Tito

Tito 1

Capitulo 1

Versículos 1-4: “Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad, en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos, y a su debido tiempo manifestó su palabra por medio de la predicación que me fue encomendada por mandato de Dios nuestro Salvador, a Tito, verdadero hijo en la común fe: Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo nuestro Salvador”.

Tal es el primer pasaje capital de nuestra epístola. Como lo hemos dicho, estos cuatro versículos resumen y condensan en pocas palabras el tema inagotable de las grandes verdades del cristianismo.

En primer lugar aprendemos que la fuente de estas bendiciones se halla en Dios mismo. Él nos es presentado en primer lugar en su carácter absoluto, como Dios; después como el Dios verdadero que no puede mentir; luego como el Dios Salvador que se revela como tal a seres perdidos; y, finalmente, como Dios Padre, el Dios de amor. Pero en Jesucristo, nuestro Salvador, tenemos la revelación de todo lo que Dios es para nosotros

Pablo, siervo y apóstol

El apóstol Pablo es el instrumento de esta revelación. Se llama a sí mismo siervo de Dios. Este título sólo lo hallamos dos veces en las epístolas (aquí y en Santiago 1:1) y algunas veces en el Apocalipsis, mientras que el de siervo de Cristo es más frecuente. Ser siervo de Dios supone una dependencia absoluta, el temor y el temblor en el ejercicio de sus funciones, el respeto por cada palabra salida de la boca de Dios, el profundo sentimiento de nuestra responsabilidad. Al mismo tiempo, el gran apóstol de los gentiles está situado, por su calidad de siervo, en la más baja y humilde de las posiciones. Esta actitud debía ser un ejemplo para Tito, el cual acababa de ser llamado a ocupar un lugar de honor. Y, si el apóstol tenía una posición tan humilde y dependiente, ¡cuánto más debía serlo la del discípulo! Como siervo de Dios, Pablo no se pertenecía a sí mismo. Lo que Dios espera de su siervo es una obediencia sin reserva, una fidelidad escrupulosa para cumplimentar el mensaje que le ha confiado el Señor (Amo) a quien pertenece. Pero este solemne mensaje no tiene nada de amenazador ni espantoso, pues aquel que lo administra a los demás es siervo de “Dios nuestro Salvador”.

Por ello, Pablo también se intitula “apóstol de Jesucristo”. Si Dios ha puesto la verdad entre sus manos, Cristo lo envía para darla a conocer y difundirla. Esta misión sitúa a Pablo en una relación particular con Cristo, como su apóstol, enviado por él para ofrecer al mundo las verdades que Dios tenía en vista desde la eternidad, verdades que eran ofrecidas a los hombres para que fueran su parte en virtud de la obra de Cristo. Por eso Pablo puede decir: “El Señor Jesucristo nuestro Salvador”, el autor de la salvación que formaba parte, en todo tiempo, de los planes del Dios de amor. Pablo habla de esta salvación como de algo propio. Puede decir: Cristo no es solamente el Salvador, sino que es mi Salvador y el de todos los que creen en él: nuestro Salvador. La salvación nos fue adquirida por Jesucristo. Él mismo se hizo siervo de Dios para adquirírnosla y nuestro servidor para aplicárnosla después de haberla realizado (Filipenses 2:6-8). Consideremos ahora en qué consiste el ministerio del apóstol.

La fe de los escogidos

Su apostolado nada tiene en común con los principios del judaísmo. Es enteramente independiente de la ley. Es según la fe de los escogidos de Dios.

No se dirige a la carne, ni a la voluntad del hombre, sino a la fe, en contraste con la ley. Además, excluye por completo el principio judío de un pueblo establecido sobre la base de una descendencia carnal. Sin duda, esta descendencia estaba establecida en su origen sobre la fe de Abraham solo, dejando subsistir las relaciones según la carne con el pueblo salido de él. Pero este pueblo en la carne, llamado a someterse a la ley, perdió por su desobediencia todo derecho a ser reconocido como el pueblo de Dios, y más tarde sólo hallará este título sobre la base –como nosotros– de la fe de los escogidos.

