La visión del conjunto

¡Vayamos a mirar! Desde lejos vemos solamente la valla de lino, de 100 codos de largo por 50 codos de ancho, la cortina está tendida entre sólidas columnas (Éxodo 27:9 y 12). Un codo hebreo medía aproximadamente 50 cm. Esto significa que el espacio cercado (el atrio) era de 50 por 25 metros.

Por encima de todo esto sobresale el techo de la casa propiamente dicha, que está dentro de la cerca, y que mide diez codos de altura.

Ese techo realmente no tiene hermosos colores. Es cierto, a primera vista no es muy atractivo.

¡Siempre es así con las cosas de Dios! El que todavía no ha entrado donde Dios vive no entiende nada de las cosas ni de las palabras de Dios. ¡Para él son locura! Esto también lo podemos leer en la Biblia (1 Corintios 1:18 y 23).

La gente tampoco encontró algo especial en el Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, cuando estuvo en la tierra. Todo les estaba velado; no había nada que fuese atractivo para ellos: 

No hay parecer en Él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos
(Isaías 53:2-3).

Cada creyente sabe por su propia experiencia que antes no había nada en Cristo que lo atrajese, pero desde que lo conoce siente que Él es cada vez más grande y glorioso.

Entrada prohibida

Cuando nos acercamos, ese vallado se vuelve impresionante. Está formado por cortinas blanquísimas, en contraste con las tiendas grisáceas de alrededor.

Dan inmediatamente una idea de la pureza y de la santidad que reinan adentro.

También es sorprendente su altura: miden 2 metros y medio. Esto quiere decir que nadie puede mirar por encima, pues Dios no se deja ver.

Es como si estas cortinas altas y blancas dijeran: «¡Entrada prohibida!».

Estamos tratando un asunto muy serio: normalmente el acceso a Dios está prohibido a toda persona.

Sólo hubo un Hombre tan blanco y puro interiormente como estas cortinas. Ese Hombre era Cristo. Él estaba limpio y era perfecto.

Si observa esas cortinas, ¿es usted igual de puro? ¿Puede compararse a una de ellas?

Mucha gente quiere seguir a Cristo, hermoso deseo, pero lo primero que Dios quiere enseñarnos por medio de esta casa, empezando por la valla, es que nosotros, que habitamos en las tiendas grisáceas en este sucio mundo, contrastamos mucho con Su pureza. No podemos ir a Dios así como somos, ni podemos colocarnos al lado de Cristo, ni seguirle.

Precisamente son su pureza y su perfección las que nos muestran lo sucios que estamos por dentro.

Todos los hombres estamos manchados, sucios por el pecado. “No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan… todo el mundo quede bajo el juicio de Dios… Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Véase Romanos 3:10-23).

Debemos empezar por reconocer esto.

¿Quiere ser sincero y reconocer su culpa para acercarse a Dios con su vida perdida, tal como es?

Si es así, ENTONCES, A PESAR DE TODO, Dios tiene una entrada para usted.

Al lado oriental del atrio de esta construcción hay una puerta para el pecador: ¡una puerta abierta!