Capítulo 3
La estatua de oro erigida por Nabucodonosor – Las conciencias oprimidas
Para dar un centro religioso común a los pueblos inconexos sobre los cuales reina Nabucodonosor, hace levantar una colosal estatua de oro en la llanura de Dura. Este acto de idolatría es simbólico. Evoca lo que gobierna el corazón de los hombres:
1) la estatua es de oro, ese metal que es objeto de universal veneración.
2) Tiene la forma de un hombre; en efecto, este tiende a adorarse a sí mismo y a colocarse en lugar de Dios.
3) Finalmente, tiene un inquietante parecido con la imagen de la bestia de los tiempos apocalípticos, la cual cada uno estará obligado a adorar bajo pena de muerte. Entonces, el fiel remanente de Israel será terriblemente puesto a prueba de esa manera (Apocalipsis 13:15 y sig.) Sadrac, Mesac y Abed-nego representan a ese remanente. ¿Intervendrá Dios para librarlos? ¡Tal es el desafío del rey! “No es necesario que te respondamos sobre este asunto” declaran estos jóvenes (v. 16). La fe del creyente no tiene por qué justificarse ante los inconversos. Le basta la aprobación del Señor. Las amenazas de ahora, como anteriormente la atracción de las delicadas comidas del rey, no consiguen apartar a esos tres testigos del camino de la obediencia a Dios. Habían sido fiel “en lo muy poco” (cap. 1), ahora lo son “en lo más” (Lucas 16:10).
Salvados del horno
Este capítulo nos muestra lo que el fiel debe hacer, lo que Satanás puede hacer, pero también lo que Dios hace. “No temas… estaré contigo… Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti”. Esa fue la promesa hecha al remanente fiel en Isaías 43:1-2. Y Dios va a cumplirla. Echados en el horno de fuego ardiente, los tres hombres no sufren mal alguno; además, tienen en él un maravilloso encuentro. En su misterioso compañero de un momento, no tenemos dificultad para reconocer al Hijo de Dios.
Sí, el crisol de la prueba es una privilegiada cita del Señor con los suyos.
En tanto que el fuego extermina a los hombres encargados de echar a los condenados en el horno ardiente, ni estos, ni nada de lo que les pertenece es siquiera impregnado por el olor del fuego. Una única cosa es consumida en el horno de fuego ardiente: las ataduras con las cuales se los había inmovilizado (v. 25). ¿No es a menudo este el resultado de la prueba para el cristiano? Lo libera de tal o cual atadura con la cual el mundo lo tenía sujeto y le permite andar libremente en compañía del Señor Jesús.
La ira del rey dio lugar a la consternación (v. 24). Al exponer su vida, esos jóvenes testigos supieron demostrarle la realidad de su fe en un Dios todopoderoso.
