Capítulo 14
Detalles de la purificación: las dos avecillas
Llegado el día de la purificación del leproso, este era llevado al sacerdote. Fijémonos en el papel eficaz pero indispensable que desempeña el amigo que lo conduce a aquel que le va a anunciar la curación. Es precioso ser empleado por Dios para traer a los pecadores al Señor Jesús. Es un servicio que incluso puede cumplir un joven cristiano (Juan 1:42, 46).
Pero si el sacerdote hubiera permanecido en el tabernáculo o en el campamento, el leproso, ahuyentado del mismo, nunca se hubiera podido encontrar con él. El sacerdote salía, pues, del campamento (v. 3). Para ir al encuentro del pecador, Jesús dejó la gloria. Somos incapaces de dar un solo paso hacia Cristo; por lo tanto él ha hecho todo el camino para llegar hasta nosotros. ¿Cómo podría el hijo pródigo entrar sucio y harapiento en la casa de su padre? Este sale a su encuentro y manda vestirlo con el traje más hermoso, mientras todavía está afuera. Siguen los detalles de la purificación. Las dos avecillas juntas nos hablan del remedio divino aplicable al pecado de todo hombre. La muerte del Señor: a la primera avecilla se le degollaba; su resurrección: la segunda avecilla levantaba el vuelo, marcada con la sangre que llevaba consigo hacia el cielo para colocarla simbólicamente bajo la mirada de un Dios satisfecho.
Aplicación de la sangre y del aceite
“Será limpio”, concluyen los versículos 9 y 20. Aquí tampoco se trata de la opinión del leproso sanado. Dios declara puro y santo al pecador regenerado, para quien esta palabra debe bastar, aun si no experimenta ninguna emoción especial.
Habéis sido lavados… santificados… justificados en el nombre del Señor Jesús.
(1 Corintios 6:11)
Con respecto a las avecillas, imagen de la obra de Dios por nosotros, hacían falta dos cosas, figura de su obra en nosotros: el agua, poder purificador de la Palabra, y la navaja. El leproso rapaba su cabeza, su barba, sus cejas. Todo lo que recordaba la fuerza del hombre era puesto a un lado. Este trabajo del Espíritu, que nos conduce a juzgar lo que produce nuestra vieja naturaleza, se llama liberación.
La sangre del sacrificio se aplicaba en la oreja, en la mano y en el pie derecho del leproso sanado, exactamente como se hizo con el sacerdote el día de su consagración (Éxodo 29:20). De igual modo sucedía con el aceite. Luego se ungía al leproso con el resto del aceite (v. 18). Era el único en Israel, juntamente con los reyes y sacerdotes, que recibía esta santa unción correspondiente a la obra del Espíritu Santo en el corazón del rescatado (1 Juan 2:20). De unos pecadores manchados, pero lavados en su sangre, Cristo ha hecho un reino de “reyes y sacerdotes para Dios, su Padre” (Apocalipsis 1:6).
Lepra en una casa – Cuando el carácter natural reaparece
La lepra en la casa es imagen del pecado en la asamblea, o incluso en aquello que lleva el nombre de Iglesia, la cristiandad en general. Mirando de cerca la asamblea de Éfeso, en el capítulo 2 de Apocalipsis, discernimos –o más bien lo hace el Señor, el gran Sumo Sacerdote cuyos ojos son semejantes a una llama de fuego– una pequeña mancha: el abandono del primer amor. Todo lo demás parece ser bueno: obras, trabajo, paciencia. Pero veamos lo que llega a ser este pequeño principio: una verdadera lepra en Pérgamo. Allí ciertas piedras de la casa están contaminadas con la “doctrina de Balaam”, y otras con la de los nicolaítas. Luego, el mal se desarrolla como una levadura en Tiatira, en Sardis, en Laodicea, la que representa el estado final de la Iglesia responsable, hasta que el Señor se ve obligado a anunciar: “Te vomitaré de mi boca” (cap. 3:16). La “casa grande” de la cristiandad profesante será rechazada, derribada.
El capítulo 15 prosigue con el tema de la contaminación. Bajo la imagen del “flujo” nos muestra todo lo que, en nuestra vida diaria, nuestro detestable carácter natural es capaz de manifestar para envenenar tanto nuestro entorno como a nosotros mismos. Gracias a Dios existe el remedio para purificarnos de ello: el sacerdocio ejercido en nuestro favor por el Señor Jesús (v. 15, 30).