El apostolado de Pablo se dirigía a la fe individual y no a un pueblo privilegiado, producto de una descendencia terrenal. Los que recibían esta fe eran los escogidos por Dios, a quienes él tenía en vista desde la eternidad como su pertenencia, quienes, salvados por la fe, constituían desde entonces, mediante su reunión, un pueblo celestial.

Estas dos cosas –la fe y la elección– caracterizan al cristianismo de una manera absoluta, en contraste con el judaísmo. Tanto la una como la otra dependen exclusivamente de la gracia y no de la ley.

La verdad ¿qué es?

El segundo tema del apostolado de Pablo era “el conocimiento de la verdad que es según la piedad”.

Era la verdad, nada menos que la verdad íntegra la que daba a conocer. ¿Qué es, pues, la verdad? Es, como lo hemos hecho notar en otro lugar, la plena revelación de lo que Dios es (de su naturaleza), de lo que dice (de su palabra) y de lo que piensa (de su Espíritu); en otros términos, la revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Lo que Dios es nos es revelado en Cristo, en quien toda la plenitud de la Deidad habita corporalmente (Colosenses 2:9). En Cristo conocemos a Dios como Aquel que es luz y amor.

A continuación, la verdad es lo que Dios dice, es decir, su Palabra. Jesús dice:

“Tu palabra” –– “es verdad”
(Juan 17:17).

Esta Palabra nos fue traída por Cristo. Es, pues, a la vez, lo que Dios es y lo que Dios dice. En el evangelio de Juan, el cual lo presenta como Hijo de Dios, dice continuamente: “Yo soy”. Cuando los judíos le preguntan: “¿Tú quién eres?”, les responde: “Es precisamente lo que os estoy diciendo” (Juan 8:25, versión Nacar-Colunga). La identificación absoluta en Cristo de estos dos lados de la verdad: lo que Dios es y lo que dice –Su naturaleza y Su Palabra– nos son presentados en este pasaje. En Cristo (por el Hijo) Dios nos ha hablado, en contraste con la manera fragmentaria en que había hablado en otro tiempo por los profetas (Hebreos 1:1), presentando a través de ellos una parte de la verdad, mientras que en Cristo, que es la Palabra, Dios la presenta ahora en su totalidad. El cristianismo es la suprema y única expresión de la verdad, porque la verdad nos es dicha “por el Hijo”. Vino por él, no por Moisés, porque vino por una persona que es en sí misma la verdad, tal como la Palabra nos la revela.

La verdad es, en fin, el pensamiento de Dios sobre todas las cosas. Este pensamiento está en Cristo, y el Espíritu le da testimonio, pues “el Espíritu es la verdad” (1 Juan 5:6). Da testimonio de que la vida eterna está en Cristo y que nos ha sido adquirida por su sacrificio.

La verdad halla, pues, su perfecta expresión en Cristo, pues él mismo es la Verdad: “Yo soy… la verdad”, dice (Juan 14:6). Bajo el régimen de la ley, Dios no revelaba todos sus pensamientos. No se daba a conocer como el Dios de amor; a lo sumo, la revelación que Jehová dio respecto de sí, bajo la ley, fue acompañada de la proclamación de su misericordia (Éxodo 34:6). Bajo la ley, tampoco reveló al hombre su estado de perdición, pues la ley suponía la posibilidad de que el hombre obtuviera la vida obedeciendo a los mandamientos de Dios. Jehová tampoco revelaba sus pensamientos en cuanto al mundo, pues, bajo la ley, el mundo no estaba presentado todavía como definitivamente sometido a Satanás y condenado –ni tampoco los revelaba en relación con el cielo, pues, como el hombre era pecador, el cielo le estaba cerrado y la ley sólo podía prometerle una bendición terrenal. Ni el mismo Dios estaba manifestado bajo la ley, pues quedaba oculto en una profunda oscuridad detrás del velo. Tampoco se trataba, bajo la ley, de un sacrificio que pudiera quitar los pecados y, de una vez para siempre, reconciliar al pecador con Dios.

En resumen, el conocimiento de la verdad era desconocido bajo la ley, salvo de una manera parcial. En su plenitud, este conocimiento pertenece exclusivamente al cristianismo.

