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La salvación por la fe

Capítulo de @book, de @author

La víctima expiatoria

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La vida eterna

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Prólogo

Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17).

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¿Quién es el Espíritu Santo?

Si bien la palabra «Trinidad» no se encuentra en la Biblia, la realidad de lo que ella expresa está afirmada ampliamente en ella. Desde los primeros versículos de la Palabra encontramos la expresión “Dios” en plural, en el texto hebreo.

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Satanás

Está claro que este tema no produce enriquecimiento espiritual, sin embargo es necesario conocer lo que la Palabra de Dios nos dice sobre Satanás. Aun siendo conscientes de su astucia, de su poder y constante actividad, debemos estar atentos para no caer en sus trampas.

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A la imagen de Dios

Nos diferenciamos de todas las demás criaturas vivientes que nos rodean en la tierra en que estamos, de forma más o menos consciente, bajo la acción de Dios. Éste es el carácter distintivo del hombre. El Dios creador de todas las cosas lo ha hecho a su imagen. No se limitó a darle la existencia por medio de su palabra todopoderosa, sino que lo formó y sopló en él “aliento de vida”.

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Cristo, nuestro Abogado

“La sangre de Jesucristo su Hijo nos purifica de todo pecado”. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 1:7, 9; 2:1-2).

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Cristo, nuestro Sacerdote

“Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión (la fe que confesamos). Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Él jamás pecó) (Hebreos 4:14-15).

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Dios es luz… Dios es amor

Estas dos declaraciones de la primera epístola de Juan (cap. 1:5; 4:8, 16) nos hablan de la naturaleza esencial de Dios, mientras su justicia y su santidad subrayan lo que él es en relación con sus criaturas. Nada puede alterar lo que Dios es en sí mismo: No hay ningunas tinieblas en él (1 Juan 1:5).

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Dos resurrecciones

Ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos (Hechos 24:15).

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El Apocalipsis

Este libro tiene un carácter particular y es enteramente profético. Esta “revelación” fue dada al apóstol Juan cuando estaba exiliado en la isla de Patmos. El punto de partida de este notable libro es la visión gloriosa descrita en el primer capítulo. Esta visión produjo tal efecto sobre el apóstol, que cayó como muerto.

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El Cordero de Dios

Pero este libro de vida, en el cual haría falta estar inscrito para escapar a la condenación, en otro pasaje del Apocalipsis (13:8) lleva este nombre significativo: “El libro de la vida del Cordero que fue inmolado”.

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El destino de la Iglesia

“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella… a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa” (Efesios 5:25-27). “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Juan 17:24).

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El destino del hombre

“Dejaos del hombre, cuyo aliento está en su nariz; porque ¿de qué es él estimado?” (Isaías 2:22). ¿No existe, pues, ningún remedio? ¿Debemos perder la esperanza en el hombre?

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El Dios creador

Toda la creación proclama el poder y la sabiduría de Aquel que ordenó todas las cosas. Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos (Salmo 19:1). “Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas” (Isaías 40:26).

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El Dios justo y santo

“Mas Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?” (Génesis 3:9-11).

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El escenario de la profecía

Dios, desde los días de Abraham, escogió un pueblo para que fuera su testigo en la tierra. Estableció con él una alianza perpetua e incondicional, garantizada por la fidelidad de las promesas de Dios. La alianza de Sinaí, la ley, concedida 430 años más tarde, no anuló las promesas anteriores, si bien la rebelión del pueblo obligó a Dios a aplazar su cumplimiento.

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El Espíritu de adopción

Esta gloriosa posición de hijo de Dios tiene como consecuencia la recepción del Espíritu Santo: Por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo (Gálatas 4:6).

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El gobierno del mundo

En dos ocasiones Dios confirió al hombre autoridad en el ámbito de la creación: En Génesis 1 Dios dijo a nuestros primeros padres: “Llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread… en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (v. 28). Igualmente, después del diluvio, Dios bendijo a Noé y a su familia y entregó en sus manos todo lo que se movía sobre la tierra (cap. 9:2).

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El mundo creado

Varios pasajes de la Palabra de Dios nos hablan del mundo refiriéndose al planeta tierra, creado por el poder de Dios: “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios” (Hebreos 11:3). “El que hizo la tierra con su poder, el que puso en orden el mundo con su saber, y extendió los cielos con su sabiduría” (Jeremías 10:12; 51:15).

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El objeto central de la profecía

Desde la primera promesa dada por Dios al hombre, Jesucristo siempre aparece en ellas: “Esta (la simiente de la mujer) te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”, dijo Dios a Satanás (Génesis 3:15).

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El origen del hombre

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó (Génesis 1:26-27).

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El Pentateuco

Es llamado así por los cinco libros que lo forman. El Pentateuco es la base de la revelación de Dios durante el período que precede a Jesucristo. Moisés es su autor, a excepción del último capítulo de Deuteronomio que nos relata su muerte en el monte Nebo. Tanto Moisés como el resto de los autores fueron inspirados por el Espíritu Santo para escribir estos textos históricos y didácticos.

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