Capítulo 16
El gran día de las expiaciones
Aquí Aarón recibe instrucciones para una ocasión especial: la del día de expiación (véase cap. 23:27). A esta escena hace alusión el capítulo 9 de Hebreos (v. 7, 12, 25). Una vez al año, después de presentar una ofrenda por sí mismo, el sumo sacerdote ofrecía una víctima por todos los pecados del pueblo cometidos durante el año. Luego llevaba la sangre de este sacrificio detrás del velo y la rociaba sobre el propiciatorio, cuyo nombre así quedaba explicado. La sangre que hace expiación por el alma (cap. 17:11) se llevaba allí. Hacía que Jehová fuese propicio a su pueblo. No era que la sangre de un macho cabrío tuviera poder para borrar ni siquiera uno de los pecados que ese pueblo hubiera cometido durante un año. Sino que por adelantado ello hablaba a Dios de la sangre preciosa de su Cordero.
Contrariamente a lo que nosotros hubiésemos pensado, no era en sus magníficas vestiduras cómo Aarón debía presentarse ante Jehová. Tenía que despojarse de toda su gloria frente a la gloria de Dios, y allí no podía mantenerse de pie si no era revestido de lino fino blanco, símbolo de la justicia práctica (v. 4; Apocalipsis 19:8).
El olor grato del incienso acompañaba a Aarón detrás del velo, como Cristo ha entrado en el lugar santísimo, ofreciendo a Dios el pleno perfume de sus excelentes glorias.
Diferencia entre expiación y sustitución
El sacerdote pasaba detrás del velo, envuelto en una nube de incienso, mientras el pueblo temeroso esperaba afuera. ¿Aceptaría Jehová el sacrificio? Si algo no estaba en orden, ¿no perecería Aarón igual que sus dos hijos mayores? ¡Qué alivio cuando volvía a salir, cumplido su servicio! Proféticamente esta escena se cumplirá cuando, viniendo en gloria para Israel,
Cristo “aparecerá por segunda vez… para salvar a los que le esperan.
(Hebreos 9:28)
Faltaba ocuparse del macho cabrío vivo. El primero, cuya suerte cayó por Jehová (v. 9), había sido sacrificado y quitaba el pecado de delante de Dios. El segundo, el macho cabrío “por Azazel”, quitaba el pecado de la conciencia del pueblo. Por eso todos los pecados se confesaban sobre su cabeza y él se los llevaba para siempre a una tierra deshabitada (leer Salmo 103:12; Hebreos 8:12, citado de Jeremías 31:34). El primer macho cabrío servía para hacer expiación: era para todos. El segundo nos habla de sustitución: una víctima llevando los pecados de muchos (Hebreos 9:28), de aquellos que, confesando sus pecados (v. 21), por la fe se apropian el valor de la víctima. El sacrificio de Cristo tiene este doble carácter.
El pueblo no debe hacer nada; Jesucristo lo ha hecho todo
Veamos cuán grande y delicado era para el sacerdote y sus ayudantes el trabajo de quitar los pecados. Y todo ese servicio solo tenía validez por un año. En efecto, la fuente de los pecados, el corazón de los hombres, no estaba purificada por ello, y este malvado corazón no podía dejar de producir malas acciones a lo largo del nuevo año. Siempre haría falta renovar estos sacrificios; los sacerdotes se sucedían de padre a hijo, “debido a que por la muerte no podían continuar” (Hebreos 7:23).
¡Cuán grande es la obra de Cristo en toda su realidad, en todo su alcance! ¡Exigió su propio sacrificio! Para quitar el pecado del mundo y anular todas sus consecuencias, pero también para alcanzar la fuente de maldad: el corazón del hombre, y purificarlo, Jesús estuvo completamente solo. Nadie más podía participar en ello. ¿Qué hacía el pueblo durante ese gran trabajo del sacerdote? No podía ni debía hacer nada, sino afligir su alma. A su favor se cumplía una obra en la cual descansaba. Pues bien, ¡eso es todo lo que nosotros tenemos que hacer! Debemos apoyarnos en la suficiente y perfecta obra del Señor Jesús.
