El lugar santísimo
El arca
Por último podemos entrar en el lugar santísimo. ¿Qué había allí?
En ese recinto perfecto, simbolizado por la medida cúbica de 10 por 10 por 10 codos, todo era de oro. Detrás del último velo se encontraba el arca, el trono de Dios. Este era el lugar en donde Dios moraba.
El arca era un cofre de madera de acacia, recubierta de oro puro por dentro y por fuera.
Sobre el arca del pacto había una gran cubierta (tapa) de oro, el propiciatorio, de dos codos y medio por un codo y medio; y encima estaban dos querubines de oro.
Aquí moraba Dios y brillaba la luz de su gloria inaccesible.
Esa luz estaba rodeada de oscuras nubes, porque “no Me verá hombre, y vivirá” (Éxodo 33:20; Levítico 16:13).
Afortunadamente no vivimos bajo la ley, sino en el tiempo de la gracia (Romanos 6:14). Los que pertenecen a Cristo ahora pueden contemplar la gloria del Señor a cara descubierta (2 Corintios 3:18).
El contenido del arca
Si observamos lo que se guardaba dentro del arca, nos damos cuenta de que el arca también es una imagen de Cristo.
Era la ley de los diez mandamientos (Éxodo 25:16). Sólo Él pudo decir a Dios cuando estuvo en el mundo: “Tu ley está en medio de mi corazón” (Salmo 40:8).
Así, el Señor Jesús llevaba la ley de Dios en su corazón.
Además, en el arca estaba la vasija de oro que contenía el maná.
Cristo es el verdadero Maná, el alimento para la peregrinación, según Juan 6.
El lugar santísimo es una imagen del cielo; allí no necesitaremos más el maná.
Entonces, ¿por qué está ahí el maná? Porque allá arriba sólo es un recuerdo celestial del gozo que en Cristo ya tuvimos aquí en la tierra.
En tercer lugar, en el arca o cerca de ésta estaba la vara de almendro de Aarón que había florecido (Números 17). El almendro es el primer árbol que florece en primavera, y por eso habla de la nueva vida después de la muerte (del invierno). Por eso esta vara está relacionada con la resurrección, con Cristo como el Vencedor resucitado, el Sumo Sacerdote que vive.
El propiciatorio
Era de oro puro. Éste tapaba el arca. Allí estaba el trono de Dios.
Allí habitaba Él, el todopoderoso.
Este trono debería haber sido un trono de juicio, pues la ley, que Israel había quebrantado, estaba debajo. Dios moraba en medio de un pueblo pecador.
En realidad debería haber destruido, eliminado ese pueblo para siempre. Pero una vez al año el sumo sacerdote rociaba sangre allí. Esa sangre hablaba del Sacrificio perfecto, por eso este trono de juicio se convirtió en un trono de gracia (Romanos 3:25).
Los querubines
Los querubines son los seres creados más sublimes. Son los guardianes del trono de Dios.
Unos querubines con una espada desenvainada obstruían el camino al paraíso para Adán y Eva (Génesis 3:24), pero en el tabernáculo están relacionados con la gracia.
Sus alas estaban extendidas sobre el propiciatorio, y sus rostros estaban vueltos hacia abajo, como expresando admiración por la sangre que se rociaba allí (Levítico 16:15).
El trono
El gran Sumo Sacerdote, nuestro Señor Jesús, traspasó los cielos y presentó su sangre a Dios. Léase Hebreos 4:14-16 y 9:11-12.
Ahora en el cielo ya no hay un trono de juicio, sino un trono de gracia.
Bienaventurado el que AHORA se acerca a ese trono para recibir el perdón, o sea, para recibir gracia. El tiempo de gracia ha durado ya casi 2000 años, pero está llegando a su fin. Con la venida de Cristo comenzará el tiempo del juicio. Entonces habrá pasado el tiempo de la gracia, y ya no se podrá ser salvo.
Será demasiado tarde, y para todos los que no se arrepintieron, queda otro trono: el trono del juicio.
En Apocalipsis 20:11-15 vemos a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante el gran trono blanco; allí nadie será absuelto… Todos los que no hayan ido al trono de gracia estarán ante aquel trono majestuoso y terrible. Oirán su sentencia y tendrán que admitir: «Por mis pecados merecí este juicio; en la tierra no quise ser salvado. Ahora seré echado eternamente en el lago de fuego y azufre. No es culpa de Dios que yo me pierda. Él, lleno de amor, quería salvarme, pero yo no quise».
¡Qué remordimiento eterno tendrán! Llorarán y crujirán los dientes, diciendo: «Ojalá hubiese escuchado; estaba tan cerca… pero ahora estoy en las tinieblas de afuera para siempre».
Nuestra oración sincera, es más, el deseo sincero de Dios, es que usted que lee este librito sea feliz ¡desde ahora y para siempre!