Pero notemos aquí un segundo punto: este conocimiento de la verdad es según la piedad.

Definición de la piedad

La piedad es el mantenimiento de relaciones habituales entre nuestra alma y Dios, mantenimiento extraído del conocimiento de la verdad. “El misterio de la piedad” en 1 Timoteo 3:16 no es otra cosa; es el secreto por el cual la piedad es producida, por el cual el alma es conducida a gozar de sus relaciones con Dios y mantenida en ese estado. La verdad, como lo hemos visto, se resume íntegramente en una sola persona: Jesús, Dios manifestado en carne. Sólo él nos ha hecho conocer a Dios y nos pone en relación con él. Por lo cual el gran misterio de la piedad se resume en el conocimiento de Cristo solo: “Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Timoteo 3:16). El conocimiento de la verdad, si no tuviera la piedad por resultado, conduciría al hombre a su condenación eterna, pues ella no le pondría jamás en relación con Dios. En lugar de poseer la verdad que es según la piedad, puede poseérsela viviendo en la iniquidad (Romanos 1:18, versión Darby), y el hombre que la posee así será el objeto de la cólera de Dios en lugar de ser el objeto de Su favor.

La vida eterna

El apostolado confiado a Pablo tenía por base la esperanza de la vida eterna. Esta esperanza es una certidumbre que nada tiene de vago ni de incierto como la esperanza humana, pues pertenece a la fe. La vida eterna había sido prometida por Dios mismo antes del comienzo de los tiempos de los siglos. Entonces, ¿cómo podía Dios mentir a su propia promesa eterna? ¿No ha dicho, acaso:

Yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá?
(Isaías 46:9-10).

Los “escogidos de Dios” poseen ya esta vida por la fe en un Cristo muerto (Juan 6:54). “Éste es el verdadero Dios y la vida eterna”. Quien cree en Él tiene esta vida, no la vida humana perecedera, sino una vida espiritual sin fin, la vida de Dios, una vida capaz de conocerle, de gozar de él, de tener comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Tal es “la vida eterna”. Sin duda, todo el tiempo que el creyente esté en esta tierra, el gozo de esta vida será imperfecto, pero muy pronto comprobaremos todo su valor en la gloria, cuando le veamos a él, nuestra vida, y seamos semejantes a él; cuando conozcamos como somos conocidos; cuando gocemos de las inefables delicias de una comunión perfecta e ininterrumpida con él, el objeto de nuestra esperanza.

Tal es la doctrina cristiana, la esencia misma del cristianismo. Ciertamente podemos exclamar con el apóstol: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!”. Sí, ¡cuán infinitas son estas riquezas! ¡Qué objeto nos da el cristianismo! ¡Qué seguridad! ¡Qué gozo actual! ¡Qué felicidad y qué paz en nuestras relaciones con Dios! ¡Qué gozo cabal en su comunión! ¡Qué certidumbre sobre el porvenir! ¿Existe algún conocimiento que pueda ser comparado con el que nos proporciona el Evangelio?

El tiempo de revelar

“Y a su debido tiempo manifestó su palabra”: En contraste con “antes del principio de los siglos” existe un “tiempo apropiado”. Este tiempo es el actual; es el día de hoy, en el cual Dios ha manifestado plenamente todo el consejo de su gracia, del cual acabamos de hablar. Este “tiempo apropiado”, Dios lo había determinado de antemano y actualmente ha aparecido. Ha sido inaugurado por un hecho único en la Historia, el valor del cual no tendrá otro límite que la misma eternidad: hablamos de la cruz de Cristo y de la resurrección del Hijo de Dios de entre los muertos. Allí todo el consejo de Dios en relación con nosotros ha sido plenamente manifestado. El velo que nos separaba de Dios está rasgado, el acceso ante él está abierto a la plena luz, la relación con él, como nuestro Padre, está establecida para siempre, la herencia ha sido proclamada como nuestra parte con Cristo en la gloria… y todo esto por él y en él.

