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Pláticas sencillas

La intervención de los jefes religiosos

La curación del lisiado y el discurso de Pedro no tardaron en llamar la atención de las autoridades religiosas. Es la primera vez que las vemos en contacto con los apóstoles, o más bien con el poder del Espíritu Santo.

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La liberación de Pedro

“Y he aquí que se presentó un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel; y tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto. Y las cadenas se le cayeron de las manos. Le dijo el ángel: Cíñete, y átate las sandalias. Y lo hizo así. Y le dijo: Envuélvete en tu manto, y sígueme.

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La liberación milagrosa de los apóstoles

Al ver que el pueblo alababa grandemente a los apóstoles y que su influencia se extendía a las ciudades aledañas, desde donde traían a los enfermos a Jerusalén, el sumo sacerdote y los saduceos que lo rodeaban sintieron grandes celos y encarcelaron a los apóstoles. Ellos veían disminuir su prestigio entre el pueblo y querían conservarlo a cualquier precio.

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La llegada a Malta

Los náufragos supieron que la isla se llamaba Malta (v. 1). Fueron bien recibidos por los nativos del lugar, quienes les encendieron un gran fuego para que se calentasen y secasen sus vestidos, porque hacía frío y seguía lloviendo (v. 2). Pablo no permaneció inactivo. Fue a recoger ramas secas para alimentar el fuego y mientras una víbora, queriendo huir del calor, se le prendió de la mano (v.

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La muerte de Esteban

Al ver pasar delante de sus ojos el cuadro espantoso aunque real de su propia historia, los judíos “se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él” (v. 54). Nada exaspera tanto al hombre como oír la verdad sobre lo que él es, sin que sea tocado por la gracia de Dios. ¡Qué contraste entre estos hombres y la samaritana!

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La muerte de Herodes

Si el corazón de los discípulos rebosaba de gozo después de la liberación de Pedro, no sucedía lo mismo con los soldados que debían custodiarlo, como tampoco en casa de Herodes. Cuando fue de día, “hubo no poco alboroto entre los soldados sobre qué había sido de Pedro” (v. 18). ¡Es lógico!

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La obra de Dios

“Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían” (v. 25). ¡Qué predicación para los prisioneros que oían cantar a esos hombres doloridos por los golpes, pero cuyos corazones rebosaban de gozo y paz! Ellos manifestaban un poder y una felicidad que solo podían venir de Dios y que, sin duda, no poseía ninguno de aquellos que los escuchaban.

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La obra del enemigo

No se ataca al enemigo en su terreno sin que él se defienda. Asesino y mentiroso, quiere guardar a sus víctimas hasta la consumación de su perdición; por eso hace lo posible para impedir que los siervos del Señor cumplan su obra. Así se ve en el siguiente relato.

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La obra en Derbe

Rodeado por los discípulos, Pablo tuvo la fuerza para levantarse y entrar en la ciudad; de allí partió al día siguiente para Derbe con Bernabé. El Señor tuvo que sostenerlo poderosamente para que pudiera continuar su servicio después de haber sido apedreado y dejado por muerto. Sin duda, hace alusión a esta circunstancia en 2 Corintios 11:25, cuando dice que fue “una vez apedreado”.

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La oración de los discípulos

“Y puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho” (v. 23). Todavía hoy, Dios nos concede el gran favor de tener a “los nuestros”, aquellos con quienes compartimos los mismos pensamientos, porque poseemos la misma vida, al mismo Objeto, la misma experiencia, y la misma Palabra que nos enseña.

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La predicación de Pedro

“Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia”. Dios quiere realidades. No basta decir: “Tenemos a Abraham por padre” (Lucas 3:8); hace falta producir buenos frutos, como lo decía Juan el Bautista a los judíos.

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La primera persecución

“En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles. Y hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él” (v. 1-2). Esteban fue el primer cristiano que murió como mártir después de la formación de la Iglesia.

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La resurrección de Dorcas

“Había entonces en Jope una discípula llamada Tabita, que traducido quiere decir, Dorcas. Esta abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía. Y aconteció que en aquellos días enfermó y murió. Después de lavada, la pusieron en una sala” (v. 36-37). ¡Qué hermoso testimonio nos da el Espíritu de Dios a favor de esta mujer que “abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía”!

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La salida de Troas

Los compañeros de Pablo salieron por mar y llegaron a Asón, localidad situada al sur de Troas, donde esperaron al apóstol, pues este había deseado ir a pie (v. 13). Sentía, sin duda, la necesidad de encontrarse solo y disfrutar los efectos bienhechores de este paseo a solas. Cuando se volvió a encontrar con sus compañeros, juntos fueron a Mitilene, situada en la isla de Lesbos (v. 14).

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La venida del Espíritu Santo

Los discípulos permanecían en Jerusalén, según la orden del Señor, esperando la venida del Espíritu Santo que les había sido prometido.

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La visión de Ananías

El Señor había preparado todo para la conversión de Saulo. No quiso que esta se efectuase en Jerusalén, ni que alguno de los apóstoles interviniese. El Señor lo libraba de su “pueblo, y de los gentiles”, dice en el capítulo 26:17. Ninguno de los apóstoles le comunicó algo (leer los dos primeros capítulos de la epístola a los Gálatas).

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La visión de Cornelio

Si el apóstol Pablo fue suscitado para anunciar el Evangelio a los gentiles, Pedro les abrió la puerta del reino de los cielos, como el Señor se lo había dicho en Mateo 16:19. En otros términos, en este capítulo los introduce en la casa de Dios para gozar de todos los privilegios del cristianismo, tal como lo había hecho con los judíos convertidos (cap. 2) y los samaritanos (cap. 8).

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La visión de Pedro

Los siervos de Cornelio se pusieron en camino a Jope. Tenían que recorrer una distancia de por lo menos cincuenta kilómetros a lo largo del mar.

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Las murmuraciones de los griegos

“En aquellos días, como creciera el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos, de que las viudas de aquéllos eran desatendidas en la distribución diaria” (v. 1).

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Los apóstoles en Listra

Entre los que escuchaban la predicación de Pablo en Listra se encontraba un hombre que nunca había caminado. Entonces Pablo, fijando sus ojos en él y “viendo que tenía fe para ser sanado, dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies. Y él saltó, y anduvo” (v. 8-10). En presencia de este gran milagro, las multitudes clamaron: “Dioses bajo la semejanza de hombres han descendido a nosotros.

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Los discípulos y Jesús resucitado

“En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido”. Este primer tratado, el que también hace referencia al evangelio según Lucas, abarca las cosas que “Jesús comenzó a hacer y a enseñar”.

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Los efectos de la Palabra

“La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (v. 32). Se cumplió lo que el Señor había pedido a su Padre en la oración de Juan 17, al hablar de los que creerían por la palabra de sus enviados:

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Los mensajeros celestiales

“Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (v. 10-11).

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Los primeros efectos del don de las lenguas

La fiesta de Pentecostés atrajo a Jerusalén a muchos judíos piadosos que habitaban en los países nombrados en los versículos 9 a 11. Dios quiso que fueran testigos de los resultados maravillosos de la venida del Espíritu Santo. Leemos: “Hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.

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