La casa de oro
La casa de oro

J. Rouw - 2012

¿De qué servía la descripción detallada del Tabernáculo con todas esas medidas, pesos y materiales?, ¿valía la pena dedicar a este asunto tantos capítulos de la Biblia? Esta casa refleja los pensamientos de Dios; trata sobre la gloria del cielo, la ciudad de oro, la nueva Jerusalén. El Nuevo Testamento, en Hebreos 9:23 y 24, dice cosas del Tabernáculo, la Casa de oro, son figuras de las cosas celestiales. Y ¿cuál es el centro del cielo? Toda la riqueza y gloria están reunidas en una maravillosa Persona: El Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo.

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La casa de oro ¡Bienvenido!

Estábamos afuera, lejos de Dios.
Éramos pecadores, enemigos.
Teníamos una gran deuda y hubiéramos merecido quedar siempre afuera, en la miseria, en las tinieblas, en la noche eterna. Pero hemos entrado por la puerta abierta, y esta puerta es el Señor Jesús.
Junto al altar vimos el amor de Dios por nosotros, quien tuvo que sacrificar a su único Hijo en una cruz. Allí encontramos el perdón y la paz con Dios.
Así, pasando por la fuente, entramos en la casa de oro.
Esta casa nos dejó impresionados; fue mucho más de lo que habíamos imaginado. Vimos las riquezas del Señor Jesús en el candelero, la mesa y el altar de oro.
A través del velo llegamos a la luz celestial que rodea el trono de Dios.
Allí está nuestro hogar. Allí es donde Dios quiere que estén los pecadores salvados.
Pero, ¿es un sueño? No, ¡es una realidad!
Ahora lo vemos por fe, pero pronto lo veremos con nuestros ojos.

¡Qué amor de Dios!
¡Qué grande es su gracia!
¡Qué maravillosa es la Persona que hizo todo esto, el Hijo de Dios!
¿Quién podría parecerse a Él…?

“El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve” (Apocalipsis 22:20).
Cuando Él haya venido a llevar a los suyos a su hogar, el cántico eterno de los innumerables redimidos resonará en el cielo. Será un coro potente cantado por voces perfectas acompañadas por arpas:
“Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a Él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Apocalipsis 1:5-6).
¿Usted también estará allí?
¿Usted también irá cuando Él venga a buscar a los suyos para llevarlos a su casa de oro? ¡Qué maravilloso es estar viajando con destino al cielo!
Si acepta al Señor Jesús como su Salvador personal, usted también puede ir. ¡Dios le da la bienvenida!

A Dios sea la gloria, al mundo Él dio
Al Hijo bendito que por nos murió;
Expió los pecados de quien en Él cree,
Abriónos la senda hacia Dios por la fe. 

La sangre de Cristo la obra efectuó,
La vida, justicia y perdón alcanzó;
Si en Cristo confía el más vil pecador,
De eterna salud Dios le otorga el favor.

¡Gloria a Dios, gloria a Dios! 
Que de tal modo amó
Al que lejos de Él en pecado se halló;
Venid por el Hijo al gran Dios Salvador
Y dadle la gloria por tan grande amor.