El altar del holocausto
Ahí viene un hombre, alguien del pueblo, un israelita.
Se ve que se siente molesto; está inquieto.
Trae una oveja atada con una cuerda.
¿Cuál es el motivo? Está angustiado; tiene miedo de Dios.
Pecó, y por eso su conciencia le está hablando.
Sabe que el Dios santo vive allí, en esa casa de oro.
Entonces, ¿tiene que huir, lejos de Dios, en dirección opuesta?
No, no se puede huir de Dios. Y al pensar en ese Dios justo empieza a temblar.
El atrio
El hombre sigue su camino recorriendo todo el lado norte de la pared de cortinas blancas.
Esa pureza habla a su conciencia.
Llega al lado oriental y allí ve la puerta abierta de par en par.
No vacila más y entra.
Ahí está, en el amplio atrio.
En frente de él se alza esa hermosa casa, la casa de Dios. La altura es impresionante: 10 codos (5 m.). El sol brilla sobre la arena del atrio.
El hombre siente que está en la luz de Dios. Siente que Dios está mirando a través de sus ropas, dentro de su corazón, y conoce todo lo que hay en él.
Un sacerdote se le acerca.
«¿Qué le sucede?», le pregunta el sacerdote.
El hombre tartamudea: «Yo… yo he pecado… y… Dios tiene que castigarme…».
«Sí», dice el sacerdote, «entonces tiene que venir aquí». Dios preparó todo esto precisamente para los pecadores; no para hombres que se creen buenas personas.
El altar y el sacrificio
«Venga conmigo», le dice, y luego se ubican frente al primer objeto del tabernáculo, el gran altar de bronce, de los holocaustos.
La palabra “altar” quiere decir «lugar donde se ofrecen y se queman los sacrificios». ¡Cuántos animales han sido matados y quemados allí!
A través de toda la Biblia se nos explica cuál es el significado del altar y del sacrificio: hablan de Cristo y su obra de reconciliación en la cruz. Este es el centro de todos los pensamientos de Dios, y la única base para la salvación de los pecadores. Tanto el altar como los millares de sacrificios, ofrecidos en el transcurso de los siglos, dan una impresionante imagen del sacrificio perfecto de Cristo y de su obra de salvación en la cruz.
Desde la eternidad y hasta la eternidad la cruz del Salvador es el punto central del cielo y de la tierra.
El plan de Dios
Dios sabía de antemano lo que habría de sucederle a la creación.
Él conocía los propósitos del diablo, quien quiere destruir todo lo que es de Dios; destruir tanto la creación como cada vida humana, y arrastrarla a la perdición eterna.
Ya mucho antes, desde la eternidad, Dios tenía en su corazón un plan para salvar a los hombres. Sólo DIOS podía idear esto.
Él es el Dios SANTO, quien no puede dejar sin castigo el pecado, ni pasarlo por alto. Dios es LUZ (1 Juan 1:5). Él debe juzgar y castigar al hombre con justicia. Pero si hiciera esto, ¿cómo demostraría entonces su amor?
Dios es AMOR
(1 Juan 4:8 y 16).
Entonces Él trazó este plan: El mismo Hijo de Dios vendría a la tierra y se haría Hombre para morir en lugar de los pecadores…
Cada altar, cada víctima sacrificada en todo el Antiguo Testamento hacía referencia al Hijo muy amado de Dios, el cual vendría una vez a la tierra para sufrir y morir en esa horrible cruz.
Morir en lugar de...
«Veo que trajo una víctima», le dice el sacerdote al hombre con la oveja.
«Sí, sabía que debía traerla. ¿Este animal debe morir de verdad?».
«Así es, porque “sin derramamiento de sangre no se hace remisión”» (Hebreos 9:22).
«¡Pero este animal es inocente! Y mis hijos lo quieren tanto… Esta oveja no hizo ningún mal, ¿verdad?».
«Correcto. Pero un culpable nunca puede ocupar el lugar de otro culpable.
Por su pecado usted perdió el derecho a su vida. Ahora usted debe morir o, si no, un sustituto inocente debe ocupar su lugar.
