Nuestros pensamientos

1 Crónicas 28:9 – Salmos 139:2 – Filipenses 4:6-7

Dios ve nuestros pensamientos

«¡Menos mal que nadie sabe lo que pienso!». Es probable que dicho pensamiento haya pasado por nuestra mente. Al fin y al cabo, nadie puede leer la mente de los demás (1 Corintios 2:11). Pero Dios es omnisciente. Él siempre ve y sabe todo.

  • Dios conoce todos mis pensamientos. En 1 Crónicas 28:9 David dice: “Porque el Señor escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos”. Dios siempre sabe lo que pensamos, pero eso no debe asustarnos.
  • Dios también entiende (o discierne) nuestros pensamientos (Salmo 139:2). ¿No es reconfortante? Dios nos ve tal como somos. Conoce nuestros pensamientos y emociones más profundas. Él siempre nos comprende, ¡como nadie más puede hacerlo!

Nuestro comportamiento depende de nuestros pensamientos

«¡No importa lo que pensemos!». Quien diga esto se equivoca, porque a menudo terminamos haciendo lo que pensamos. La Palabra de Dios lo demuestra:

  • Lo que pensamos se refleja en nuestro andar diario y en nuestros actos. “En pos de nuestros ídolos iremos, y haremos cada uno el pensamiento de nuestro malvado corazón” (Jeremías 18:12). Cuando un tema ocupa nuestros pensamientos (por ejemplo, videos, moda, redes sociales, etc.), tarde o temprano se reflejará en nuestros actos.
  • Nuestros pensamientos también se manifestarán en nuestras palabras. “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34).

Proverbios 4:23 dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”. Veamos cómo podemos guardar nuestro corazón, es decir, dominar nuestros pensamientos.

Dejar que Dios santifique nuestros pensamientos

  • Demos al Señor Jesús el primer lugar en nuestra vida. Para ello lo mejor que podemos hacer es ocuparnos de la persona del Señor Jesús y tener comunión con él. Cuanto más lugar tenga él en nuestras vidas, cuanto más lo conozcamos, menos pensaremos en cosas vanas o malas. Haciendo esto, nuestros pensamientos se ocupan de cosas buenas. Alimentándonos de lo bueno venceremos lo malo.
  • Leamos la Palabra de Dios. Ella “discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12). Leyéndola aprendemos a discernir entre los buenos y los malos pensamientos, y nuestra nueva vida también es alimentada espiritualmente.
  • Oremos. “Encomienda al Señor tus obras, y tus pensamientos serán afirmados”. Pidamos al Señor que nos ayude a interesarnos más por las cosas que le conciernen y a alejarnos del mal. Oremos también por los servicios que él pone en nuestro camino, como la difusión del Evangelio. Así pensaremos automáticamente en las cosas buenas.
  • Ocupemos nuestros pensamientos con cosas buenas: busquemos lo bueno y mantengamos una actitud de alabanza. Al considerar una cosa o una persona, nuestra atención puede centrarse en las cosas positivas o en las negativas. Filipenses 4:8 nos anima a centrarnos en lo positivo: “Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”. En lugar de dar rienda suelta a las calumnias, esforcémonos por ver las cosas positivas en nuestros hermanos y hermanas en la fe. Orar unos por otros nos ayudará a hacerlo. Entonces la actitud negativa se desvanece.
  • Juzguemos los malos pensamientos y confesémoslos. Cuando un mal pensamiento surge en nuestro corazón, no podemos hacer nada al respecto. Pero si alimentamos dicho pensamiento, pecamos. Por eso la Palabra de Dios nos exhorta a juzgar inmediatamente los malos pensamientos, incluso a hacerlos morir (Colosenses 3:5). Permítanme darles un ejemplo: cuando era niño, aprendí que el veneno es mortal. Ahora, cuando veo una etiqueta con una calavera en una botella, me alejo de ella lo antes posible. Asimismo, debemos reconocer, etiquetar y juzgar los malos pensamientos. Y si hemos pecado, debemos confesarlo (1 Juan 1:9).
  • Creamos que el Hijo de Dios puede liberarnos realmente (Juan 8:36). Quizás hemos experimentado cierto estado de dependencia en nuestros pensamientos. A veces alguna cosa nos viene a la mente como algo compulsivo. Nuestros pensamientos siempre giran en torno al mismo tema y no podemos librarnos de ellos. En este caso, todo lo que debemos hacer es ponernos de rodillas y pedir al Señor Jesús que nos libere de esos pensamientos. Solo él puede hacerlo realmente.
  • Recibamos la paz de Dios que guardará nuestros pensamientos (Filipenses 4:6-7). Dios está por encima de todas las cosas y de todas las circunstancias. Siempre está en paz, y nada de lo que ocurre en la tierra puede perturbarlo. Él tiene todas las cosas en sus manos, por eso podemos contarle todo lo que ocupa nuestros pensamientos: miedos, inquietudes, penas, etc. Entonces la paz de Dios guardará nuestros corazones y nuestros pensamientos, y podremos dejar todo en sus manos.

Solo con la ayuda del Señor y ocupándonos de cosas buenas y espirituales podremos orientar nuestros pensamientos hacia el bien. Como David, que podamos decir: 

Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Señor, roca mía, y redentor mío (Salmo 19:14).