Capítulo 4
La visión del gran árbol
Este capítulo reproduce sin comentario una proclama de Nabucodonosor. ¡A la verdad es un discurso muy diferente de los que pronuncian de costumbre los jefes de Estado! Se trata más bien de un testimonio dado ante todos los habitantes del mundo. En la medida que podamos, no temamos decir en voz muy alta lo que el Señor hizo por nosotros.
El rey empieza por recordar su antigua condición. Estaba tranquilo (v. 4), pero era una paz engañosa; era floreciente, mas la vida de un hombre no consiste en la abundancia de sus bienes (Lucas 12:15); todo lo que el Dios Altísimo había puesto en sus manos solo había servido para nutrir su soberbia y el contentamiento consigo mismo. Para arrancarlo de su falsa seguridad se le envió un sueño que felizmente termina por espantarlo y turbarlo (v. 5). ¡Saludable espanto! A menudo la inquietud es la primera señal del trabajo de Dios en una conciencia. Pero, una vez más, solamente después de haber agotado todos los recursos humanos –magos, astrólogos, caldeos y adivinos– y cuando su impotencia es manifestada (2 Timoteo 3:9), Nabucodonosor está dispuesto a aceptar la interpretación de Daniel. Discierne en él “el espíritu de los dioses santos” (v. 8, 18; comp. Génesis 41:38).
Solo el Espíritu de Dios puede explicar la palabra de Dios
(1 Corintios 2:11).
Daniel interpreta la visión
Se comprende la lucha interior que hay en el corazón de Daniel cuando descubre el significado del sueño. En semejantes circunstancias, decir la verdad lo expone a la muerte. Pero no flojea. El sentimiento de la misión que recibió de Dios le da la valentía necesaria para abrir ante los ojos del rey el libro de su porvenir, valentía que no excluye la sabiduría y la mansedumbre; sabe
hablar con un espíritu de gracia sazonada con sal
Colosenses 4:6).
¡El Señor nos aliente por medio del ejemplo de ese fiel siervo! Nosotros que sabemos por la Palabra cuál será la suerte eterna de los pecadores sin arrepentimiento, no escondamos ese terrible lado de la Verdad por miedo a desagradar a los hombres.
El gran árbol, figura del rey, también representa al mundo en general (véase Ezequiel 31:3-9). Soberbio y floreciente (v. 4), está organizado para satisfacer todas las necesidades y codicias de la humanidad. Su sombra protectora y sus variadas ramas ofrecen a cada uno su lugar y su alimento (v. 21). El mundo solo olvida una cosa: que “el Altísimo tiene dominio” (v. 25). Por eso el juicio va a caer sobre él, y Dios, mediante su Palabra, advierte a cada uno: “Tus pecados redime con justicia” (v. 27) y reconcíliate con Dios (comp. Isaías 58:6-7).
Nabucodonosor orgulloso, juzgado por Dios y luego restaurado
La paciencia de Dios otorgó doce meses al rey para romper con sus pecados (v. 27, 29). Lamentablemente, su secreta raíz, la soberbia, no hace más que crecer desmedidamente (cap. 5:20). Llega el día en que Nabucodonosor mismo da la señal de su desastre: pronuncia la insensata frase por medio de la cual tiende a hacerse igual a Dios (v. 30). No ha terminado de hablar cuando la sentencia divina cae del cielo como el rayo y lo que ella anuncia se cumple “en la misma hora”. El más grande personaje de la tierra pierde la razón y es rebajado al rango de una estúpida bestia. De hecho, la sumisión a la voluntad de Dios es la única cosa que eleva al hombre.
El rey se restablece tan pronto como aprende a alzar los ojos al cielo. El que desde lo alto de su palacio había pregonado el poder de su fuerza y la gloria de su majestad, de ahí en adelante proclama ante toda la tierra: “Alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo…”. ¡Qué cambio en el corazón de ese hombre: ayer un impío, hoy un adorador! Reconoce la legitimidad de la lección que aprendió. El Altísimo, quien eleva “al más bajo de los hombres” (v. 17 fin), es poderoso para “humillar a los que andan con soberbia” (v. 37; Lucas 18:14). A este relato puede servirle de conclusión el versículo 10 del Salmo 2: “¡Ahora, pues, oh reyes, obrad con cordura!” (V. M.)
