Levítico
Levítico

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 25

El año de reposo y el jubileo

Dios, quien ha dado el sábado al hombre, piensa también en su creación. Cada siete años los trabajos de los campos debían interrumpirse para dejar reposar la tierra. Y después de siete veces siete años, cada cincuenta años, en Israel resonaba la trompeta anunciando el jubileo, el restablecimiento de todas las cosas. Ninguna transacción, ninguna compra inmobiliaria se efectuaba sin pensar en la fecha del jubileo que iba acercándose; era necesario tenerla en cuenta siempre. Queridos hijos de Dios, esa trompeta cuya señal todos los israelitas esperaban –y de modo especial los oprimidos– ¿no nos hace pensar en la última trompeta, al sonido de la cual el Señor bajará del cielo para recoger a todos cuantos le pertenecemos? (1 Corintios 15:52). ¡Sí, el Señor viene, no lo olvidemos! Vivamos con esta perspectiva. No demos a las cosas de la tierra más que un valor relativo. Tienen un carácter efímero, nuestro disfrute de ellas solo es por un tiempo. Fijemos nuestras miradas más allá, en las cosas que no se ven y que son eternas (2 Corintios 4:18). ¡Quiera Dios que nuestras decisiones y proyectos, lo que nos brinda satisfacción como también nuestras pruebas, siempre lleven el sello de «provisional» que les confiere nuestra bienaventurada esperanza!

Dios cuida de cada uno

La tierra mía es –recuerda Dios a su pueblo–; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo.
(v. 23)

Así como un jefe de familia se responsabiliza por sus invitados, Dios se compromete a sustentar a los suyos y a darles de manera milagrosa, cada sexto año, una cosecha triple que permita respetar el año sabático. El cristiano tampoco es propietario en esta tierra. Si siempre tuviésemos presente el pensamiento de que nada es nuestro, sino que todo pertenece al Señor, ¿no habría menos codicias y disputas entre nosotros? Es en el cielo y no en la tierra donde poseemos verdaderas riquezas, aquello que es nuestro (Lucas 16:11-12).

En todo este capítulo Dios se complace desplegando su magnífica gracia al liberar a los suyos. Se ocupa de su reposo, de su gozo, y vela para que no sean víctimas de la dureza de sus hermanos o de su propia inconsciencia. Nos invita a usar frente a otros la misma misericordia de la cual nosotros mismos somos objeto (v. 35-38). Esto nos brinda la ocasión de mostrar al Señor que apreciamos su gracia y no hemos olvidado lo que él hizo por nosotros (comp. Mateo 18:32-33).

Un nuevo comienzo

Al resonar la trompeta de la liberación, el esclavo volvía a hallar su libertad, el pobre su posesión, las familias se reconstituían, cada heredad volvía a su verdadero propietario. Aquello era una restauración, un gozo general, imagen del que conocerá Israel y el mundo cuando Satanás sea atado y la creación sea desligada de su servidumbre. Hasta ahora la tierra padece y sufre “dolores de parto”, pero entonces gozará la libertad gloriosa de los hijos de Dios bajo el reinado de Cristo (Romanos 8:21). Semejante a ese pobre que se vendió al extranjero (v. 47), el pueblo de Israel, que por su falta perdió su herencia, la volverá a recuperar definitivamente de manos de Aquel que lo ha redimido: Cristo, el verdadero Booz (Rut 4).

Si Dios tiene la última palabra en lo concerniente a su creación, tengamos la certeza de que quiere también libertar plenamente a aquellos que le pertenecen. Un cristiano puede haber dejado que se le arrebate el disfrute de su herencia y estar empobrecido espiritualmente. Pero el pensamiento del Señor es restaurarlo en gracia, borrando todo el pasado, (no habla de los motivos por los cuales este hermano ha llegado a empobrecerse) y hacerlo gozar nuevamente de las riquezas celestiales.