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El misterio de la Trinidad
Esta se halla implícita ya en el primer versículo de la Biblia: “Creó Dios”; en hebreo, Dios está en plural (Elohim), ¡pero el verbo crear está en singular! Y un poco más adelante: “Dijo Dios: Hagamos (plural) al hombre a nuestra imagen…; Y creó (singular) Dios al hombre” (Génesis 1:26-27). Habrá que esperar hasta el bautismo de Juan para que la Trinidad se revele.
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El misterio de su Persona
Todos estos nombres le revelan a nuestros corazones y le hacen más precioso a nuestros afectos; él lleva muchos otros aún; no obstante, sigue siendo en su persona ese insondable misterio: solo el Padre conoce a fondo al Hijo (Mateo 11:27).
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El Nazareo
Es el nombre menospreciado. Como lo dijo Natanael: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (Juan 1:46). La cruz tenía un rótulo: “Jesús nazareno, Rey de los judíos”, apelativo elegido para hacerlo objeto de burla y para contradecir a los judíos, quienes habían proclamado no tener más rey que César.
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El octavo día, anticipo del cielo
Mientras espera esos gloriosos tiempos anunciados por los profetas a Israel, la Iglesia, pueblo celestial, ya posee por la fe un anticipo de ese gozo futuro.
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El octavo día, el gran día de la fiesta
Una vez cumplidos los siete días, parecía que la fiesta había concluido y que debía reanudarse la vida normal. Pero llegado el día después del sábado del séptimo día, una asamblea solemne debía ser convocada y nuevos sacrificios debían ser ofrecidos: era el día de la gran fiesta.
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El oportuno socorro
El socorro divino está constantemente a nuestra disposición. No es intermitente ni parcial.
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El orden de los sacrificios
¿Por qué se nos presenta primero el holocausto, mientras que, naturalmente, nosotros habríamos puesto el sacrificio por el pecado y por la culpa en primer lugar? Cuando Dios nos revela su pensamiento, procede desde el interior hacia el exterior.
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El orgullo de la vida
El deseo de los ojos nos conduce a atraer a nosotros el objeto codiciado. El deseo de la carne nos impulsa a satisfacer los deseos inmorales de nuestra mala naturaleza. El orgullo, en cambio, nos conduce a elevarnos por encima de los demás.
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El orgullo de lo que uno es
Es “la condenación del diablo” (1 Timoteo 3:6) tal como nos la describe Isaías 14:13-14. “Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono… seré semejante al Altísimo”.
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El orgullo de lo que uno ha hecho
Cuán fácilmente puede uno envanecerse de lo que ha hecho. El rey Uzías había manifestado notables cualidades. Todo lo había previsto para el desarrollo económico y la protección de su pueblo. “Su fama se extendió lejos, porque fue ayudado maravillosamente, hasta hacerse poderoso. Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina” (2 Crónicas 26:15-16).
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El orgullo de lo que uno posee
El orgullo se desliza también en lo que uno posee. Tal fue el caso del rico en Lucas 12, quien llenó sus graneros y aseguró a su alma que tenía muchos bienes para muchos años (v. 13-21).
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El orgullo quiere tener el primer lugar
El orgullo quiere también colocarse por encima de los demás. El apóstol advierte que no tenga uno “más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Romanos 12:3).
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El padre
El llamamiento de Dios no se dirigía a Taré. Sin duda era duro dejar solo a su anciano padre en Ur. Pero la fe habría podido contar con Dios para ocuparse de él, posiblemente por medio de Nacor su segundo hijo; así lo ha hecho Dios desde entonces con tantos otros que ha llamado lejos a su servicio.
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El Padre
Es esencialmente en el evangelio de Juan donde el Señor Jesús revela al Padre: El unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer (Juan 1:18).
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El Padre ama al Hijo
“Padre… me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Juan 17:24). Amor muy por encima de nosotros, fuera de nosotros, lazo eterno entre el Padre y el Hijo antes de toda creación, expresión de un profundo gozo (Proverbios 8:30), que solo él conoce plenamente.
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El pecado
Las hierbas amargas de la Pascua simbolizan la contrición del alma que siente la amargura de haber causado, con sus pecados, el sufrimiento de Cristo. En relación con la Cena, somos exhortados a juzgarnos a nosotros mismos. Pero aquí se trata de un ejercicio más profundo todavía. Para Israel, este ejercicio está predicho y detallado en Zacarías 12:10-14 e Isaías 53.
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El peso sobre Cristo
Qué poca importancia damos a los indescriptibles sufrimientos de nuestro Salvador para llevarnos a Dios: “… habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, (le convenía a Dios) perfeccionase
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El propiciatorio
En la Pascua, la sangre que estaba en las puertas era el fundamento de la salvación. Dios veía la sangre y podía salvar al pueblo. En el día de la expiación, la sangre llevada al santuario permitía a Dios mantener las relaciones con su pueblo. Pero la sangre de animales jamás podía quitar los pecados (Hebreos 10:1-4).
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El propiciatorio - Éxodo 25:17-21
El arca era un cofre y tenía una tapa llamada propiciatorio. El término hebreo traducido por propiciatorio deriva de “cubrir o cubierta”.
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El real sacerdocio
Estos capítulos del Levítico nos mostraron cómo los israelitas llevaban ofrendas a Dios. Ahora, los creyentes somos piedras vivas; somos edificados como casa espiritual, como sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.
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El recuerdo
Pero la Cena es más especialmente el recuerdo del Señor: Haced esto en memoria de mí.
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El Rey
El Salmo 2 había hablado del rey ungido en Sion, contra el cual los reyes de la tierra y los príncipes consultaban unidos (v. 2). Jesús testifica la buena confesión de ello ante Poncio Pilato, quien le dice: “¿Luego, eres tú rey?” Jesús le responde: “Tú dices que yo soy rey” (Juan 18:37).
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El rey de los judíos
Para la Iglesia, la Esposa, Él es el Señor. Para Israel, Él es el Rey. Es conveniente no confundir los dos títulos, ni en nuestros cánticos, ni en nuestras oraciones.
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El Salvador
Los primeros cristianos tenían una señal de reunión: ICHTHUS, en griego «pescado», cuyas letras significaban: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. Se encuentra esta «contraseña» en las catacumbas especialmente; ella resume bien, en pocas letras, lo que Jesús era para ellos.
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