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El Verbo

El Verbo (Logos, en griego) es la expresión del pensamiento, la Palabra.

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Elión

El Altísimo es el nombre que fundamentalmente Dios toma para aquellos a quienes se revela, pero que no son de Israel. Por ejemplo, de Melquisedec dice que es “sacerdote del Dios Altísimo” (Génesis 14:18). Ese personaje misterioso se le aparece a Abraham cuando éste volvía de derrotar a los reyes, y le bendice de parte del Dios Altísimo. Abraham se siente así fortalecido en su fe.

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Elohim

El Génesis se abre majestuosamente con estas palabras: En el principio creó Dios (Génesis 1:1).

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El-Shaddai

“Dios Todopoderoso (u Omnipotente). Dios se reveló así a Abraham (Génesis 17:1), luego a Isaac (28:3) y finalmente a Jacob (35:11). Este último había preguntado al Hombre que había luchado con él en Peniel cuál era su nombre, sin obtener respuesta (32:29).

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En el templo

Las sinagogas eran lugares de oración y de lectura de la ley. Iniciadas en la época de la dispersión, se habían expandido por todo el imperio donde había judíos. En Palestina había un buen número de ellas. El templo, al contrario, era único. Era el centro de culto, centro de reunión, símbolo de la unidad de Israel. El Señor del templo iría a visitarlo. ¿Qué acogida tendría?

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En Galilea

Juan el Bautista había mirado “a Jesús que andaba por allí” (Juan 1:36).

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En la sinagoga

Desde el comienzo de su ministerio, “recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos” (Mateo 4:23). No estuvo solamente en uno o dos lugares, sino que fue a toda Galilea predicando el evangelio del reino. Cada uno tenía la oportunidad de oírle. ¿Qué encontraba en esos edificios? Legalismo, formalismos, apariencias exteriores y, sobre todo, la miseria humana.

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En los hechos y en las epístolas

Su título de Señor es destacado. Cuando Esteban es apedreado, pide al Señor Jesús que reciba su espíritu. El Señor ordena a Ananías que vaya e imponga las manos a Pablo. Cuando ese fiel discípulo lleva a cabo esta misión, dice: “Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino…” (Hechos 7:59; 9:11-17).

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Episodios

El arca, figura de Cristo, abrió un camino a través del Jordán, el río de la muerte. En el río se levantan doce piedras que representan las doce tribus; se quedarán allí indicando la posición de aquellos que se hallan unidos a Cristo en su muerte.

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Este es mi Hijo amado

Era necesario que ese amor del Padre por el Hijo fuera proclamado públicamente y que los suyos estuvieran conscientes de ese amor.

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Getsemaní, el huerto de la noche

“Llegó el día de los panes sin levadura, en el cual era necesario sacrificar el cordero de la pascua” (Lucas 22:7). Después de todas las fiestas de pascua que habían marcado la sucesión de los años desde la salida de Egipto, una última se ofrecería según la ordenanza divina.

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Hacia Jerusalén

En la parábola de Lucas 10, el samaritano “iba de camino” (v. 33); había dejado el lugar de bendición (Jerusalén) para ir al de maldición (Jericó), figura del Salvador que se había humillado a sí mismo para llegar a ser obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, a fin de socorrer a los miserables caídos a lo largo del camino.

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Hijo unigénito

El Hijo unigénito (Monogenes, eingeborene Sohn, only-begotten Son), Aquel a quien Dios “ha dado” (Juan 3:16), “su don inefable” (2 Co­rintios 9:15). Él es Hijo:

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Jesús

Al anunciar el milagroso nacimiento del niño, el ángel había dicho a María: “Llamarás su nombre Jesús” (Lucas 1:31), o sea, Jehová Salvador. Más tarde, ante la inquietud de José, un ángel del Señor se le aparece en sueños y repite: “Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).

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Junto al mar

“Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar” (Mateo 4:18). ¿Le vemos nosotros recorrer así la ribera? Los dos hombres dejaron sus redes, fuente de sus recursos, y le siguieron; Jesús les haría pescadores de hombres.

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La justificación

El pecador debe ser declarado justo; de lo contrario, será condenado.

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La reconciliación y la propiciación

La reconciliación es una de las bendiciones que nos concede la obra de Cristo; la propiciación es el lado de Dios. a)  La reconciliación

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La redención

Éramos esclavos del pecado y de Satanás. Por lo tanto, teníamos que ser libertados.

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La remisión de los pecados y la purificación

El pecado es presentado de dos maneras distintas: como deuda, por ejemplo en las parábolas; y como contaminación, representada por la lepra. Al aspecto de la deuda, le corresponde la remisión de las culpas, el perdón; al de la contaminación, le corresponde la purificación. a)  Remisión – perdón

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La salvación

“El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).

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La vida eterna

“Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo…, y juntamente con él nos resucitó” (Efesios 2:5-6; véase también Colosenses 2:13 y 3:1). El nuevo nacimiento nos ha hecho empezar una nueva vida. Somos hechos “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). Podemos, entonces, andar “en vida nueva” (Romanos 6:4).

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Las pescas milagrosas

En Lucas 5 Pedro, quien ya se había encontrado con Jesús a orillas del Jordán, conoce su poder y encuentra en él a su Salvador. Ante el milagro, exclama: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador”. Pero Jesús no se apartó. No rechazó al pecador que estaba de rodillas ante él; al contrario, le dijo: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”.

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Las travesías

Al atardecer de una jornada, después de que el Señor enseñó a la multitud anunciando la Palabra “conforme a lo que podían oír”, dijo a sus discípulos: “Pasemos al otro lado”. Iban a cruzar el mar, símbolo de toda la agitación de las circunstancias de la vida, pero Jesús estaba con los suyos. ¿Por qué temieron ante el viento y las olas, y no tenían fe?

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Mi Señor

María Magdalena lloraba por la desaparición de su Señor (Juan 20:13). Cuando por fin, Tomás cree que ha resucitado, dice: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28). Pablo habla de “la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Filipenses 3:8). Conocerle como Salvador da la paz con Dios, pero nos obliga en la práctica a decirle “Señor mío”, y a obedecerle en todo.

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