Capítulo 10
Daniel ve a Jesucristo
A veces Dios responde inmediatamente a las oraciones de los suyos. En el capítulo 9:21 su palabra llega a Daniel mientras está orando. Otras veces, al contrario, como en este capítulo, retarda su intervención para poner a prueba la realidad de nuestros deseos y la perseverancia de nuestra fe. Pero, si a veces debemos orar mucho tiempo antes de recibir respuesta, nunca concluyamos que Dios no escucha (1 Juan 5:15). Afirma a Daniel que su oración fue oída “desde el primer día”.
Este versículo 12 nos revela el estado moral agradable a Dios, el cual, por decirlo así, es la llave de las comunicaciones con el cielo. Recordemos el secreto de Daniel: disponía su corazón para entender y para humillarse.
Al comparar la visión de los versículos 5 y 6 con la del apóstol Juan en Patmos (Apocalipsis 1:13-16), comprendemos que Aquel que aparece aquí con los atributos de la soberana justicia solo puede ser el Mesías quitado (cap. 9:26), el que también será glorificado. En tal presencia, el más piadoso de los hombres es presa de un mortal pavor. Para ser el canal de las revelaciones divinas es necesario que primeramente la muerte haya operado en nosotros (2 Corintios 4:12). Pero la misma palabra de gracia viene a tranquilizar a Daniel y más tarde a Juan: “No temas”. “Muy amado no temas” (v. 12, 19).
Conflicto en el mundo invisible
Antes de considerar el lado visible de la profecía, el capítulo 10 nos hace entrever su lado oculto: la contraparte celestial de los acontecimientos de aquí abajo. Sin dejar de creerse libres, los grandes de este mundo parecen títeres; son dirigidos desde lo alto por “principados y potestades” satánicos mediante esos hilos que son sus pasiones (Efesios 2:2). Pero también Dios tiene sus legiones de ángeles con sus jefes (Hebreos 1:14). Y, cosa maravillosa, mediante nuestras oraciones podemos poner en movimiento sus fuerzas invisibles, entablar los mismos combates y, como Elías y Daniel, hacer la experiencia de que
la oración eficaz del justo puede mucho
Santiago 5:16).
En el capítulo 11 Dios abre a su profeta una amplia vista de los acontecimientos que se producirían. Tres monarcas persas iban a sucederse: Cambises II, Gaumata el Mago y Darío Hystape (respectivamente reconocidos en Esdras 4:6-7, 24). Después de ellos, el rico y poderoso Jerjes (el Asuero del libro de Ester) emprendería una formidable ofensiva contra Grecia (Javán). Luego vendría la ascensión relámpago de Alejandro el Grande (v. 3-4), la dispersión todavía más rápida de su reino “hacia los cuatro vientos” (impactante ilustración del libro de Eclesiastés), seguida de largos altercados entre sus dos principales herederos.
