Capítulo 26
Bendiciones prometidas para los que obedecen
Hay dos principios divinos que siempre van juntos: uno es la gracia soberana, cuyo despliegue admiramos en el capítulo 25. Otro es el gobierno, tema de este capítulo 26.
En efecto, si por una parte Dios da sin condiciones, por otra hace que cada uno coseche lo que ha sembrado. Dios se toma la molestia de advertir a su pueblo las consecuencias negativas o positivas que tendrá su conducta, según haya obrado. Y como siempre considera en primer lugar el bien, empieza, no por las amenazas, sino por unas promesas alentadoras: la exposición de las bendiciones que resultarán para Israel merced a un andar en obediencia. Por cierto, son bendiciones terrenales, a diferencia de las del cristiano; este es bendecido “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3). Pero una de esas promesas del Señor, muy preciosa, es común tanto al pueblo terrenal como al celestial:
Andaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo,
(v. 12)
citado por Pablo a los corintios. Ella encierra la misma responsabilidad para el cristiano y para Israel: estar enteramente separado de toda idolatría (v. 1; comp. 2 Corintios 6:16).
Castigos para los que desobedecen
Una vez más el Señor había advertido a su pueblo contra la idolatría (v. 1). Pero, desgraciadamente, faltaría una palabra del profeta Amós (cap. 5:25-27), citada por Esteban (Hechos 7:42-43), para que nosotros lo supiéramos: ya en el desierto, Israel rindió homenaje a los ídolos que se había fabricado, en particular al abominable Moloc (Levítico 20:1-5). Por tal razón todas estas amenazas, cada vez más severas, se ejecutaron más tarde sobre el pueblo culpable. ¡Cuán duro es el corazón del hombre! Para quebrantarlo, Dios se ve obligado a asestar golpes cada vez más fuertes. ¡Así tiene que obrar a veces con nosotros! Empieza por corregirnos suavemente pero, si no escuchamos, su voz se vuelve cada vez más imperiosa. Proverbios 29:1 nos advierte:
El hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicina.
(Proverbios 29:1)
Aprendamos, pues, a reconocer la voz del Señor y a no rechazar su reprensión (Salmo 141:5). Él nos ama y nunca nos castigará más de lo necesario para que aprendamos la lección. Porque es fiel, insistirá hasta que todo este paciente trabajo haya hecho volver hacia él nuestros corazones.
Cuando se ignoran las advertencias
De una u otra manera, es preciso que los derechos de Dios sean respetados. Si el pueblo no observa los años sabáticos prescritos en el capítulo 25, Jehová lo echará a la fuerza de su país. Israel, por así decirlo, no habrá cumplido frente a su propietario las condiciones de arrendamiento. Y ello será una de las causas de su deportación a Babilonia. Los 70 años de cautiverio corresponden a los años sabáticos no respetados durante todo el período de los reyes (2 Crónicas 36:20-21).
Las consecuencias de la iniquidad de Israel son terribles. Dios se muestra más severo con este pueblo que hacia las demás naciones. Su responsabilidad es, en efecto, mucho más grande. Se le han confiado los oráculos divinos. Está en relación con el verdadero Dios cuyo nombre, por su culpa, no dejaría de ser blasfemado entre las naciones (Romanos 3:2; 2:24). Ahora bien, si Dios ha sido más exigente con Israel que con las naciones paganas, ¿no tiene más razón para ejercer aún mayor severidad hacia los que, como nosotros, tenemos su Palabra?
A todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará.
(Lucas 12:48)
Notemos también que para lograr la restauración, se debe confesar la iniquidad (v. 40) y aceptar el correspondiente castigo (v. 43).