Nada parecido fue anunciado ni conocido antes. La Palabra de Dios, la cual no puede mentir, ha sido manifestada ahora. Los pensamientos eternos de Dios existían hasta aquí en el misterio de sus consejos, y son ahora conocidos, y la predicación de esta Palabra fue confiada a Pablo. ¡Qué inmensa importancia tenía, pues, su apostolado! Desde entonces la Palabra de verdad está completa (Colosenses 1:25). Su predicación era un mandamiento, y nosotros sabemos cómo lo obedeció el apóstol. Pero este mandamiento no tenía ningún parecido con la ley, pues era, no Jehová el Dios del Sinaí, sino el Dios Salvador que se revelaba en tiempo conveniente por la Palabra cuya predicación era confiada al apóstol.

Pablo dirige su epístola a Tito (v. 4). Éste era el verdadero hijo del apóstol. Había sido engendrado según la verdad y había recibido ésta sobre el mismo pie que su padre espiritual, es decir, sobre la base de la fe. Esta fe era, pues, común a Pablo y a Tito (al judío y al gentil), pero Pablo había sido el instrumento para comunicarla a este último.

Dios el Padre y el Señor Jesucristo, Salvador nuestro, el amor divino y la gracia divina, se unen para hacer llegar a Tito un gozoso mensaje de favor y de paz como bendiciones actuales, las cuales eran su parte, así como la del apóstol, quien tenía el mismo Salvador que su discípulo.

La misión de Tito

Versículos 5-9: “Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé; el que fuere irreprensible, marido de una sola mujer, y tenga hijos creyentes que no estén acusados de disolución ni de rebeldía. Porque es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios; no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino hospedador, amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo, retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen”.

Acabamos de ver cuáles son las bases del cristianismo: la fe de los escogidos, la verdad según la piedad, la vida eterna, la Palabra de Dios y, finalmente, la predicación que extrae estas cosas de la Palabra. Todos estos temas están comprendidos en lo que es llamada “la sana doctrina”. Los versículos 5 a 9 que hemos citado tratan del buen orden en la Asamblea, pero el buen orden no puede tener lugar sin la sana doctrina y la enseñanza que la presenta. Es lo que hemos hecho resaltar desde el principio de este escrito.

Esta enseñanza es confiada a todos aquellos a los cuales Dios confió una responsabilidad especial en la asamblea: en primer lugar a Tito (cap. 2:1); a los ancianos (cap. 1:9); a las mujeres ancianas, en una medida ciertamente muy limitada (cap. 2:3); a los jóvenes (cap. 2:7). En fin, la enseñanza tiene su modelo perfecto en la gracia que se manifestó en Jesús (cap. 2:11-12).

La administración confiada a Tito consistía en establecer, ajustar y mantener el buen orden en las asambleas de Dios en Creta, mientras que la que había sido confiada a Timoteo en la asamblea de Éfeso consistía en velar de una manera especial sobre la doctrina, a fin de que no fuera falseada. La administración confiada al apóstol Pablo era infinitamente más amplia que la de sus delegados: le estaba ordenada la administración del misterio de Cristo en este mundo (Efesios 3:2, 9; 1:10; 1 Corintios 9:17), del misterio escondido desde los siglos, mas revelado ahora por el Espíritu. Este misterio consistía en la unión, en un solo cuerpo, de la Iglesia con Cristo. Pablo debía hacer conocer a la Asamblea su posición y vocación, y la gerencia de este misterio era inseparable de un trabajo incesante y una vigilancia continua, pues el apóstol deseaba presentar a Cristo su Esposa como “una virgen casta”.

En cuanto a Tito, se trataba más bien, aunque no exclusivamente, de mantener las relaciones individuales de los cristianos entre sí. En este aspecto, quedaban muchas cosas por resolver, entre las cuales estaba la de establecer ancianos.

El papel de los ancianos

El asunto de los ancianos, esgrimido tantas veces por los que defienden el clero en las iglesias protestantes y puesto en claro a la luz de la Palabra, parece que en lo sucesivo es cosa resuelta para cualquiera que sea sumiso a la autoridad de las Escrituras, de manera que parece inútil tratarlo nuevamente, por lo que nos limitaremos a resumirlo.