Ahora ponga su mano sobre la cabeza de este cordero.
Así reconoce que usted es culpable, y el cordero inocente. Dios ve este acto como una identificación del culpable con el cordero. Así el cordero se hace culpable. Muerto el cordero, usted queda libre e inocente, tal como él era antes».
Silenciosamente, el hombre pone su mano en la cabeza del cordero.
Algunas preparaciones más… el cuchillo… y la sangre del cordero fluye por la arena del desierto. ¡Es terrible verlo!
Sin embargo, con un profundo suspiro, y alzando un momento los ojos al cielo, el hombre siente como si una gran carga cayera de sus hombros…
El cordero murió en su lugar.
“Y será perdonado” (Levítico 4).
«Oh Dios, ¡gracias!».
En la vergonzosa cruz
padeció por mí Jesús;
Por la sangre que vertió
mis pecados Él expió.
Lavará de todo mal
ese puro manantial,
El que abrió, por mí, Jesús,
en la vergonzosa cruz.
Sí, fue por mí, ¡Sí, fue por mí!
Sí, por mí murió Jesús
en la vergonzosa cruz.
¿Y usted?
Permítame preguntarle: ¿ya ha estado mentalmente aquí, al pie de la cruz?
Él, el Santo, el Inocente, sufrió indescriptiblemente; murió por usted… Eso fue lo que sufrió Cristo como sustituto. ¿Sustituto de quién?
No en lugar de todos los hombres.
Hay miles que son indiferentes a esta cruz.
Siguen su vida como si nada, viven como quieren; en el pecado u honestamente, pero sin ese Alguien que murió por ellos… hasta que mueren y se pierden eternamente.
Otros miran fascinados y se conmueven… pero nunca han ido conscientemente hasta Dios como pecadores, como aquel israelita.
Cristo murió por todos los que pusieron la mano sobre ese Cordero, el Cordero de Dios. Usted también puede hacer eso. Puede juntar las manos y decir en voz baja al que estuvo en la cruz: «Yo he pecado; yo merecía aquello. Señor Jesús, Tú moriste en mi lugar».
Sí, alce esas manos unidas al cielo, y diga: «Gracias Dios, Padre; yo creo, confío en la obra que tu Hijo cumplió en la cruz. Gracias Señor Jesús».
En ese momento Dios ha expiado toda su culpa por la sangre de Cristo.
Y usted está libre, ¡libre para siempre!
En una cruz mi Salvador
Su sangre derramó
Por este pobre pecador,
A quien así salvó.
En la cruz, en la cruz, do primero vi la luz,
Y las manchas de mi alma yo lavé;
Fue allí, por la fe, do vi a Jesús,
Y siempre feliz con Él seré.
Las dimensiones del altar de bronce
El sacerdote toma el cordero y lo lleva al altar.
Es entonces cuando el hombre mira bien el altar.
¡Qué grande es ese altar! Tiene cinco codos de ancho y cinco de largo; seguro que no se trata de una casualidad.
En la Biblia, el cinco es el número de la responsabilidad. La ley tiene cinco mandamientos para el hombre en relación con Dios, y cinco en relación con el prójimo (Éxodo 20).
Tenemos cinco dedos en cada mano y cinco en cada pie.
¿Qué he hecho yo con mis manos? ¿Solamente lo bueno? ¿Siempre?
Soy responsable de mi conducta ante Dios.
¿A qué lugares nos han llevado nuestros pies? ¿Sólo a donde Dios nos quería enviar?
Tenemos cinco sentidos. ¿Hemos servido a Dios con ellos?
Hemos fallado en todas nuestras responsabilidades para con Dios. Somos culpables en todo mandamiento, con cada mano y cada pie.
Nadie ha satisfecho las exigencias de Dios. No hemos quebrantado algunas, sino todas sus leyes, aunque sólo fuera en nuestros pensamientos.
El que es consiente de esto puede acudir al altar de Dios, a la cruz.
Ahí está el único que en su vida terrenal obedeció todos los mandamientos, Jesucristo, el Hombre perfecto. Por tanto, Él era el único que podía cumplir la obra de expiación y ofrecer el sacrificio a Dios.
