Capítulo 2
Nabucodonosor preocupado, no puede contar su sueño
¡Cuántas semejanzas hay entre el tiempo de Daniel y el de José! Dios habla a Nabucodonosor por medio de sueños como otrora al Faraón (Génesis 41). Y el intérprete que preparó para explicarlos también es un joven cautivo de la raza de Israel. Daniel fue escogido para revelar los secretos de Dios porque se había guardado de toda contaminación. De modo que el Señor se complacerá en instruirnos y en servirse de nosotros en la medida en que nos abstengamos de las impurezas del mundo.
Notemos cómo Daniel se mantiene apartado hasta que sea debidamente comprobada la incapacidad de los hombres para comprender los pensamientos de Dios. Los mismos caldeos afirman: “No hay hombre sobre la tierra que pueda declarar el asunto… salvo los dioses…” (v. 10-11; cap. 5:11). Solo pueden reconocer su ignorancia, como en otros tiempos los hechiceros de Egipto (Éxodo 8:19). ¡La conclusión de los caldeos debía haber humillado y confundido al orgulloso monarca! Al contrario, se pone muy furioso y manda matar a todos los sabios.
En oposición con esta actitud, el versículo 14 subraya la prudencia y el buen sentido de Daniel. Quiere tomarse el tiempo necesario para colocar todo ese asunto ante Dios.
Daniel ora y el sueño le es revelado – Historia de los imperios
Notemos el encadenamiento de los hechos: primero Daniel oró con sus amigos (v. 17-18). “Entonces el secreto fue revelado a Daniel en visión de noche, por lo cual bendijo Daniel al Dios del cielo” (v. 19). Exponer nuestras peticiones a Dios es nuestro primer deber (Filipenses 4:6). Pero Daniel también pone al corriente a sus tres compañeros a fin de aunar sus súplicas.
¡Qué privilegio compartir una dificultad con amigos cristianos y presentarla juntos al Señor! ¡Y qué eficacia tiene este privilegio, porque nos permite beneficiarnos con la formal promesa del Señor!
(Mateo 18:19).
Dios no puede quedar sordo a la súplica de esos hombres que le temen. Él revela el secreto a su siervo (Salmo 25:14). Quizás algún otro en seguida hubiese corrido a ver al rey. Pero para Daniel hay algo más urgente: agradecer a su Dios y alabarle (comp. Génesis 24:26). Solo después se hace llevar a la presencia de Nabucodonosor. Y todavía vemos brillar uno de los más hermosos rasgos de ese hombre de Dios: su humildad. Como José (Génesis 41:16), Daniel desea que la gloria sea solo de Dios (v. 30; cap. 1:17). Queridos creyentes, cuando el Señor se haya dignado tomarnos a su servicio, sepamos pasar inadvertidos para dejarle a él todo el mérito y todos los frutos.
La gran imagen descrita y explicada
En un impactante resumen se le presenta al rey la historia de las naciones por medio de esa extraña estatua de un hombre, constituida de la cabeza a los pies por diferentes metales. La cabeza de oro representa el primer imperio universal, el de Babilonia, después que Dios hubo retirado su trono de en medio de Israel. Brillante, pero de corta duración, esa monarquía dio lugar al reino medo-persa (el pecho de plata), al cual le sucedió a su turno el imperio griego de Alejandro (el vientre y los muslos de bronce). Finalmente, las piernas y los pies del personaje evocan un cuarto reino fuerte como el hierro, brutal y destructor, en el cual no es difícil reconocer al imperio romano. Su historia, desde las invasiones bárbaras –cuando terminó su primer período–, está actualmente interrumpida por lo que se ha llamado el paréntesis de la Iglesia. Pero, según la profecía, el imperio romano pronto debe reconstituirse por un breve tiempo. Habrá en él un elemento de debilidad figurado por la mezcla de barro cocido y de hierro (los diez reyes, distintos de la bestia romana; Apocalipsis 17:12) que lo hará vulnerable (v. 41-42).
Entonces la piedra cortada de la montaña, mas no con mano de hombre, es decir, la introducción del reino de Cristo, pondrá fin a la dominación del “hombre de la tierra” (Salmo 10:18) para la dicha de esta.
