Capítulo 8
Investidura oficial de los sacerdotes
En los siete primeros capítulos consideramos el tema de las ofrendas; ahora llegamos al del sacerdocio. Si el pecador necesita una ofrenda, el creyente por su parte precisa de un sacerdote para ejercer el servicio que se le ha encomendado. Pues bien, en Cristo tenemos tanto lo uno como lo otro. Él es Aquel que se ofreció a sí mismo, cual víctima perfecta, para ponernos en relación con Dios, y ahora también es Aquel que desempeña las funciones de sumo sacerdote para mantenernos en esa relación. Era, pues, necesario que primero fuera ofrenda antes de ser sacerdote.
En Éxodo 29 encontramos las instrucciones dadas por Jehová a Moisés para la consagración de Aarón y sus hijos. Ahora ha llegado el momento en que esta ceremonia puede celebrarse. Toda la asamblea de Israel es convocada frente a la entrada del tabernáculo de reunión para que presencie y contemple a Aarón revestido de sus vestiduras de gloria y hermosura. Cuánto más grande es la visión que la epístola a los Hebreos, llamada “la epístola de los cielos abiertos”, ofrece a las miradas de nuestra fe. Nos invita a considerar “al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús”, revestido de los atributos gloriosos de su sacerdocio (Hebreos 3:1).
El carnero de las consagraciones
Al hallar a Aarón y sus hijos juntos en este capítulo, nuestro pensamiento se eleva hacia Aquel que no se avergüenza en asociarnos a él, llamándonos sus hermanos. Que Dios nos guarde de avergonzarnos ante el mundo de nuestra relación con Jesús (2 Timoteo 2:12-13).
En estos capítulos a menudo se habla de ofrendas mecidas. Hacer girar sobre sí mismo un objeto permite mostrarlo bien bajo todas sus facetas. Se nos invita a presentar así a Dios todos los aspectos del excelente sacrificio que traemos ante él, hablándole de Jesús en sus variadas glorias, y de su obra en sus diferentes caracteres.
El pecho del carnero de consagración, porción especial de Moisés, también era mecido. En ello podemos admirar, por sus múltiples lados, los afectos de Cristo, que eran la fuente y el poder de su consagración a Dios.
Amo al Padre –decía Jesús–, y como el Padre me mandó, así hago.
(Juan 14:31)
La misma causa en nuestra vida producirá el mismo efecto. El amor suscitará una consagración verdadera, dicho de otro modo, el profundo sentimiento de que el Señor Jesús tiene todos los derechos sobre nuestro corazón. El versículo 24 extiende esos derechos a nuestras orejas, a nuestras manos, a nuestros pies, símbolos respectivamente de la obediencia, la actividad y la marcha.