El altar tenía cuatro lados, así como existen cuatro estaciones (Génesis 8:22), cuatro puntos cardinales o “confines de la tierra” (Isaías 11:12).
En la Biblia, cuatro es el número de la tierra.
Hemos visto cuatro colores en la puerta, así como también hay cuatro evangelios que nos hablan del Salvador del mundo, el que vino a la tierra por todos.
Él fue ofrecido “en rescate por todos”, es decir, a favor de todos (1 Timoteo 2:6).
Todo aquel que quiere puede ser salvo.
¿Quieres ser salvo de toda maldad?
Tan sólo hay poder en mi Jesús.
¿Quieres vivir y gozar santidad?
Tan sólo hay poder en la cruz.
¿Quieres ser puro, aceptable al Señor?
Tan sólo hay poder en mi Jesús,
¿Quieres servir a Cristo, el Dios de amor?
Tan sólo hay poder en la cruz.
La altura del altar era de tres codos.
Sabemos que la Deidad está compuesta por tres Personas: Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Tienen estas tres Personas algo que ver con el altar, con la obra de la expiación? Sí, ¡todo!, porque la Deidad entera se puso en acción cuando se trataba de salvar a los hombres:
– el Padre dio a su Hijo (Juan 3:16),
– el Hijo se dio a sí mismo (Gálatas 2:20),
– Él se ofreció mediante el Espíritu eterno (Hebreos 9:14).
En esta última cita las tres Personas están mencionadas en un solo versículo: Cristo, el HIJO; Él se ofreció sin mancha a Dios, el PADRE, mediante el ESPÍRITU eterno.
La madera, el material del altar
El altar debía hacerse de madera de acacia, procedente de un árbol que crecía en el desierto, la acacia arábiga.
El Señor Jesús subió delante de Dios como un renuevo, como una raíz de tierra seca (Isaías 11:1 y 53:2). En el simbolismo de esta madera vemos representada su humanidad. La madera crece de la tierra.
Leemos de Él que nació de mujer (Gálatas 4). En Isaías 4:2 se le llama “el fruto de la tierra”.
Por cierto, el Hijo de Dios, Jesucristo, era el Dios verdadero y la vida eterna (véase 1 Juan 5:20). Nunca debemos olvidar esto; Él siempre será el mismo. Pero Él, que era y es el Dios eterno, vino a la tierra en profundo amor y gracia, y se hizo verdadero Hombre.
¿Por qué Él, el Creador Todopoderoso, se humilló tan profundamente?
Para hacer posible que padeciese y muriese, así dice Hebreos 2:17 y 14.
Como Dios no hubiera podido morir, eso era imposible, pero participó “de carne y sangre”; se hizo “en todo semejante a sus hermanos… para expiar los pecados del pueblo”. Debía hacerse Hombre para que pudiese sufrir por nosotros el juicio de Dios.
Él fue crucificado en debilidad (2 Corintios 13:4); de esto nos habla la madera del altar.
El bronce
El altar brilla al sol: la madera del altar estaba recubierta de bronce.
El bronce es figura de fuerza. Véase por ejemplo Job 40:18. Más aún, una fuerza que puede soportar el fuego del juicio de Dios. Esto se demuestra en Números 16, en donde leemos sobre un alboroto. Había 250 hombres que querían ofrecer incienso indebidamente. Todos estos rebeldes fueron consumidos por el fuego del juicio de Dios (v. 35-39).
Pero ahora observe lo curioso: los incensarios de bronce, que llevaban en sus manos, pasaron por el mismo fuego, pero no se consumieron. Los 250 hombres yacían muertos, fulminados, pero a los incensarios no les había pasado nada. En ellos había una fuerza que podía someterse al fuego del juicio de Dios y, sin embargo, soportarlo. Y el altar estaba cubierto de aquel bronce de los incensarios (Números 16:39).
¿Quién tenía fuerza para someterse al juicio de Dios?
Ningún hombre, ningún ángel. Sólo el Justo, el santo Hijo de Dios.
¡Qué persona! ¡Qué Salvador!
La madera lo simbolizaba como Hombre, y el bronce como Dios.