Los ancianos –nombre idéntico al de obispos y presbíteros– quedan cuidadosamente diferenciados de los dones del Espíritu o de los dones concedidos por Cristo glorificado a su Iglesia. La identificación de estos dones con los cargos de obispo (o vigilante) y de diáconos (o servidores) es un signo de la ruina de la Iglesia y muy pronto caracterizó a la misma después del abandono del primer amor. Los ancianos, así como los diáconos, son cargos locales (es decir, no van más allá de las circunstancias de una asamblea local). Estos cargos existían, no de manera oficial, pero sí en la realidad práctica, en las asambleas salidas del judaísmo, mientras que en el caso de las asambleas de los gentiles eran constituidos por el apóstol o sus delegados. Puede ser que haya habido otros, pero solamente dos de estos delegados –Timoteo y Tito– son mencionados en las epístolas como enviados por el apóstol Pablo. En todo caso, sólo estamos autorizados a reconocer a los que la Palabra menciona. Tito es el delegado al que se refiere nuestra epístola.

Los dones existirán hasta el fin (Efesios 4:11-14). Sin embargo, nunca se dice tal cosa de los cargos. Su actual ausencia (pues de ninguna manera reconocemos ancianos instituidos en flagrante contradicción con la Palabra de Dios), es una prueba tan palpable de la ruina de la Iglesia como de su institución sin la aprobación de las Escrituras. En efecto: ¿Dónde hallamos ahora la autoridad para establecerlos? Sin duda alguna, el Señor pone en el corazón de los suyos, allí donde éstos se reúnen según su Palabra, el deseo de responder a la vigilancia que se precisa en las asambleas, pero todo establecimiento o consagración de ancianos de manera distinta a la que enseña la Palabra está en contradicción con el pensamiento del Espíritu de Dios. Los cristianos sumisos a la Palabra se atendrán estrictamente, en lo tocante a este punto como a otro cualquiera, a la enseñanza que ella nos da.

El don y el cargo local pueden existir en el mismo individuo, pero jamás son confundidos en la Escritura. De una forma u otra, todos los ancianos eran considerados pastores del rebaño, pero había ancianos que no servían en la administración de la Palabra. Además de las funciones, que consistían en velar sobre la grey y cuidar de ella, los ancianos debían ser capaces de enseñar, de retener firmemente la Palabra según la doctrina, de exhortar según la misma y de refutar a los contradictores, pero trabajar en la Palabra y en la enseñanza no era indispensable a su cargo; de hecho no era su cargo. Considerad 1 Timoteo 5:17, donde está escrito: “Mayormente los que trabajan en predicar y enseñar”.

Hallamos, pues, en los versículos 6-9 las cualidades requeridas para que Tito los pudiera establecer. Se trata en primer lugar (v. 6) de cualidades que llamaremos exteriores, porque ellas pueden ser controladas por todos. Se manifiestan, en el anciano, en la conducta de su casa y en la vida de su familia. Era preciso que, en este aspecto, el anciano fuera irreprensible. ¿Cómo podía reprender a los demás si él a su vez merecía reproches? Debía estar casado, pero no podía tener dos esposas, ya que el tenerlas, si bien no concordaba con el orden divino establecido en la Creación, en aquel tiempo era cosa habitual entre los gentiles y común entre los judíos, quienes despedían a la mujer que no les placía y tomaban otra en su lugar. El anciano debía gobernar según Dios su propia familia (para ser anciano era necesario que tuviera hijos). Si no, ¿cómo podía confiársele el gobierno de la asamblea? Sus hijos debían ser fieles. La fidelidad supone la conversión, la fe, la piedad. Era preciso que no fueran acusados de disolución –es decir, del abandono de sí mismos– y de mala conducta. Tal había sido en otro tiempo el caso de los hijos de Elí. Habían sido causa de tropiezo para su padre, el cual no había sido severo con ellos y “los había honrado más que al Señor”. Por eso sus desbordes de conducta habían traído un juicio terrible sobre ellos y sobre su padre. Los hijos del anciano no debían ser contumaces, es decir, no debían desacatar la autoridad de su padre. Con estos rasgos, el mundo podía apreciar que un orden según Dios era vivido en la familia del anciano.

