Capítulo 7
Perdón – Paz
La epístola a los Romanos nos enseña que Dios tuvo que ocuparse de dos cuestiones: la de los pecados (cap. 1 a 5:11) y la del pecado (cap. 5:12 a 8). Tuvo que condenar al árbol tanto como a los frutos, esto es, al pecado en nuestra naturaleza como a los actos producidos por ella. Al exigir una ofrenda por la culpa (el acto cometido) y otra por el pecado (la fuente de este acto), Dios nos enseña que la obra de Cristo responde a estas dos necesidades del pecador.
La ley del sacrificio de paz ilustra las condiciones necesarias para que se realice la comunión cristiana. Se trataba de una ofrenda en acción de gracias (v. 12; 1 Corintios 10:16), de carácter voluntario y gozoso (v. 16; 2 Corintios 8:4), exenta de todo contacto con lo inmundo (v. 21). Se ofrecían los sacrificios por el pecado porque uno no estaba puro. Muy distinto era el caso de las ofrendas de paz; solo participaban en ellas los israelitas que estaban limpios (v. 19). Quienquiera que tocase la carne del sacrificio por el pecado se volvía santo (cap. 6:27), mientras que inversamente toda impureza manchaba la ofrenda de paz. Tenemos cuidado con la limpieza de nuestros alimentos. Velemos aún más para que ninguna impureza de nuestra mente llegue a interrumpir la comunión simbolizada por esta ofrenda.
Grasa, sangre, pecho, espaldilla
Figura de la comunión del rescatado con Dios y con sus hermanos, la ofrenda de paz era la única de la cual cada uno recibía su porción. Dios tenía la suya, a saber, la grosura y la sangre que recordaban sus derechos sobre nosotros. Aarón y sus hijos recibían el pecho mecido y la espalda elevada (v. 34), imagen de los afectos y de las fuerzas del rescatado, los cuales pertenecen a Cristo y a los suyos. En fin, el mismo adorador hallaba su alimento. Notemos que la comida de los sacerdotes dependía de las ofrendas de paz. La energía espiritual que el creyente pueda emplear al servicio del Señor depende de la comunión que haya cultivado con él. Las dos epístolas a los Corintios son la confirmación de ello. La primera trata de la comunión, la segunda tiene como tema el ministerio. Nuestro servicio no será útil y bendecido sino en la medida en que seamos nutridos por la perfecta Ofrenda de paz y, según su ejemplo, hayamos entregado nuestro cuerpo como “sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Romanos 12:1). Este es el secreto para poder discernir, según el mismo capítulo, “cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (v. 2) y cumplirla seguidamente con gozo (v. 3-8).