Sólo Él pudo ofrecer el sacrificio y efectuar la gran obra de redención esperada durante 40 siglos y suficiente para traer hombres perdidos a Dios. Sí, para limpiar y restaurar toda la creación.
Hace unos años la ciencia hizo un descubrimiento. Una puerta de madera, recubierta de cobre, cerrada herméticamente, resistió completamente al fuego. La puerta fue enviada al cuerpo de bomberos de Londres, que la sometió a pruebas. Pudo resistirlas todas y recibió el certificado: «A prueba de fuego». Aquí se ve la exactitud de la Biblia, que se adelanta a la ciencia.
La rejilla, el fuego y los cuernos del altar
El fuego arde en el altar. A media altura del altar hay una rejilla sobre la cual se ponía la leña. Ahí ardía el fuego, encendido por Dios mismo (Levítico 9:24).
El hombre se asusta otra vez cuando el sacerdote pone el cordero en el fuego.
¡Qué hoguera! “Dios es fuego consumidor”, leemos en Hebreos 12:29.
Conmovido, el israelita ve el cordero en estas llamas. El cordero es su sustituto…
Yo merecía el juicio, pero Cristo fue clavado en la cruz bajo la cólera de Dios. ¡Fue horrible para Él!
Él fue hecho pecado “para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2 Corintios 5:21).
Durante aquellas tres horas de terrible oscuridad, Él fue abandonado por Dios (Mateo 27:46).
Ante tal escena sólo cabe tener un agradecimiento y adoración silenciosos.
Al contemplar este amor y esta obra cumplida comprendemos mejor que no hay gracia posible para el que rechaza la cruz de Cristo; que al hombre que no quiere aceptar este sacrificio sólo le queda el lago de fuego eterno.
El hombre retrocede unos pasos… Entonces ve un espectáculo maravilloso: ese gran altar de bronce… llamas que sobresalen… el humo que sube al cielo… los cuatro cuernos en las esquinas del altar untadas con sangre que se extienden hacia el cielo…
Es como si el altar elevara sus manos hacia Dios…
¡Es como si el altar presentara el sacrificio a Dios!
Así el altar, donde se ofrecía la víctima, es una figura del Señor Jesucristo.
Del mismo modo que el altar ofrecía el sacrificio a Dios, Cristo se ofreció a sí mismo a Dios.
Esto dio valor a su sacrificio: Él mismo lo ofreció, esta Persona maravillosa.
Así es como hay que comprender Mateo 23:19: El altar es mayor que la ofrenda, porque el altar santifica la ofrenda.
Cristo es todo: altar y ofrenda. Él también es el Sacerdote que hace subir en las llamas la ofrenda a Dios: Él se ofreció a sí mismo.
La cruz no solamente es salvación para el pecador. Hay algo más alto y más maravilloso vinculado con la cruz: la consagración del Hijo al Padre.
El Hijo de Dios se dio a sí mismo por nosotros. Sí, pero ante todo se dio a sí mismo a Dios.
Dios había sido deshonrado por el pecado, y ahora Él quería honrar a Dios.
Él se entregó voluntariamente para glorificar a Dios hasta la muerte.
Cuando Dios, como DIOS, escondió su rostro del que fue hecho pecado, a la vez descansó la mirada de Dios el PADRE llena de amor sobre su Hijo. “Por eso me ama el Padre, porque Yo pongo mi vida”, dice Él mismo en Juan 10:17.
Nunca sentado
Un suspiro de alivio brota del corazón del israelita.
Todos sus pecados han sido quitados. ¡Ahora está libre!
Pero de repente se aferra al sacerdote: «¿Y si mañana vuelvo a pecar? ¿Qué hago?».
«Entonces tiene que volver con un animal: una cabra, una oveja o dos palomas».
«¿Y si la semana entrante otra vez…?».
«¡Entonces debe traer otra ofrenda! Nunca termino mi trabajo. ¿No se ha fijado que aquí no hay ninguna silla?
En el atrio no hay donde sentarse; incluso en la casa tampoco hay oportunidad para sentarse o descansar.
