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La admisión a la Mesa del Señor

La solicitud por la gloria del Señor debe presidir en la admisión de alguien a la Mesa del Señor. Se reconoce a una persona como hijo de Dios por lo que demuestran, no solamente sus palabras –“si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos” (Romanos 10:9)–, sino también por su conducta.

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La confianza de Pablo

Ahora Pablo nos muestra cómo era superior a todas las circunstancias por las que atravesaba: “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación… Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (v. 11-13). Se oye decir que todo lo podemos en Cristo, como una especie de verdad absoluta. Pero pregunto: ¿Lo puede usted todo? No, no lo puede.

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La cruz y el pecado

Aquellos que solo piensan en las cosas terrenales son enemigos de la cruz de Cristo, decía el apóstol llorando. ¿Qué era la cruz? Ella había juzgado todas esas cosas. El Hijo de Dios –la fuente, la raíz, la planta que despliega toda gloria, Cristo– no encontró más que la cruz en este mundo. “El mundo no me verá más” (Juan 14:19).

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La disciplina

La “disciplina” de la asamblea para con “los que están dentro”, como dice el apóstol, también es indispensable (1 Corintios 5:12). Consiste en aconsejar, advertir, reprender si es necesario, antes de llegar a la triste obligación de “juzgar”.

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La escuela de la humildad

No diga: Pablo era un apóstol, era un hombre extraordinario, un vaso elegido que estaba muy por encima del mal que me atormenta. No, Pablo tenía un aguijón en la carne mientras escribía y, si bien el aguijón no fue el poder, le infundía el sentimiento de su nulidad cuando la potencia podía actuar. El Señor no quiso quitar el aguijón cuando Pablo le suplicó que lo hiciera.

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La esfera de administración de la asamblea

La asamblea tiene el derecho de velar sobre las relaciones entre los individuos. Mateo 18 nos la indica como siendo la más alta instancia en la tierra a la cual pueda recurrir un hermano ofendido por otro. Ella no podría desinteresarse de la buena armonía entre miembros del Cuerpo de Cristo.

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La excelencia de sus prerrogativas

Cuando hablamos de funciones, y de los deberes que dimanan de ellas, deberíamos decir más bien «privilegios». Los santos del Antiguo Testamento no los conocieron, porque, para que fuese manifestado este tesoro, era menester que Cristo hubiese sido ya glorificado.

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La fe aplicada a la paz del alma; y la fe como poder para caminar

Cuando hablamos de fe, podemos considerarla como la fe en un testimonio; por ejemplo, cuando alguien me cuenta algo y creo lo que esa persona me dice. Pero también puedo tener fe en esa persona de otra manera: poniendo mi confianza en ella; a menudo confundimos estas dos cosas.

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La fe, el principio vital

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve… Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía (Hebreos 11:1-3).

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La gracia y el amor del Modelo

Él era sencillamente siempre el mismo, perfectamente sensible a todas las cosas, pero nunca gobernado por ellas, siempre en medio de ellas con el poder de su propia gracia. Nunca le vemos insensible. Cuando vio a las multitudes, fue movido a compasión hacia ellas, y, cuando vio el ataúd en el que era llevado el hijo único de la mujer viuda, “se compadeció de cella” (Lucas 7:13).

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La humildad, fruto de la gracia

Pero abordemos ahora el segundo capítulo. La gracia que nos asocia a Cristo es maravillosa: se nos exhorta a tener el mismo sentimiento que hubo en Él (v. 5). La Escritura nos presenta aquí la humildad de la vida cristiana, así como en el capítulo siguiente nos muestra la energía de tal vida.

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La iglesia dirigiéndose a Dios

En el ejercicio de esas funciones colectivas, entre las preciosas prerrogativas de la Asamblea de Dios que hemos considerado precedentemente, la oración colectiva y la adoración colectiva representan las actividades por las cuales la asamblea se dirige a Dios, le habla a Dios.

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La libertad y la dependencia

Séanos aun permitido insistir sobre este punto. La ausencia de clero y de ministerio oficial no significa, de ninguna manera, una especie de democracia religiosa donde cada uno tiene todos los derechos. Nadie tiene derechos sobre sus hermanos, pero cada uno tiene deberes que el Señor le asigna.

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La oración

Es la oración en común o colectiva la que, en Mateo 18, se halla asociada a la promesa de la presencia de Jesús, y esto le da su valor. Por eso es inconcebible que una asamblea local no tenga reuniones de oración, lo mismo que un creyente no ore individualmente. Sería negarse a venir a la fuente.

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La resurrección de entre los muertos

La expresión “la resurrección de entre los muertos” es, en el texto original, una frase muy particular que no se encuentra en ninguna otra parte en el Nuevo Testamento. Esta resurrección –la resurrección de entre los muertos– es una verdad de un alcance inmenso. Cristo es “las primicias”, no de los malvados muertos, por supuesto. ¿Qué fue la resurrección de Cristo?

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Las asechanzas de Satanás

Satanás se atraviesa en nuestro camino aun hoy. Ustedes no darán dos pasos –después de haber oído la Palabra de Dios– sin que el diablo intente arrebatarles el fruto que hayan logrado. Hará lo posible para despertar en ustedes el orgullo e impedirles así que manifiesten ese carácter de Cristo que ocupa nuestra atención en este momento.

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Las divisiones

Nada hay más sencillo, en verdad, que el principio del funcionamiento de una asamblea fundada sobre la unidad del Cuerpo de Cristo. Su aplicación, en cambio, ha llegado a ser de las más delicadas en la actual confusión eclesiástica.

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Las reuniones de edificación

Cuando la asamblea se halla reunida para la edificación, el Señor es quien da. Obra por medio de los “dones” calificados para ello. Estos son llamados a ser, no la boca de la asamblea, con igual privilegio que los demás, para hablar a Dios, sino la de Dios para hablar a la asamblea (1 Pedro 4:11). Esta acción puede ejercerse en todas las reuniones.

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Lo que permanece

Lo que tienen que hacer los creyentes de hoy es obedecer a la Palabra tal como hicieron los primeros cristianos, aquella Palabra que los apóstoles, ya desaparecidos desde hace mucho tiempo, dejaron transmitida fielmente según la inspiración divina que habían recibido.

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Los cargos

El Nuevo Testamento habla repetidas veces de hermanos llamados a ocuparse de la iglesia o asamblea local como “ancianos” u “obispos” (vigilantes, supervisores, sobreveedores), y como servidores o “diáconos” (Hechos 11:30; 14:23; 20:17, 28; Filipenses 1:1; 1 Timoteo 3; Tito 1; 1 Pedro 5:1; Santiago 5:14, y también Hebreos 13:17).

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Los comienzos

La formación de la Iglesia empezó el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo, descendiendo sobre la tierra, llenó de sí mismo a los apóstoles. Pedro fue el primero que recibió la potencia para anunciar el Evangelio que proclama la resurrección y la gloria de Jesús.

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Los dones espirítuales

La Iglesia o Asamblea no podría, en efecto, vivir sin el ejercicio de lo que la Palabra llama los “dones espirituales” (o de gracia).

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Los Evangelios

Los evangelios narran la vida del Señor y le presentan a nuestros corazones

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Los Hechos y las epístolas

Los Hechos narran el establecimiento de la Iglesia por el Espíritu Santo venido del cielo, luego los trabajos de los apóstoles en Jerusalén o en Palestina y los de los otros obreros del Señor. Nos hablan especialmente de la obra de Pedro, luego acerca de la de Pablo, y terminan por el relato del rechazo del evangelio de Pablo por parte de los judíos de la dispersión.

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