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La Cena del Señor es la expresión de la unidad del cuerpo de Cristo

Hemos visto que la unidad del cuerpo de Cristo se forma mediante el bautismo del Espíritu Santo (1 Corintios 12:13), así que no es por la participación en la Cena del Señor. Si así fuera, la Asamblea solo estaría formada por los que participan en la Cena del Señor, lo cual estaría en total contradicción con la enseñanza general de la Palabra.

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La comunión de la sangre y del cuerpo de Cristo

Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? (1 Corintios 10:15-16).

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La conciencia

Dios ha dado a cada hombre una conciencia (Romanos 2:15) que le acusa de cosas malas que comete. La conciencia no destaca todo lo malo debido a que se ve influenciada y formada por el ambiente, pero siempre habla cuando alguien hace algo que se considera malo en el entorno en el cual él ha sido criado.

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La condenación de la fuente del pecado, nuestra mala naturaleza

De esto se desprende que no basta tener el perdón de los pecados. Si el Señor Jesús llevó todos mis pecados en la cruz, ciertamente ya no seré juzgado por ellos. Sin embargo, si él no hubiese hecho otra cosa más por mí, estaría perdido eternamente.

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La condición del hombre

En mi carta anterior señalé, según el primer capítulo de la epístola a los Romanos, el hecho de que todos los hombres han pecado y por eso son culpables ante Dios. Pero también que todo el que acepta al Señor Jesús recibe el perdón de sus pecados y, aun más, Dios lo justifica.

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La creación

Según Génesis 12:4, Abraham tenía 75 años de edad cuando recibió la promesa y salió de Harán para ir a Palestina. En Gálatas 3:17, el apóstol dice que la ley fue dada 430 años después. Entonces, desde el nacimiento de Abraham hasta la ley son 505 años.

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La cruz de Cristo

Cuando Jesús fue crucificado, Dios miró con ira a este mundo. ¿Cómo podía ser de otra manera, viendo el desprecio y el ultraje desplegados contra su Hijo? Sin embargo, Dios podía mirar con amor y perfecto agrado al Señor Jesús que murió en la cruz por cada uno de nosotros.

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La decadencia

Las siete cartas pueden dividirse en dos grupos. En las tres primeras se dice previamente “el que tiene oído, oiga”, y a continuación viene la promesa “al que venciere”. En cuanto a las cuatro cartas siguientes, este orden es invertido.

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La decadencia de la Iglesia

En las epístolas o cartas escritas por los apóstoles encontramos la misma advertencia. Por muy glorioso que fuese el principio de la Iglesia, el mal se manifestó pronto y no hay ninguna duda de que seguirá en aumento.

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La decadencia y el juicio

El templo fue terminado en el año 1005 antes de Cristo. En el año 445 a.C. Nehemías fue a Jerusalén para reedificar la ciudad (Daniel 9:25; Nehemías 2:5-8). Son entonces 560 años.

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La dependencia del Señor

Hemos visto que los siervos del Señor son llamados por él mismo según su propia voluntad y que solamente él los envía. ¡Pero eso no es lo único! El servicio mismo tiene que ser desempeñado en dependencia del Señor.

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La distinción entre la Iglesia e Israel

En las páginas anteriores hemos indicado ya la diferencia que existe entre Israel y la Iglesia en sus relaciones con Dios, quien se reveló al pueblo israelita bajo el nombre de Jehová, mientras que la Iglesia o Asamblea lo conoce como Padre.

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La experiencia práctica

Entonces, ¿cómo es posible que tantos creyentes giman bajo el poder del pecado, como lo escribí al principio de esta carta? Todo creyente conoce o ha conocido por experiencia propia este estado y la lucha asociada con él. Eso no quiere decir que esta lucha deba alargarse a través de toda la vida del creyente, como a menudo se dice. Gracias a Dios no es así.

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La gracia, no solo para los judíos

En los primeros ocho capítulos de la epístola a los Romanos encontramos descrita la condición del hombre y la respuesta de Dios. El hombre está perdido y sin ninguna esperanza:

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La historia de la Iglesia

En los capítulos 2 y 3 del libro del Apocalipsis tenemos una descripción profética de la historia de la Iglesia. No como los hombres la ven y la juzgan, sino como la ve el que tiene “sus ojos como llama de fuego”. El mismo Señor Jesús. Más tarde hablaremos de esto con más detenimiento.

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La historia profética del Imperio romano

Aunque aquel que conoce la historia de los primeros reinos contempla admirado la precisión de las profecías de Dios al leer capítulos como Daniel 8-10 y 11, ahora no queremos tratar esto, sino solamente averiguar la historia del cuarto reino.

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La Iglesia en la eternidad

Entonces la Iglesia hará ya mucho tiempo que mora en la casa del Padre, en la gloria eterna. En Apocalipsis 19 encontramos las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y aunque ello haya tenido lugar más de mil años antes, su belleza y su devoción no habrán cambiado, sino que permanecerá

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La institución de la Cena del Señor

Mateo 26, Marcos 14 y Lucas 22 nos describen la Cena del Señor. Las dos primeras citas nos muestran que fue establecida inmediatamente después de que el Señor hablara de la traición de Judas y después de que este saliera.

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La justicia de Dios

Dios no es ningún juez terrenal con corazón blando, de quien se puede ganar la simpatía para recibir un castigo menos riguroso, pues el amor y la gracia de Dios jamás pueden actuar en contradicción con su justicia.

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La justicia reinará

¡Qué alivio habrá para los hombres que entren en este reino! Abundancia será la parte de cada uno. Entonces no será necesario decir a los patronos: “He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos”.

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La justicia y la paz se besaron (Salmo 85:10)

Ciertamente, habrá un tiempo glorioso aquí en la tierra. Y cuando oímos, ahora, el gemir de la creación; cuando vemos el dolor y la miseria enseñoreándose de la tierra; cuando percibimos cómo reina la iniquidad; cuando experimentamos el poco conocimiento que hay de Dios; cuando oímos blasfemar su santo Nombre, entonces anhelamos el momento que dará principio a este glorioso reino de paz.

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La justificación

El hecho es que Dios solo puede obrar justamente en consonancia con su justicia. El hombre estaría perdido, sin posibilidad de salvación, si el Señor Jesús no hubiera cumplido la obra de redención en el Gólgota. El amor de Dios quería salvar de la condenación eterna al pecador, pero esto no era posible porque la justicia requería el castigo del pecador.

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La liberación

¡Soy salvo de este cuerpo de muerte! Mi pecado ha sido juzgado en la cruz, en Cristo (Romanos 8:3). Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí (Gálatas 2:20).

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La maldición de la tierra es quitada

Cuando Adán pecó, la tierra fue maldita por causa de él. En lo sucesivo, la tierra produjo espinos y cardos, y con el sudor de su rostro el hombre debió comer su pan. También los animales fueron colocados bajo esta maldición (Génesis 3:14-19).

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