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Muertos al pecado

Él plantea esta cuestión: “Los que hemos muerto al pecado, ¿ómo viviremos aún en él?” (v. 2). El cristiano, quien en otro tiempo vivía en el pecado, halló en la muerte de Cristo mucho más que el perdón de sus pecados y transgresiones. Él murió con Cristo y, por ese medio, fue quitado definitivamente de la pasada condición en que se hallaba.

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Muertos al pecado, tenemos vida nueva en Cristo

Si además estudiamos otras enseñanzas sobre el bautismo en las cartas de los apóstoles, encontraremos el pasaje importante de Romanos 6:3-4. En contestación a la pregunta de si nosotros, que hemos muerto al pecado, tenemos que permanecer en él para que la gracia de Dios crezca, Pablo contesta enérgicamente: “En ninguna manera” (v. 2).

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No deudores… sino del amor cristiano

En el versículo 8 el apóstol da un paso más al decir: “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley”.

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No hay liturgia

En primer lugar, recordemos que la Biblia no nos da ninguna indicación directa y explícita sobre cómo debe desarrollarse dicha reunión. Podemos alegrarnos por ello. Dios no quiere encerrarnos en un reglamento, sino que nos da la libertad del Espíritu.

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Nos gloriamos en Dios

“Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (v. 11). No es la gloria, ni las tribulaciones y sus benditos resultados los que están ante el espíritu del apóstol, sino Dios mismo.

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Nuestra posición como hijos o niños de Dios

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” (v. 14). Mediante este pasaje llegamos a la maravillosa relación a la que hemos sido llevados como seres que ya no son conducidos por la carne y que tampoco se hallan más, como otrora Israel, en la posición de siervos o esclavos.

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Oposición absoluta entre la carne y el Espíritu

“Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (v. 6-7). La carne y el Espíritu son y permanecen opuestos entre sí. El pensamiento de la carne está dirigido a las cosas visibles, conduce a la muerte, tanto ahora como eternamente.

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Otras dos preguntas prácticas

1)    ¿El bautismo es un requisito para participar en el partimiento del pan?

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Pablo deseaba visitar a los creyentes de Roma

Pero, como ya no tenía motivo de detenerse en las regiones que acababa de visitar (pues había anunciado plenamente el Evangelio desde Jerusalén y sus alrededores hasta Iliria, como también probablemente hasta la costa oriental del mar Adriático), esperaba, al ir de paso para España, ver a los creyentes de Roma, y, después de haber gozado un poco de su compañía, ser encaminado por ellos a su des

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Padecer con Cristo

El camino que conduce a esa meta gloriosa, colocada ante nosotros, pasa por el sufrimiento. Ningún cristiano puede eludirlo. Por eso tenemos como final de la frase: “si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”.

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¿Por qué el domingo?

Ahora surge la pregunta: ¿Por qué el domingo y no otro día de la semana? La respuesta parece evidente. Según el calendario judío, el primer día de la semana era el octavo, y este día es, en el lenguaje simbólico de la Biblia, el día de un nuevo comienzo.

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Prerrogativa del Señor

1 Corintios 11:28 nos proporciona una respuesta sencilla y aparentemente obvia: “Pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan”. Según este pasaje, cada uno debe examinarse a sí mismo y luego comer. En este caso, sería solo una decisión personal participar o no en la Cena del Señor.

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Primera respuesta: Es una invitación

Partimos el pan porque nuestro Salvador y Señor nos lo pide. Esta respuesta vivifica nuestro amor por él. La noche en que el Señor Jesús fue tan ignominiosamente traicionado y entregado instituyó la Cena para sus discípulos y les dijo: Haced esto en memoria de mí. (Lucas 22 v.19).

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Priscila y Aquila

En el versículo siguiente encontramos dos nombres conocidos: “Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús, que expusieron su vida por mí; a los cuales no solo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles”.

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Privilegios de los judíos y su infidelidad

Si Dios, pues, exige tan solemnemente la sinceridad y rechaza toda forma exterior, ¿no es preferible ser un pagano incircunciso, con una responsabilidad menor que la de un judío? Muy naturalmente se plantea la cuestión: “¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿o de qué aprovecha la circuncisión?”. El apóstol responde: “Mucho, en todas maneras.

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Que cada uno se examine a sí mismo

La responsabilidad personal tiene otro aspecto. Al parecer, los corintios habían sido negligentes en cuanto a examinarse a sí mismos respecto a hechos que no habían puesto en orden en su vida. Con pecados no juzgados y asuntos en desorden, llegaron a la presencia del Señor para proclamar su muerte. Esto es de gran importancia para nosotros.

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¿Qué es la ley aquí?

Poco antes el apóstol había dicho que los creyentes no estaban “bajo la ley, sino bajo la gracia”. ¡Qué necesario resultaba explicar esta contradicción, en apariencia insoluble! Había demostrado categóricamente que ellos no estaban “sin ley”, es decir, que no podían hacer su propia voluntad ni obedecer a sus inclinaciones y concupiscencias.

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¿Quién estará contra nosotros?

Y además, si Dios es por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? ¿Quién podría oponerse al Dios eterno y arrancarnos de sus brazos poderosos? ¿Quién podría quitarnos su favor o impedirle que ejercite su amor por nosotros? Por eso son bienaventurados todos aquellos que pueden decir con fe infantil: ¡Dios es por mí!

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¿Quién tiene derecho a bautizar?

Así como el Nuevo Testamento nos enseña claramente de qué modo se debe efectuar el bautismo, se nos muestra también quién puede bautizar. Vemos en los Hechos de los Apóstoles, que todos los hombres que predicaban el Evangelio eran llamados a bautizar a los que por su predicación llegaran a creer en el Señor Jesucristo.

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Referencia del Antiguo Testamento

El principio que acabamos de encontrar en el Nuevo Testamento se confirma en el Antiguo Testamento. Pensemos en los porteros, cuyo trabajo consistía en controlar quién entraba o salía de la ciudad o del templo. Y es precisamente en relación con la ciudad de Dios, Jerusalén, que se describe la función de estos porteros.

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Referencias de las epístolas

La costumbre de los primeros cristianos de partir el pan el domingo no es lo único que nos hace pensar en ese día. Las epístolas también hacen una referencia indirecta a ella. Veamos, por ejemplo, 1 Corintios 16:1-2; aquí se habla de las ofrendas de dinero en la asamblea, que no debían recogerse en cualquier momento.

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Responsabilidad transferida

Tal vez ahora surja la pregunta: Si es el Señor el que decide quién participa en el partimiento del pan, ¿cómo es posible que una asamblea local hable de «admisión a la Mesa del Señor?». La expresión «admisión a la mesa del Señor» no aparece en la Biblia. Reflexionemos un poco sobre esta pregunta.

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Resucitados con Cristo

Dirijamos seguidamente nuestra atención hacia el tercer pasaje que, en las cartas del apóstol Pablo, se refiere al bautismo. Lo encontramos en la epístola a los Colosenses, capítulo 2. El estado de los colosenses tenía, en cierto sentido, semejanza con el de los gálatas.

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Resultados de una vida según la carne o según el Espíritu

En los versículos siguientes, el apóstol extrae la conclusión práctica de lo que ha dicho hasta aquí: “Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (v. 12-13).

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