El versículo 7 nos presenta al anciano en cuanto a sus cualidades interiores y personales. Si debía ser irreprensible en su vida familiar, debía serlo también como administrador de Dios. No era responsable ni ante el apóstol –quien había ordenado su institución– ni ante Tito –quien lo había establecido– sino ante Dios, quien le confiaba la administración de su Casa.

Hallamos aquí, pues, tres grados en la administración: en primer lugar el apóstol, después Tito –su delegado– y finalmente el anciano, pero todos eran responsables ante Dios únicamente. ¡Cuán importante es retener esta verdad! Sea cual fuere la tarea que Dios nos confíe, sólo ante Él debemos responder por su cumplimiento. Las administraciones, como lo hemos visto, son diversas; un anciano no podía usurpar la de Tito, ni Tito inmiscuirse en la del apóstol. Al obrar de tal modo, el uno y el otro habrían dado prueba de una suficiencia y de una independencia de lo más culpables, lo cual habría conducido a un desorden completo en esas diversas administraciones, pero no por ello era menos cierto que la responsabilidad de cada cual (en este caso, la del anciano) era completa y sin atenuante alguno ante Dios, pues se hallaba en una posición subordinada. Esta posición aquí era exterior, sin duda, pero nada hay indiferente cuando se trata de la casa de Dios.

Virtudes de los ancianos

En cuanto a las cualidades personales del anciano, el apóstol señala en primer lugar cinco caracteres negativos.

1.    “No soberbio”: La ausencia de esta cualidad negativa es, por desgracia, demasiado frecuente en los hijos de Dios. No es fácil hacer que ciertos espíritus se retracten de su propia opinión. Este defecto encubre mucha satisfacción de sí mismo, de obstinación y, en el fondo, mucho egoísmo y orgullo con una voluntad propia que no quiere someterse a las ideas de los demás, olvidando que está escrito:

Someteos unos a otros en el temor de Dios
(Efesios 5:21).

Por sí solo este defecto incapacita a un creyente para ser anciano, es decir, para administrar con sabiduría la casa de Dios; por eso le vemos en primer lugar en la lista de lo que descalifica al anciano. Una buena administración no es posible sin la abnegación del que administra.

2.    “No iracundo”: Un hombre iracundo que no tuviera el sabio y tranquilo dominio de sí, ¿cómo gobernaría a los demás?

3.    “No dado al vino”: Aquí no se trata de borrachos, de quienes está escrito que “no heredarán el reino de Dios”, sino de un hábito de intemperancia que se alía a la cólera y a menudo es la causa de ella, como

4.    “Pendenciero”, que es una de sus consecuencias.

5.    “No codicioso de ganancias deshonestas”: Aquí la vergüenza no reside propiamente en el amor al dinero, concupiscencia reprobada en el anciano en 1 Timoteo 3:3, sino en el amor a la ganancia a la cual conduce el amor al dinero. Esta ganancia es señalada con justicia como vergonzosa, porque funciones santas, que sólo deberían tener por móvil una consagración desinteresada por la casa de Dios, son empleadas y aprovechadas para satisfacer bajas concupiscencias. La misma expresión es empleada en 1 Pedro 5:2 en relación con los ancianos: “Cuidando…, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto”. Era vergonzoso ejercer el cargo de obispo con el propósito de sacar un provecho pecuniario. Amar el dinero por el dinero mismo es ya un lazo terrible, el cual predispone para recibirlo de cualquier mano y de cualquier origen.

En el versículo 8 hallamos siete cualidades positivas del anciano. Antes de enumerarlas haré notar que en 1 Timoteo 3:2-4 son exigidas catorce cualidades a los ancianos, mezcladas, es cierto, con las negativas. La lista, pues, es más completa que aquí (dos veces completa, por así decirlo), ya que el número siete desempeña un papel inmenso en la Palabra de Dios desde el punto de vista moral e incluso, como algunos lo han señalado, en la estructura puramente exterior de las Santas Escrituras. Siete es el número completo, el número de la plenitud en relación con la administración divina. Además, en la epístola a Timoteo la dignidad del cargo de anciano es realzada por el número catorce, en contraste con las funciones de los diáconos y las diaconisas, las que sólo son siete.

