Capítulo 13
Diagnóstico, gravedad y progresión de la lepra
Para que la lepra fuese diagnosticada, el enfermo debía presentar dos síntomas. El pelo blanco hace pensar en una decadencia espiritual que tiene su fuente en la pérdida de la comunión con el Señor. La mancha más hundida que la piel indica que no se trata de un defecto superficial y revela un mal profundo. Pero, cosa paradójica y difícil de comprender, mientras que una sola mancha bastaba para establecer la impureza del leproso, a partir del momento en que este se hallaba enteramente cubierto de la enfermedad, ¡se lo podía declarar limpio! Sin embargo es así. Tal como el pobre leproso, que durante largo tiempo se ha esforzado en tapar sus llagas hasta que ya no puede disimular más, cuando un hombre se ve forzado a reconocerse totalmente manchado, Dios puede declararlo limpio en virtud de la obra de Cristo.
Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad… Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.
(Salmo 32:5)
Pero toda muestra de carne viva volvía a la persona otra vez impura, porque ella es la imagen de los vanos esfuerzos de la vieja naturaleza para mejorarse. En Lucas 5:12-14 un “hombre lleno de lepra” se acerca a Jesús y le pide que, si quiere, lo sane; el Señor lo sana y luego lo invita, para dar testimonio de ello, a cumplir con las instrucciones del capítulo 14 de nuestro libro.
La lepra, imagen del pecado
Ciertas manchas y enfermedades de la piel podían inducir a un error. Entonces el enfermo era encerrado durante siete días y luego era examinado para comprobar si se trataba o no de una llaga de lepra. ¡Nunca juzguemos con precipitación! Ejercitémonos en presumir el bien en los otros antes de juzgarlos. El amor “no hace nada indebido” (1 Corintios 13:5). Notemos que el enfermo no daba su opinión. Era el sacerdote quien veía y luego declaraba la naturaleza de la llaga. Poco importaba lo que el hombre pensara de sí mismo. Podía no sentir nada y creerse rebosante de salud, estando gravemente enfermo al mismo tiempo.
Cuántas personas ignoran que padecen la enfermedad llamada pecado. Nunca han considerado su estado a la luz de la Palabra de Dios; no se han presentado ante el Sacerdote. Él es quien establece la culpabilidad del hombre y lo declara irremediablemente perdido.
¿Dejaos del hombre… porque ¿de qué es él estimado?
(Isaías 2:22)
Pero el Sacerdote que comprueba así nuestro estado es también Aquel que se ocupa de ello en gracia, actuando como el gran Médico que ha dado a nuestras almas una curación total (Lucas 5:31).
Un estado lamentable
La condición del leproso era terrible en Israel: echado del campamento sin ninguna esperanza de volver al mismo, separado de los suyos, obligado a proclamar su estado de miseria: “¡Inmundo! ¡inmundo!” Excluido de la congregación, es una imagen de lo que éramos nosotros, gentes de entre las naciones,
alejados de la ciudadanía de Israel… sin esperanza…
(Efesios 2:12)
Pero ahora el apóstol anuncia que hemos “sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Efesios 2:13), lo que nos conduce a la obra de la purificación descrita en el capítulo 14. El evangelio nos muestra a varios de estos leprosos que imploraban la piedad del Maestro. Y Jesús, lleno de compasión, puso las manos sobre ellos y los sanó, mas él no se manchó por este contacto. Cristo no solo podía, sino que en su amor quería hacerlos perfectamente limpios (Mateo 8:1-3; ver también Lucas 17:11 y sig.). Del mismo modo, este querido Salvador puede y quiere, todavía hoy, purificar de todos sus pecados a quien se reconoce impuro.
La lepra en un vestido (v. 47-59) representa el mal que se puede insinuar en nuestras costumbres y en nuestro testimonio. ¡Que el Señor nos conceda vigilar para descubrir, y valor para “quemar”, dicho de otro modo, para juzgar el mal en cuanto aparezca!
