Capítulo 14
Una ofrenda presentada a Dios
Para Sansón fue un gran privilegio haber nacido en una familia en la que Dios era personalmente conocido y temido. ¿Tenemos este mismo privilegio? ¡Entonces prestemos atención a la historia de este hombre! Empieza bien (cap. 13:24-25). Pero, en el momento de tomar mujer, la escoge de entre los filisteos, en contra del parecer de sus padres. ¡Qué amarga experiencia! Cuántos jóvenes cristianos hacen lo mismo. Emprenden el camino del matrimonio con la persona que les “agrada” (v. 3), sin preocuparse por saber si primero agrada al Señor.
Para comprender bien la historia de Sansón es necesario recordar lo siguiente: cuando el hombre actúa por sí mismo, ¡cuán triste es! Pero cuando Dios obra por medio de él (valiéndose aun de sus faltas: es el sentido del versículo 4) ¡cuán glorioso es! Y lo que Dios hace a través de Sansón, ese hombre fuerte puesto aparte para liberar a Israel, más de una vez evoca a Jesús, el verdadero Nazareo, el gran vencedor de la cruz. Satanás, el león rugiente, se presentó en el camino de Cristo y este lo venció. De manera que el terrible adversario ahora no tiene más fuerza contra el creyente, quien halla su fortaleza apoyándose en el Señor.
Un corazón dividido
Las victorias del creyente, en lugar de cansarle y debilitarle, le proporcionan alimento y dulzura. Esto es lo que significa la miel hallada en el cuerpo del león muerto. El poder de Satanás es anulado por la muerte de Cristo (Hebreos 2:14). Pero, es un secreto que el mundo no puede comprender, porque halla sus propias alegrías más bien en las fiestas (v. 10). Para el hombre inconverso, allí hay un misterio: ¿cómo un cristiano puede encontrar placer y alimento para su alma en lo que él solo discierne como terror y muerte? (el león rugiendo, cap. 14:5). Sansón propone su enigma a los filisteos, quienes, sin la traición de su mujer, no habrían podido explicarlo. Un poco más tarde, lo traiciona su suegro (cap. 15:2). El mundo siempre engaña, siempre decepciona. Si como a Sansón se nos ocurre confiar en él o mezclarnos con sus alegrías, conoceremos amargas decepciones.
Dios guarda a su siervo librándolo de ese matrimonio con una filistea. Pero, si hubiese escuchado a sus padres habría evitado el tormento y toda esa inquietud. Y Dios no habría dejado de proveerle otra “ocasión contra los filisteos” (cap. 14:4).
