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Pláticas sencillas

Los mensajeros celestiales

“Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (v. 10-11).

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Los nombres escritos en los cielos

Los discípulos volvieron con gozo diciendo a Jesús: “Aun los demonios se nos sujetan en tu nombre” (v. 17). Todo el poder necesario para librar a los hombres de la esclavitud de Satanás se encontraba ante ellos, presente y activo. Era ese mismo poder les daría libertad más tarde. Por eso en Hebreos 6:5 los milagros que los apóstoles cumplían son llamados “los poderes del siglo venidero”.

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Los primeros efectos del don de las lenguas

La fiesta de Pentecostés atrajo a Jerusalén a muchos judíos piadosos que habitaban en los países nombrados en los versículos 9 a 11. Dios quiso que fueran testigos de los resultados maravillosos de la venida del Espíritu Santo. Leemos: “Hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.

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Los que el Padre ha dado a Jesús

He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra (v. 6).

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Los que han dejado todo atrás

La conducta de Pedro y de los otros discípulos difería completamente de la de este hombre, por muy amable que haya sido. Entonces Pedro dijo al Señor: “He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido.

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Los que se apartan de Jesús

En los siguientes versículos vemos que se puede seguir a Jesús, admirar sus palabras, impresionarse por sus milagros, en contraste con los que se oponen a Cristo, sin que por ello se crea en él con verdadera fe, sin que se acepte la única verdad que permite poseer la vida eterna. “Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (v. 60).

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Los resultados del discurso de Pedro

La gracia de Dios se sirvió de la predicación de Pedro para obrar en la conciencia de un gran número de personas. Éstas se compungieron de corazón cuando comprendieron el ultraje cometido contra Dios al crucificar a quien él hizo Señor y Cristo. Entonces dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: “Varones hermanos, ¿qué haremos?

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Los samaritanos

Muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho (v. 39).

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Los servidores en espera de su Maestro

Los que habían recibido a Jesús son llamados “manada pequeña”. En efecto, el número reducido es lo que caracterizó a los fieles en todos los tiempos. El Señor se dirige a ellos diciendo: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (v. 32). ¡Qué estímulo para esas personas débiles y despreciadas por la mayoría!

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María encuentra al Señor

“Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré” (v. 14-15). María ya no mira hacia el sepulcro, morada de los muertos; se vuelve hacia donde se encuentran los vivos.

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María visita a Elisabet

En aquellos días, María fue a ver a su parienta que vivía en una población en las montañas de Judá. En cuanto Elisabet oyó el saludo de María, llena del Espíritu Santo, exclamó: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?

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María y los ángeles

Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto (v.

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Misión de los setenta

Jesús mandó setenta mensajeros que fueran delante de él anunciando al pueblo que el reino de Dios se había acercado. Aunque ya había enviado a los doce apóstoles, Jesús quería utilizar el poco tiempo que le quedaba en medio de esta generación incrédula y perversa, decidida a no querer nada de él, porque veía en medio de ella una gran cosecha y pocos obreros para trabajar.

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Mujeres que sirven a Jesús

Los hechos relatados en estos tres versículos se encuentran solamente en el evangelio según Lucas. Vemos allí a Jesús, rodeado de sus discípulos, predicando y anunciando el reino de Dios en las ciudades y en los pueblos de Galilea. Como Hijo del Hombre, dependía completamente de Dios en una humildad que nos conmueve.

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No temer a los hombres

Pero ellos no debían temer a los hombres, por malvados que estos fuesen, porque llegaría el día en que Dios lo manifestaría todo a la luz. ¡Que hablen atrevidamente! Si bien su testimonio puede conducirlos a la muerte, ¡no deben temer a los que matan el cuerpo, porque no pueden matar el alma!

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Ocasiones de caída

Los niños que creen en el Señor tienen tanto valor para su corazón que él pronuncia un juicio muy severo contra cualquiera que los haga tropezar o caer: “Mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (v. 6).

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Otra vez los pequeños

La mansedumbre y la gracia que el Salvador manifestaba respecto a los pequeños, invitaban a los padres a llevarle a sus hijos, a fin de que él los bendijera y orara por ellos. Esto era agradable al corazón del Señor. Amaba a estos pequeños seres que venían a él sin temor, con plena confianza, atraídos por la gracia que el hombre orgulloso, endurecido por el pecado, rechazaba y despreciaba.

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Otras ventajas de la partida de Jesús

El Señor ya no podía enseñar más tiempo a sus discípulos. El Espíritu Santo vendría y les diría lo que ellos no eran capaces de comprender entonces. “Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (v. 25-26).

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Ovejas sin pastor

A pesar de ser el objeto del odio, a través del cual su pueblo manifestaba abiertamente que no quería nada de él, Jesús proseguía su obra, predicando el Evangelio del reino en las ciudades y en las aldeas, poniendo su poder y su amor a disposición de quien los necesitara. Sanaba toda enfermedad y toda dolencia (v. 35).

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Pablo comienza su segundo viaje

“Después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: Volvamos a visitar a los hermanos en todas las ciudades en que hemos anunciado la palabra del Señor, para ver cómo están” (v. 36). Como ya lo hemos dicho, Pablo no se limitaba solamente a evangelizar.

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Pablo en Atenas

Mientras esperaba a Silas y a Timoteo en Atenas, Pablo no perdía el tiempo. Esta ciudad, famosa por las ciencias y las artes, orgullo de los griegos, estaba hundida en una profunda idolatría, a pesar de la sabiduría de la cual se vanagloriaba. Pablo dice a los corintios:

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Pablo en Berea

No era el pensamiento del Señor que Pablo permaneciera en Tesalónica, lo que él quería cumplir allí ya estaba hecho. Su pronta partida lo motivó a escribir dos epístolas muy importantes. Vemos que el Señor pensaba en nosotros cuando permitió que Pablo se marchase tan pronto de esa ciudad. “Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea.

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Pablo en la fortaleza

Al oír las palabras: “Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles” (v. 21), no pudieron contener su ira contra Pablo, porque no podían admitir que los gentiles recibiesen una bendición, sobre todo por cuanto ellos rehusaban lo que Dios daba a los gentiles, a quienes despreciaban.

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Pablo en Tesalónica

Desde Filipos, el apóstol no se detuvo hasta Tesalónica, hoy Salónica. Atravesó Anfípolis y Apolonia, ciudades de las que hoy queda poca cosa. En Tesalónica había una sinagoga de los judíos (v. 1). Pablo se dirigió allí según su costumbre y disertó con los judíos durante tres sábados, explicándoles las Escrituras concernientes a Jesús.

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