El altar del incienso
En el altar de oro del incienso no se ofrecían holocaustos como en el altar de bronce que estaba en el atrio. En éste sólo se podía quemar perfume aromático. Su agradable olor se elevaba hasta Dios.
El Salmo 141:2 y Apocalipsis 8:3 nos aclaran lo que representa este perfume: son las oraciones de los santos (los creyentes). Pero también, como en Hebreos 13:15, la gratitud, la alabanza y la adoración del pueblo de Dios.
Todo esto se eleva hasta Dios, pero se ofrece en el altar. Es como si el altar lo llevara a Dios. Así, Cristo lleva nuestras oraciones y nuestras acciones de gracias a Dios. ¿Serían agradables a Dios si vinieran de nosotros? No, pero Cristo las purifica y santifica.
Así, todo creyente puede acercarse como sacerdote a Dios, pero los hijos de Dios en colectividad, como sacerdocio santo, también pueden ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por Cristo Jesús (1 Pedro 2:5-10).
El descanso
El gorrión y la golondrina tienen sus nidos; lugares donde pueden reposar (Salmo 84:3). El salmista añade: Hay descanso “cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos, Rey mío, y Dios mío”.
La palabra “altares” está en plural, porque hay dos.
Primero, la persona debe encontrar descanso junto al altar de bronce del holocausto, en el atrio, es decir, debe encontrar el perdón en la cruz. Este es el principio de su vida en la fe.
Después encuentra descanso junto al altar de oro del incienso, por la oración y la adoración.
Eso es lo más sublime que el hombre puede hacer. Empieza aquí en la tierra y no terminará jamás. Ya podemos ofrecer alabanza y adorar, pero eso será lo que haremos en el cielo, por toda la eternidad (Apocalipsis 5).
El perfume
El perfume debía ser elaborado exactamente según las indicaciones divinas de Éxodo 30:34-38; era una mezcla de cuatro ingredientes.
Nadie debía imitarlo, ni olerlo.
El perfume era un secreto sólo para Dios. Del mismo modo, la plena delicia de la gloria del Hijo muy amado es exclusivamente para el Padre.
Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia
(Mateo 3:17).
En el altar del holocausto vemos la obra de redención que Cristo cumplió, y en el perfume vemos lo que Él es en sí. No se trata de lo que Él ha hecho o cumplido, por grande que sea esto, sino de lo que es en sí, pues una persona siempre tiene más valor que lo que haya hecho. Nos referimos a la grandeza, al maravilloso amor y a las demás glorias de Cristo.
Nosotros, como sacerdotes, ¿podemos ofrecer esto a Dios?
Sí, podemos hacerlo, diciendo al Padre lo que hemos visto y admirado en el Hijo. Podemos dejarnos llenar de lo que encontramos en el Señor Jesús, de lo que pudimos disfrutar en su Persona, y hablar de esto al Padre. Entonces tenemos comunión con el Padre y con el Hijo.
Naturalmente, sigue siendo cierto que nunca podremos agradecerle lo suficiente por la redención cumplida y las bendiciones que recibimos por ella. Pero el perfume, la adoración, es algo más: es gozarse con el Padre de lo que es el Hijo; su belleza, su amor, todas sus riquezas personales… Esto es perfume de olor grato para el Padre.
Hermano mío, hermana mía, usted ama al Señor Jesús. Cuando usted reflexiona en quién es el Señor Jesús, cuán grande es Él, cuán lleno de amor… entonces puede acercarse a Dios y decírselo; esto es adorar.
Es derramar el nardo de nuestra alma, como lo hizo María, de Betania, cuando ungió los pies de Jesús y la casa se llenó del olor del perfume (Juan 12).
Esto es ofrecer perfume de olor grato.
