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Dos casos opuestos

La Sagrada Escritura relata un acontecimiento que viene muy al caso para explicar cómo podemos estar seguros de la salvación, según el verso anteriormente citado: es la salida del pueblo de Israel de la tierra de Egipto (Éxodo 12).

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Dos naturalezas distintas en una misma persona

Cada ser humano nace con una naturaleza mala, tan mala que Dios declara que le es imposible someterse a Su santa ley. Ella no puede “agradar a Dios”. “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”, dice el salmista David (Salmo 51:5).

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El agradable sacrificio de Abel

Es preciso que mi conciencia esté delante de Dios y que tenga a Cristo de parte de Dios, pues de otra manera no tengo nada. Un judío podía inclinar su cabeza como un junco y cumplir con todas las leyes de su religión sin que su alma estuviera con Dios. Por eso es que Dios desprecia todo eso.

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El amigo generoso y el cordero

Este es como un cuadro pintado por Dios mismo acerca de la salvación de un pecador. Por nuestros pecados la justicia divina exige la muerte, el justo castigo. La única alternativa es la muerte de un sustituto aprobado por Dios. El hombre jamás hubiese hallado lo que necesitaba para salir de su desesperada situación; pero Dios lo encontró en la persona de su Hijo.

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El Apocalipsis

El Apocalipsis completa el cuadro mostrando a Cristo como juez en medio de las iglesias, representadas por los candeleros de oro. Como la Iglesia primitiva había abandonado su primer amor, es advertida de que, a menos que se arrepienta y vuelva a su primer estado, su candelero será quitado. El juicio final de la Iglesia se encuentra en Tiatira y en Laodicea.

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El camino de la salvación

En la primera parte de la Biblia, el Antiguo Testamento, abundan las figuras o ejemplos de cosas espirituales. Sirvámonos, pues, de una de estas figuras. En Éxodo 13:13 leemos las siguientes palabras salidas de la boca de Dios: “Mas todo primogénito de asno redimirás con un cordero; y si no lo redimieres, quebrarás su cerviz. También redimirás al primogénito de tus hijos”.

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El dilema de Pablo: ¿partir o quedar?

“Conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte” (v. 20). Vemos aquí que la idea de perfección en la carne no es más que locura, pues Pablo esperaba ser semejante a Cristo en la gloria.

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El egocentrismo

Antes de seguir adelante deseo aun destacar que es infinitamente precioso ver cómo prosigue esta marcha cuando la Iglesia ya había caído en ruinas: “Todos buscan lo suyo propio” (v. 21) dice el apóstol (¡ya entonces!). ¡Cuán poco nos damos cuenta del verdadero estado de la Iglesia primitiva cuando hablamos de ella!

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El Espíritu Santo es el único poder de la nueva vida

¡Alabado sea Dios!, él mismo nos ha provisto de este poder en la Persona del Espíritu Santo. El Espíritu de Dios hace más que dar vida a un pecador muerto; también es el poder de esta nueva vida. El Espíritu Santo –como persona distinta– viene a hacer morada en el recién convertido.

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El gran objetivo de Satanás

El gran objetivo de Satanás es establecer para el hombre un sistema que sustituya completamente la dirección del Espíritu de Dios. Esta será su obra maestra de los últimos tiempos y la característica prominente de la gran apostasía que se acerca a grandes pasos.

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El hombre es religioso por naturaleza

El hombre es una criatura muy compleja que necesita numerosas y diversas cosas para satisfacer sus gustos y anhelos. Le hace falta algo de negocios, de política, de sociedad, de estudios y, por fin, hasta un poco de religión.

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El lazo indestructible y el lazo quebradizo

Pues bien, amado hijo de Dios, tenga presente estas dos cosas: no hay ningún lazo más fuerte que el del parentesco, y nada hay tan delicado como el lazo de la comunión. Todo el poder y el consejo de la tierra y del infierno reunidos no pueden anular el primero, mientras que un deseo torpe o una palabra frívola basta para romper el segundo.

