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La justicia y la paz se besaron (Salmo 85:10)

Ciertamente, habrá un tiempo glorioso aquí en la tierra. Y cuando oímos, ahora, el gemir de la creación; cuando vemos el dolor y la miseria enseñoreándose de la tierra; cuando percibimos cómo reina la iniquidad; cuando experimentamos el poco conocimiento que hay de Dios; cuando oímos blasfemar su santo Nombre, entonces anhelamos el momento que dará principio a este glorioso reino de paz.

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La justificación

El hecho es que Dios solo puede obrar justamente en consonancia con su justicia. El hombre estaría perdido, sin posibilidad de salvación, si el Señor Jesús no hubiera cumplido la obra de redención en el Gólgota. El amor de Dios quería salvar de la condenación eterna al pecador, pero esto no era posible porque la justicia requería el castigo del pecador.

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La justificación de vida

Hasta ahora hemos visto la justificación en relación con nuestros pecados (los actos cometidos). Otro aspecto de este tema es el que se refiere a “la justificación de vida” (Romanos 5:18) en relación con el pecado, es decir, con la raíz del mal en nosotros.

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La justificación por medio de la fe

La fe es el eslabón que nos une al Señor Jesús y que nos hace partícipes de las bendiciones que su muerte proporciona. La fe, pues, es necesaria; únicamente los creyentes son justificados. En ese sentido, somos “justificados… por la fe” (Romanos 5:1).

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La justificación por medio de la sangre

La justicia de Dios así manifestada se despliega para “todos” los hombres. La gracia de Dios es ofrecida a todos. Es uno de sus aspectos maravillosos. Ella pone a todos los hombres en el mismo nivel, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23).

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La liberación

¡Soy salvo de este cuerpo de muerte! Mi pecado ha sido juzgado en la cruz, en Cristo (Romanos 8:3). Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí (Gálatas 2:20).

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La liberación del dominio de Satanás

Satanás es el jefe de este mundo. Para él, todos los medios son buenos para reinar sobre el hombre. Utiliza tanto las obligaciones religiosas como las mundanas detrás de las cuales se esconde. “No manejes, ni gustes, ni aun toques” (Colosenses 2:21) o, por el contrario, siguiendo “la corriente de este mundo” (Efesios 2:2; véase también Colosenses 2:8).

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La liberación respecto de la ley y del mundo

La obra redentora de Cristo es presentada igualmente en la epístola a los Gálatas: Cristo nos redimió de la maldición de la ley (Gálatas 3:13).

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La luna y el lago

Permítame, para concluir, que me valga de otro ejemplo. En una hermosa noche de luna llena, dos hombres están mirando atentamente una laguna en cuyas aguas se ve reflejada la luna. Uno de ellos le dice a su amigo: –¡Qué brillante y redonda está la luna esta noche! ¡Qué silenciosa y majestuosamente sigue su curso!

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La maldición de la tierra es quitada

Cuando Adán pecó, la tierra fue maldita por causa de él. En lo sucesivo, la tierra produjo espinos y cardos, y con el sudor de su rostro el hombre debió comer su pan. También los animales fueron colocados bajo esta maldición (Génesis 3:14-19).

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La Mesa del Señor

En Malaquías 1:7, como también en Ezequiel 41:22, el altar donde se colocaba el sacrificio de acción de gracias se llamaba la “Mesa de Jehová”. Por ambas citas vemos que “mesa” y “altar” indican la misma cosa. La expresión “altar” alude más bien a la ofrenda que se colocaba en él, mientras que la palabra “mesa” se relaciona con la comida y con la comunión ligada a ella.

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La muerte del Señor

¿Quién puede entender el significado de estas palabras? Él, el Señor, entraba en la muerte. ¡Qué amor, qué gracia y misericordia, qué designios de Dios! ¡El Príncipe de la vida, la Fuente de la vida, murió y fue enterrado! ¡Qué prueba más grande de que él tomó perfectamente nuestro lugar! No solamente llevó nuestros pecados en su cuerpo, sino que fue hecho pecado.

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La naturaleza del hombre

En Juan 2:23-25 encontramos el juicio del Señor sobre el hombre. No tenía que vérselas con unos impíos que le rechazaban en abierta enemistad. Lo reconocían, pues a través de sus milagros quedaban convencidos de que él era el Mesías. Ellos creían en su nombre.

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La necesidad de reconciliación

La ruptura era total entre Dios y el hombre pecador. ¿Cómo restablecer la relación? El Evangelio responde: por medio de la reconciliación. Pero ¿quién debe ser reconciliado? Por cierto el hombre, puesto que su voluntad se opone a Dios. La Escritura no habla de que Dios deba reconciliarse, pues él es amor y no cambia. Nada puede detener su designio de amor, ni siquiera el pecado del hombre.

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La necesidad del nuevo nacimiento

Nicodemo formaba parte de aquellos que estaban convencidos de que Jesús era un maestro venido de Dios. Mientras algunos se contentaban con creer superficialmente, él dio un paso más y mostró su inquietud al procurar informarse personalmente mediante la enseñanza del Señor (Juan 2:23-25 y 3:1-2). Nicodemo era un jefe de los judíos, un “maestro de Israel”.

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La nueva Jerusalén

No obstante, la participación en la gloria de Cristo no es nuestra posición y gloria verdaderas. Sí, vendremos con Cristo a la tierra, pero nuestra morada verdadera está en el cielo. Entonces somos “el pueblo de los santos del Altísimo” (Daniel 7:27). El sueño de Jacob (Génesis 28:12; Juan 1:51) se ha cumplido. Hay una comunicación continua entre cielo y tierra.

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La oración es señal del nuevo nacimiento

“Orar” no es lo mismo que rezar. Diariamente se dicen miles de rezos. El Señor Jesús dijo: “No uséis vanas repeticiones” (Mateo 6:7); además advierte a los fariseos sobre la actitud de los escribas que “por pretexto hacen largas oraciones” (Marcos 12:40).

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La Palabra como medio de purificación

La Palabra de Dios también es el único medio por el cual podemos ser limpiados y santificados. “Así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:25-27). “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17).

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La Palabra de Dios es nuestra guía

¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra. (Salmo 119:9). “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”. “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:11, 105).

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La Palabra de Dios no predestina para condenación

En las Escrituras no hay ni una sola evidencia a favor de la idea de que Dios haya decretado previamente la condenación de alguna persona, de que haya designado a determinadas personas para que se pierdan eternamente. Al contrario, eso contradice lo que Dios ha revelado de sí mismo en su Palabra.

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La Palabra es nuestra arma

La espada del Espíritu, que es la palabra de Dios (Efesios 6:17).

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La parte de la Iglesia

Hemos visto, en uno de los capítulos anteriores, que entonces la Iglesia no estará ya en la tierra. Antes de que sobrevengan los juicios de Dios sobre el mundo seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire para estar siempre con él (1 Tesalonicenses 4). Pero eso no significa que no tengamos parte en la gloria del milenio.

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La parte del vencedor

El que tuviere ahora sed recibirá, entonces, de la fuente, el agua de vida. Y no solamente recibirá el agua de vida, sino que Dios mismo será su refrigerio.

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La posesión del país

De Hechos 13:18-22 obtenemos el siguiente cálculo:  

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