Nunca puedo sentarme. Nunca termino, nunca descanso».
Esto nos lo explica Hebreos 10:11, en donde leemos: “Todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios…”.
¿Por qué no podía sentarse en el tabernáculo, su propio campo de trabajo?
Porque vivía en el tiempo del Antiguo Testamento, o sea, antes de la cruz.
La gran obra de salvación aún no se había cumplido. Por eso todavía no había descanso.
Se llevaban innumerables animales y se sacrificaban. Un ejemplo: En 1 Reyes 8:63 leemos que 22.000 bueyes y 120.000 ovejas fueron sacrificados en la inauguración del Templo de Salomón.
Sin embargo, todas estas ofrendas no podían quitar los pecados. En Hebreos 10:4 leemos: “Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados”.
En el antiguo pacto sí se perdonaban pecados; lo acabamos de ver en el caso del israelita. En el Salmo 32 David exclama: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado”. Pero:
1. Era temporal, porque si se pecaba otra vez, se debía ofrecer un nuevo sacrificio;
2. Era sólo una figura del verdadero Cordero de Dios, que una vez sería sacrificado en la cruz (Romanos 3:25).
Siempre, sin cesar, debían sacrificarse nuevas ofrendas: nunca había descanso, por eso no había asiento en el tabernáculo.
¿Y el resultado? Siga leyendo en Hebreos 10:11: Todas estas ofrendas, ofrecidas “muchas veces”, nunca podían quitar definitivamente los pecados.
Una voz de júbilo
Ahora notamos el gran contraste con nuestro Señor y Salvador.
¡Pero Él…! “Pero Él, el Señor Jesús…”, dice el Nuevo Testamento.
“Pero Cristo…”, dice el apóstol después de la cruz.
Él se ofreció a sí mismo, obteniendo así una eterna redención (Hebreos 9:12).
Él “se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos 9:26).
Él “se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12).
Antes un sacerdote terrenal,
– Ahora el Sacerdote celestial.
Antes una ofrenda animal,
– Ahora el Cordero de Dios.
Antes muchas ofrendas,
– Ahora una sola Ofrenda.
Antes muchos sacrificios,
– Ahora un solo sacrificio.
Antes de pie,
– Ahora sentado.
Antes nunca concluido,
– Ahora consumado, terminado para siempre.
Antes perdón temporal,
– Ahora de una vez por todas.
Antes no se quitaban los pecados,
– Ahora purificados por su sacrificio.
El descanso perfecto
El Señor Jesús está sentado, está descansando. Él ha entrado en su reposo (Hebreos 4:10).
En la cruz, después de las tres horas de sufrimiento amargo, exclamó:
¡CONSUMADO ES!
Todo está hecho. No queda nada por hacer; sólo ir a Él. Presentarse como un pecador perdido, con franqueza, tal como uno es. Poner la mano en la ofrenda; reconocer su culpa, confesar los pecados. Esto es el arrepentimiento; a esto se le llama conversión. “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Crea en Él, confíe en Él.
Dele gracias por esta perfecta salvación.
La mirada de fe al que ha muerto en la cruz, Infalible la vida te da.
Mira pues, pecador, mira pronto a Jesús, y tu alma la vida hallará.
Ve, ve, ve a Jesús.
Que si miras con fe al que ha muerto en la cruz, Al momento la vida tendrás.
¿Sabe quién más descansa? Dios, el Padre.
Dios está completamente satisfecho y descansa en la obra hecha por el Hijo en la cruz.
Usted puede descansar en el mismo sacrificio en que Dios está descansando.
¡Oh, Padre, Qué belleza en tu Hijo se ve!
Belleza distinguida ahora por la fe;
Belleza que delante de tus ojos siempre está;
Belleza que incesante placer a Ti te da.
En Él también contemplas a Aquel que vino aquí;
Y por su acerba muerte honró tu trono allí,
Y con su propia sangre cumplió la expiación;
Que acrecentó tu gloria con nuestra salvación.
Cuando todos los redimidos estén arriba en el cielo, no se ocuparán de sí mismos. Más bien maravillados cantarán:
El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.
(Apocalipsis 5:12)