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El leproso de Levítico 14 y Naamán

Usted podrá formarse una idea de la diferencia entre la liberación de los pecados y la redención del pecado al comparar la purificación del leproso como está descrita en Levítico 14:1-7, con la de Naamán, igualmente leproso, en 2 Reyes 5:10-14.

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El lugar que Cristo merece en nuestro corazón

Pablo nos dice ahora cuál es el poder por el cual estimamos todo como pérdida. Él quiere ganar a Cristo y parece que fuera un terrible sacrificio abandonarlo todo con tal fin. Ocurre con ello como con un niño que tiene un juguete en sus manos: si intentan ustedes quitárselo, se aferrará más a él; pero si le muestran uno más lindo, dejará el primero.

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El mundo es enemigo de la cruz

De manera que, si alguien se asocia al mundo, es enemigo de la cruz de Cristo. Como cristianos, tenemos que considerar muy bien si toda esta hermosa apariencia de la que se reviste el mundo no echa un velo sobre nuestros corazones y nos impide ver. Si busco o acepto la gloria del mundo que crucificó a Cristo, me glorifico en lo que es mi vergüenza.

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El mundo provee a todas las necesidades del hombre natural

El hombre necesita vivir en sociedad. Por eso el mundo ha organizado el sistema social y se ha esmerado en hacerlo de un modo completo y perfecto. La posición social es el todo para el hombre; este no ahorra esfuerzos para alcanzarla, y ningún gasto le parece excesivo para llegar a ese propósito.

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El pecado que mora en mí”, ¿impide mi comunión con Dios?

Alguien podría preguntar: ¿Cómo es posible que la misma presencia de algo tan malo como lo es la carne no sea un impedimento para la comunión del creyente con Dios? Procuraré explicar esto por medio de otro ejemplo:

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“El pecado” y “los pecados”

El principio malo, que existe en nosotros por naturaleza, con frecuencia es llamado sencillamente “el pecado”, mientras que las acciones, palabras y los pensamientos malos resultados de esta naturaleza corrompida, son llamados “los pecados”. Nótese esta distinción hecha en 1 Juan 1:8-9: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos…” y:

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El Pentateuco

El Génesis da las bases y todos los grandes principios de las relaciones del hombre con Dios: la creación, Satanás, la caída, el sacrificio, la separación entre los santos y el mundo, el juicio del mundo, el gobierno que pone freno al mal, el llamado de Dios cuando es introducida la idolatría, las promesas, la simiente de Dios, los fieles –peregrinos y extranjeros en la tierra,

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El sacrificio de Abel

Caín ofreció a Dios lo que había logrado cosechar con el sudor de su frente, presentó a Dios el fruto de su trabajo. Esto no procedía de un hombre carente de religión, pues ofreció sacrificio a Dios, adoró al Señor; sin embargo fue desechado. ¿Por qué?

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El Señor no fallará

Jamás, pues, dejemos desalentarnos, regocijémonos de todo lo bueno, y, si vemos que todos buscan lo suyo propio, sintámonos impulsados únicamente a ser tanto más semejantes a Cristo nosotros mismos. Es un consuelo y un aliento saber que el Señor, la Cabeza, no puede fallar aunque fallen los miembros.

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El Señor se despojó y se humilló

Hay dos pasos en la humillación del Señor: el primero consiste en que, siendo en forma de Dios, se despojó a sí mismo; el segundo en que, estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente (nada hay más humilde que la obediencia, pues aquel que obedece no tiene voluntad propia en absoluto); y no solo fue obediente, sino obediente hasta la muerte (no solo renunciando a

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¿En cuál de estas tres clases está usted?

«¿En qué clase viaja usted?». He aquí una pregunta que a menudo se oía antes en las estaciones de ferrocarril. Permítame que le haga la misma pregunta porque, considerándolo bien, usted también está viajando de este mundo a la eternidad, y en cualquier momento puede llegar al final. Permítame, repito, que con el mayor interés le pregunte: «¿En qué clase va viajando?».

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En mi ausencia obra Dios

Llegamos ahora a un pasaje que a menudo turba a las almas, aunque erróneamente, como lo veremos. “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido… ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (v. 12-13).

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