Capítulo 5
La blasfemia de Belsasar – Escritura en la pared
El tiempo de Nabucodonosor se había caracterizado por la persecución de que fueron objeto los fieles (cap. 3). El de su sucesor Belsasar se destaca, al contrario, por la indiferencia religiosa, la fácil abundancia y la búsqueda de los placeres. En la historia del mundo tales períodos se suceden y nuestra época esclarecida y tolerante se parece mucho a la de Belsasar. En la mayoría de los países no se persigue más a los creyentes. Pero se ofende a Dios de otra manera; tenemos una imagen de ello en ese banquete. Para adornar su mesa, el sacrílego rey no teme hacer traer los santos utensilios del Templo. Y la orgía sigue a más y mejor… cuando ocurre algo espantoso. En la pared, “delante del candelero” (comp. Números 8:2), una mano se perfila, escribe algunas palabras y desaparece… El rey palidece, sus rodillas se entrechocan; también los grandes están perplejos. ¿Cuál será el sabio que leerá la trágica escritura? (1 Corintios 1:19). El príncipe ligero y mundano no conoce a Daniel (comp. Éxodo 1:8). Pero la reina madre sabrá escogerlo. Ella no asistía al banquete, como tampoco el profeta.
Separación del mundo y discernimiento espiritual van a la par.
A los hombres de nuestra generación Dios ya no los advierte con misteriosos mensajes sino mediante su Palabra.
Daniel anuncia el juicio divino
Por tercera vez en un momento crítico, Daniel entra en escena para interpretar el pensamiento de Dios. Pero aquí estamos en el último cuarto de hora de la historia de Babilonia. Y el varón de Dios ya no procede con miramiento alguno para anunciar su derrumbe. Belsasar no tuvo en cuenta el testimonio de su padre (v. 22). Daniel solo puede traducirle la irrevocable sentencia. Tres palabras le bastan a Dios para sellar la suerte de Babilonia y su príncipe. “Mene, Mene”: contado y recontado. ¡Admiremos esa repetición! Es como si el justo Dios verificara con cuidado su suma antes de la decisión final (comp. Génesis 18:21). ¡Pesado! ¡Ay! ese frívolo monarca y sus grandes colocados “en la balanza… serán menos que nada” (Salmo 62:9). ¡Finalmente dividido! El Altísimo que “gobierna el reino de los hombres” va a dar este a otro. La Historia relata cómo Ciro el persa, después de haber desviado el curso del Eufrates (el que atraviesa Babilonia), se sirvió de su lecho desecado para introducirse en la ciudad con sus soldados, aprovechando la noche y la orgía del palacio. ¡Es de desear que ese solemne relato también nos instruya!
Velemos y seamos sobrios para que no nos sorprenda la venida del Señor.
