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El orgullo de lo que uno es

Es “la condenación del diablo” (1 Timoteo 3:6) tal como nos la describe Isaías 14:13-14. “Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono… seré semejante al Altísimo”.

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El orgullo de lo que uno ha hecho

Cuán fácilmente puede uno envanecerse de lo que ha hecho. El rey Uzías había manifestado notables cualidades. Todo lo había previsto para el desarrollo económico y la protección de su pueblo. “Su fama se extendió lejos, porque fue ayudado maravillosamente, hasta hacerse poderoso. Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina” (2 Crónicas 26:15-16).

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El orgullo de lo que uno posee

El orgullo se desliza también en lo que uno posee. Tal fue el caso del rico en Lucas 12, quien llenó sus graneros y aseguró a su alma que tenía muchos bienes para muchos años (v. 13-21).

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El orgullo quiere tener el primer lugar

El orgullo quiere también colocarse por encima de los demás. El apóstol advierte que no tenga uno “más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Romanos 12:3).

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El padre

El llamamiento de Dios no se dirigía a Taré. Sin duda era duro dejar solo a su anciano padre en Ur. Pero la fe habría podido contar con Dios para ocuparse de él, posiblemente por medio de Nacor su segundo hijo; así lo ha hecho Dios desde entonces con tantos otros que ha llamado lejos a su servicio.

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El Padre

Es esencialmente en el evangelio de Juan donde el Señor Jesús revela al Padre: El unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer (Juan 1:18).

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El socorro fraternal

Para guardarnos o levantarnos, Dios puede servirse del socorro fraternal. Gálatas 6:1 lo ilustra: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.

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El tribunal de Cristo

El Señor Jesús había dicho muy claramente: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24). Y Romanos 8:1 afirma: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”.

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Elí, el sacerdote

¡Historia poco atrayente, sin embargo tan indispensable en un tiempo en que los padres ya no se atreven a reprender ni a corregir a sus hijos!

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Elías

La historia pública de Elías comienza abruptamente en 1 Reyes 17, mediante el anuncio de la sequía: “Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra”. Elías había precisado al rey Acab que él estaba en la presencia de Dios. Santiago 5:17 nos muestra el secreto de esta vida interior: “Oró fervientemente”.

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Elías

Todo el ministerio del profeta Elías está marcado por las palabras: Vive Jehová de los ejércitos, en cuya presencia estoy,

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Elimelec y Noemí

Un hambre sobrevino en la tierra de Canaán, prueba permitida por Dios con un propósito conocido por él. ¡La actitud de la fe sería buscar la razón de esta disciplina, arrepentirse, someterse! (1 Reyes 8:35). Pero Elimelec y los suyos no lo entendían así. Querían evadir la prueba que Dios permitía y se fueron a los campos de Moab, más allá de las fronteras fijadas por Dios, para “morar” allí.

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Eliú

Durante las largas conversaciones de Job y sus amigos, Eliú, mucho más joven, escuchaba (cap. 32:11-12). Sus rasgos característicos eran la paciencia, la modestia, la humildad; no discutía; no halagaba; no se parcializaba, mas estaba movido por un espíritu de rectitud. No dio prueba de suficiencia, sino que supo ponerse al nivel del pobre que sufría (cap.

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En Cristo

Antes de dejar a sus discípulos, el Señor Jesús, al anunciarles la próxima venida del Espíritu Santo, les dijo: “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (Juan 14:20; comp. la primera parte de este versículo con el v. 10).

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En el estado moral conveniente

Para ser escuchado por Dios, la oración debe estar acompañada del estado moral conveniente. La conciencia de su gracia nos guardará en la humildad (1 Pedro 5:5), que no presume de sus fuerzas sino que cuenta con Dios.

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En el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu Santo

Debemos orar en el nombre del Señor Jesús (Juan 14:14). Dios nos es favorable a causa del Señor Jesús. Pedir en el nombre de Jesús significa identificarse con él, con su pensamiento, sus deseos, su voluntad, e implica que aceptamos su señorío sobre nuestros sentimientos, pensamientos, decisiones, es decir, sobre toda nuestra vida. Sólo por medio de Jesús podemos orar al Padre.

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En las tentaciones exteriores

En primer lugar nos son presentadas la simpatía del Señor y su intercesión. Hebreos 2:17-18 nos dice: “Debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere… Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”.

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En las tentaciones interiores

Como ya fue subrayado, lo esencial es huir de las pasiones juveniles, de la fornicación y la idolatría. Cuando malos ejemplos pudieran arrastrarnos, “a estos evita” (2 Timoteo 3:5). En este ámbito es necesario cuidarnos particularmente de las relaciones que pudieran degenerar y ponernos en peligro de caer, deshonrando así al Señor.

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Entregados

No presentéis (o entreguéis) vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos (entregaos) vosotros mismos a Dios como (hechos) vivos de entre los muertos (Romanos 6:13).

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Examinarse a sí mismo

1 Corintios 11:31-32 nos enseña un principio de mucha importancia. En relación con la cena del Señor, se nos dice: Pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan (v. 28).

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Herederos

“Ya no eres esclavo, sino hijo”, era la conclusión de Gálatas 4:7. Pero se agrega: “Y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo”. Pablo lo confirmará a los Romanos: “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17).

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Hijos (la adopción)

Efesios 1:4-5 nos dice que, “antes de la fundación del mundo”, Dios “nos escogió en él (Cristo)… habiéndonos predestinado, en su amor, a la adopción de hijos, por medio de Jesucristo, para sí mismo, según el beneplácito de su voluntad” (V. M.).

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Hijos (niños)

Somos los amados hijos de Dios

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Horeb

En la soledad del monte de Dios, en la cueva donde Moisés posiblemente estuvo refugiado cuando Dios paso delante de él (Éxodo 33:22), la palabra divina se dirigió al siervo desalentado: ¿Qué haces aquí, Elías?

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