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Aporte del Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento nos ayuda en lo concerniente a este tema. Aunque en él no se menciona el partimiento del pan, podemos aplicar los principios que Dios dio a su pueblo terrenal. 1 Corintios 10:18 nos autoriza a utilizar el Antiguo Testamento para ayudarnos con este asunto. Aquí Pablo escribe: “Mirad a Israel según la carne”.
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Aporte del Nuevo Testamento
La costumbre de los primeros cristianos también confirma esta práctica. Por ejemplo, en ninguna parte vemos que durante uno de sus viajes el apóstol Pablo partiera el pan con sus compañeros, fuera de una asamblea local. Al contrario, en Hechos 20:7 vemos que, aunque tenía mucha prisa, esperó siete días en Troas para partir el pan con los hermanos de la asamblea local allí.
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Caer de la gracia
Ahora quizás alguien diga: «En Gálatas 5:4 leemos que algunos habían caído de la gracia. ¿Qué, pues, significa esto?». Significa lo que textualmente dice: no han caído de la vida, sino de la gracia.
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Carencia de fuerza propia para conseguir la paz
Un amigo mío entró cierto día en un vagón de ferrocarril en el cual se mantenía una acalorada discusión religiosa. Cuando mi amigo hubo tomado asiento, uno de los presentes le dijo, poniéndole amistosamente su mano sobre la rodilla: «Decíamos aquí que, para entrar en el cielo, es necesario ser bueno y practicar el bien».
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Comer y beber
Con respecto al pan encontramos dos afirmaciones: la primera es que el pan se parte, la segunda es que se come (1 Corintios 10:16; 11:26). En cuanto a la copa solo se nos dice que bebemos de ella. ¿Cuál es la diferencia entre partir y comer el pan? El Señor Jesús tomó el pan, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciéndoles que comieran de él.
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Con amor y fe
La oración tiene su origen en un llamamiento de Dios. No somos nosotros los que tomamos la iniciativa para orar, es Dios quien nos llama a orar. Orar es, pues, una gracia que Dios nos concede. Dios no cesa de dirigirse hacia nosotros y nos invita a ir a él y amarlo.
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Con el corazón y el entendimiento
Cuando oramos, debemos hacerlo con el corazón (Marcos 7:6). No se trata de caer en el sentimentalismo, sino de expresar las necesidades reales y sentidas. Las palabras no siempre expresan lo más profundo de nosotros mismos, incluso pueden encubrir una negativa de abrirse a Dios. Uno no ora con las ideas, sino con su persona. No con lo que uno sabe, sino con lo que vive.
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Condiciones favorables para la oración
La sobriedad y el ayuno: privarse para estar más disponible para Dios Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto (Mateo 6:6).
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Conscientes de nuestra necesidad
Una de las primeras condiciones para orar es ser conscientes de nuestra necesidad. Aquel que dice: “Yo soy rico… y de ninguna cosa tengo necesidad” (Apocalipsis 3:17), no siente la urgencia de invocar a Dios. En cambio, el creyente que se da cuenta de su pobreza espiritual se acerca voluntariamente al Padre.
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Consejos finales
Y ahora, para concluir, el consejo que les doy a todos los creyentes es: «Caminen todos los días dependiendo de Dios». Pero les diré que hace poco, al hacer la misma exhortación, un amigo mío la rectificó así: «Caminen todas las horas —o a toda hora— dependiendo de Dios». Esto me sugirió lo siguiente: «Anden todos los minutos (esto es: siempre) en la dependencia y comunión con Dios».
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Creer en el nombre del Hijo de Dios
Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna (1 Juan 5:13).
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Criterios bíblicos
Ahora surge la pregunta: ¿Según qué criterios se puede admitir a una persona a la Mesa del Señor? En otras palabras: ¿Qué normas da el Señor para admitir a alguien en el partimiento del pan? Hay ciertas condiciones que deben cumplirse, y también hay obstáculos que impiden una admisión. Repetimos: no somos nosotros los que fijamos los criterios, sino el Señor.
