jericó. Ninguna espada o lanza: Jehová es quien combate
Para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros
(2 Corintios 4:6-7).
Este mismo pasaje compara a los creyentes con vasos de barro, cuya voluntad necesita ser quebrantada para que el tesoro resplandeciente (Cristo en ellos) pueda iluminar hacia fuera.
Con el estridente toque de las trompetas en la noche y el fantástico resplandor en la falda de la montaña, todo el campamento se despierta asustado. Presas del pánico, los hombres se matan unos a otros o huyen a donde pueden. Y empieza la persecución, acrecentada aún por otros israelitas que se unen a los trescientos.
La historia de Israel registra esta gloriosa página (Salmo 83:11). La peña de Oreb con el lagar de Zeeb recordarán a las generaciones venideras la liberación que allí obró Jehová.
