La misión del cristiano

Marcos 8:1-9

En aquellos días, como había una gran multitud, y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos, y les dijo: Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer; y si los enviare en ayunas a sus casas, se desmayarán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos. 

Sus discípulos le respondieron: ¿De dónde podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto? El les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Ellos dijeron: Siete. 

Entonces mandó a la multitud que se recostase en tierra; y tomando los siete panes, habiendo dado gracias, los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y los pusieron delante de la multitud. Tenían también unos pocos pececillos; y los bendijo, y mandó que también los pusiesen delante. 

Y comieron, y se saciaron; y recogieron de los pedazos que habían sobrado, siete canastas. Eran los que comieron, como cuatro mil; y los despidió.

Marcos 8:1-9

Introducción

Este pasaje presenta una ilustración sorprendente de un aspecto particular de la misión del cristiano en este mundo. Su aplicación es importante y universal. Concierne a todo hijo de Dios. No olvidemos que hemos sido enviados a este mundo para ser un canal entre el corazón de Cristo y las necesidades de todo tipo que encontramos en la vida cotidiana.

Sin duda, el punto de partida es pertenecer a Cristo. Si ignoro que tengo vida eterna, si no estoy seguro de mi salvación, si no conozco a Cristo como mi Salvador y Señor personal, entonces, obviamente, no puedo realizar el significado de la misión del cristiano. Para abordar este tema es esencial saber que somos salvos, que tenemos un Salvador al que conocemos y del cual gozamos.

Situación

“En aquellos días, como había una gran multitud, y no tenían qué comer”. Esta era la situación: una gran necesidad y aparentemente ningún recurso para satisfacerla. Pero Jesús estaba allí con todo su amor y su extraordinario poder. Allí estaba el que en tiempos pasados había alimentado a la gran multitud de su pueblo Israel en un vasto desierto durante cuarenta años. Sí, el Señor estaba allí, y ciertamente podría haber satisfecho esta gran necesidad de forma inmediata y directa sin recurrir a sus pobres discípulos, incrédulos y egoístas. También podría haber llamado a los ángeles para satisfacer las necesidades de esta multitud hambrienta. Pero su deseo era utilizar a sus discípulos como canales de bendición entre él y la multitud hambrienta, no como instrumentos de su poder, como habrían sido los ángeles, sino más bien como la expresión misma de su corazón.

Preparación

Fijémonos en cómo procede. Si hubiera querido utilizarlos simplemente como instrumentos de su poder, solo habría puesto en sus manos los recursos necesarios. En cambio, quería hacer de ellos canales por medio de los cuales fluyera la tierna compasión de su corazón. Así es como lo hizo: 

Llamó a sus discípulos, y les dijo: Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer; y si los enviare en ayunas a sus casas, se desmayarán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos.

Este es el secreto de la preparación para nuestra gran misión. Nuestro Señor reunió primero a sus discípulos a su alrededor, luego trató de llenar sus corazones con sus propios sentimientos y pensamientos, antes de llenar sus manos con panes y peces. Es como si dijera: «Tengo compasión, y quiero que ustedes también la tengan. Quiero que entren en mis pensamientos y sentimientos, que piensen como yo pienso y sientan como yo siento. Quiero que miren a esta multitud hambrienta con mis ojos, para que estén en condiciones morales de ser mis canales».

¡Extraordinario! Alguien puede decir: «Tengo un profundo deseo de ser un canal de bendición, pero me parece demasiado elevado, está más allá de mí. ¿Cómo podría alcanzar tal altura?». La respuesta es: acérquese suficientemente a Cristo para pensar como él piensa, para sentir como él siente. Beba de su Espíritu. Esa es la única manera de ser un canal de bendición. Si yo dijera: «Debo intentar ser un canal», me estaría cegando. Pero si bebo de la fuente del corazón de Cristo, me llenaré hasta rebosar, todo mi ser se impregnará de su Espíritu, y estaré preparado para que él me utilice. Estaré seguro de hacer buen uso de lo que él ponga en mis manos y de utilizarlo para él. Si lleno mis manos con toda clase de medios antes de que mi corazón esté lleno de Cristo, entonces no los usaré para él, ni para la gloria de Dios, sino para mi propia gloria.

Respuesta

Pero observen cuán lentos fueron los discípulos para responder a lo que Cristo deseaba para ellos. Su beneplácito era usarlos como sus canales, concederles este privilegio. Pero ellos, como nosotros, a menudo eran incapaces de apreciarlo, sencillamente porque no entraban en sus pensamientos ni comprendían la gloria de su persona. “Sus discípulos le respondieron: ¿De dónde podrá alguien saciar de pan a estos aquí en el desierto?”. En otra ocasión le habían dicho: “No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces” (Mateo 14:17, ¿No sabían, o habían olvidado, que estaban en presencia del Creador del universo, aquel por quien subsisten todas las cosas?

Fe

Pero, por desgracia, lo que ocurrió a los discípulos también nos ocurre a nosotros. No supieron apreciar y utilizar el poder que había en medio de ellos, y dijeron: “¿De dónde podrá alguien saciar…?”, cuando deberían haber dicho: «Tenemos a Cristo». Prácticamente lo ignoraron, y nosotros también hacemos lo mismo. Encontramos buenas excusas para nuestra pobreza, frialdad e indiferencia. Decimos que no tenemos esto o aquello. Lo que realmente necesitamos es un corazón lleno de Cristo, de sus pensamientos, de su amor, de su ternura hacia los demás, de su abnegación. Nos quejamos de nuestra falta de recursos, cuando lo que realmente necesitamos es que nuestra alma se halle en buen estado. Esta condición resulta de una estrecha intimidad con Cristo, de la comunión a través de su Espíritu que nos da de beber.