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Cuarta respuesta: Anunciar su muerte
Partimos el pan y bebemos la copa para anunciar la muerte del Señor. Dicho pensamiento está estrechamente relacionado con la Cena del Señor tal y como se presenta en 1 Corintios 11. Allí Pablo escribe:
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Dar crédito a la carta de Dios
Ustedes tienen una carta enviada por Dios y, sin embargo, desde hace muchos años están llevando una carga de dudas y temores. Lean por favor esta carta. ¿Pueden darle crédito? Si es así, arrojen al suelo su carga y digan: «No la volveremos a cargar. En vez de ser miserables pecadores, somos hijos de Dios».
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Dediquémonos al Libro más importante
Estamos seguros de que no haremos progresos espirituales si no somos personas dedicadas al Libro más importante y desconocemos, por lo tanto, nuestras Biblias. Dios se reveló a nosotros por medio de un solo Libro, y nuestro privilegio consiste en leerlo, conocerlo y amarlo.
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¿Dentro o fuera?
¿Pueden decir ustedes que aman a Dios de todo corazón? ¿Pueden afirmar que Cristo es para ustedes el señalado entre diez mil? ¿Están perdonados todos sus pecados? ¿O pueden únicamente decir: Hemos sido bautizados, vamos a la iglesia y tomamos la comunión?
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Dignamente
La forma en que un creyente participa en el partimiento del pan se puede expresar en una frase: ¡debe hacerlo dignamente! El apóstol Pablo tuvo que reprender a los corintios porque algunos de ellos comían el pan y bebían la copa “indignamente”. Censuró este mal comportamiento porque no estaba en armonía con lo que representa la Cena.
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Dos aspectos diferentes
Por supuesto, para explicar lo concerniente al partimiento del pan, el apóstol Pablo no utiliza un solo pasaje, sino dos, y con justa razón. Si comparamos los dos pasajes, vemos dos aspectos distintos de una misma cosa. 1 Corintios 10 nos habla de la Mesa del Señor, y 1 Corintios 11 presenta la Cena del Señor. Los dos pasajes hablan del partimiento del pan.
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El castigo es educativo
Ahora bien, en la Sagrada Escritura, éste es el sentido de la corrección. No todo es castigo; una gran parte de ella es educación. Incluye al castigo, por cuanto es necesario, porque el castigo es educativo.
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El creyente ha nacido de nuevo
Ahora bien, una persona que es verdaderamente cristiana ha nacido de nuevo; y el deseo de su naturaleza es llevar una vida santa que agrade a Dios. Hay dos cosas en el cristiano: una naturaleza mala y corrompida —la carne— y el Espíritu Santo. La una se opone constantemente al otro, resultando de esto que no hacemos las cosas que de otro modo llevaríamos a cabo:
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El Espíritu mora en los creyentes
Entre los creyentes del Antiguo Testamento y los del Nuevo, existe una diferencia parecida a la que hay entre los barcos de vela y los de vapor. Los creyentes de los tiempos del Antiguo Testamento son como barcos de vela; los del Nuevo Testamento como los vapores. El Espíritu de Dios vino sobre los creyentes antiguos, mientras que ahora el Espíritu mora en los creyentes.
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El Espíritu Santo es el poder que necesitamos
Por último, permítanme que les diga que si como cristianos desean disfrutar de gozo y de felicidad en su carrera, no deben esperar más para confesar sus faltas a Dios. Confiesen sincera y claramente el delito del que son culpables. Pero no digan: «Nunca más haré tal cosa», porque nuestras resoluciones no merecen confianza alguna.
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El infinito precio de la liberación
Voy a servirme de una pequeña ilustración, pues estoy seguro de que contiene toda la sustancia del asunto. Un conocido predicador, empleando un lenguaje muy gráfico, comparaba este mundo con una descomunal cárcel de formidables murallas y pesadas puertas de hierro. La Misericordia –decía él– miró desde el cielo y le dio mucho pesar ver a los prisioneros.
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El pan y la copa
La Cena del Señor consta de dos elementos, el pan y la copa. Así lo instituyó el Señor Jesús. Estos dos elementos también se encuentran en 1 Corintios 10 y 11. Son símbolos sencillos, pero tienen un significado profundo. El Señor Jesús mismo explica lo que significan:
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