Volvamos ahora a las cualidades positivas del anciano que están enumeradas en nuestro capítulo.

1.    “Hospedador”: La hospitalidad no puede concordar jamás con la avidez de lucro y la avaricia. En Hebreos 13:2, esta hospitalidad es recomendada a todos los santos por haber tenido a veces como consecuencia el privilegio de albergar mensajeros divinos portadores de bendiciones especiales. En esto, el anciano no debe ni buscar su comodidad, ni temer el desarreglo de sus hábitos ordinarios. Su casa debe estar abierta a todos; debe ser acogedor en el pequeño círculo que es el modelo del gran dominio de la casa de Dios que el anciano administra localmente.

2.    “Amante de lo bueno”: Esto es más que “aborrecer lo malo”. En el último caso, el mal ocupa los pensamientos con el propósito de separarse de él, mientras que en el primero es el bien quien los ocupa, a fin de gozar de él. La consecuencia inmediata es que uno se vincula con gente de bien y tiene comunión con ella.

3. y 4.     “Sobrio, justo”: Un hombre sobrio y justo es reflexivo, ponderado, no se deja guiar por la primera impresión ni por el primer impulso y sabe pesar equitativamente las circunstancias en las cuales se encuentran los demás.

5.    “Santo”: Se trata de la santidad de conducta que agrada a Dios; llevar una vida de la cual Dios es el centro, una vida ordenada y nutrida por él.

6.    “Dueño de sí mismo”: De esta manera, las pasiones de la carne no tienen ocasión de manifestarse y las concupiscencias naturales son reprimidas.

7.    “Retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada”: El deber del anciano consistía en estar firmemente apegado a la Palabra y mantenerla. Era la fiel palabra, según la enseñanza de los apóstoles, palabra cierta, que no engaña jamás, pues es la Palabra del Dios fiel. Pero el anciano no podía ser en principio aquel que enseña, pues él mismo era enseñado por la doctrina confiada a los apóstoles, por las sanas palabras que estaban encargados de comunicar y estas palabras no eran otra cosa que las Escrituras por adelantado, puestas en boca de los apóstoles y que, por eso, debían mantenerlas firmemente. La doctrina, pues, no era otra cosa que la certidumbre de la Palabra, porque ella le estaba asimilada. Se trataba de mantener firmemente la Palabra, la enseñanza que la presentaba y no la doctrina que provenía de ella.

Este apego a la Palabra hace al anciano capaz, tanto de exhortar (a los fieles) mediante una sana doctrina como de refutar a los contradictores (los que se oponen a la doctrina cristiana). La capacidad adquirida por la afección a la Palabra de Dios era una de las cosas necesarias en el anciano. Cuando se trata de mantener el orden en la casa de Dios, las cualidades morales y la conducta personal no son suficientes. Sin duda que, si éstas no existían, no había autoridad moral alguna para la administración, pero, de hecho, ninguna administración es posible si no tiene por base y por regla la Palabra. Estas cosas no eran requeridas a los diáconos en 1 Timoteo 3:8-10, salvo que debían guardar “el misterio de la fe con limpia conciencia”. En este mismo capítulo hallamos dos misterios: el de la fe y el de la piedad. El misterio de la fe es el conjunto de verdades ahora reveladas, que pertenecen a la fe. Se precisaba, pues, para el simple servicio de un diácono, una familiaridad con las grandes líneas de la Palabra, líneas que debían haber alcanzado la conciencia para ser guardadas. Esto daba un sabor particular al más humilde servicio, como servir a las mesas, pero esto preparaba al diácono para estar “lleno de gracia y de poder”, como Esteban, cuando fue llamado a dar un testimonio público ante el mundo.

La responsabilidad del anciano es mucho más amplia que la de los diáconos o servidores, los que, por otra parte, no son mencionados en la epístola a Tito, circunstancia muy explicable, pues era la asamblea la que escogía a los diáconos, los cuales sólo después eran designados por los apóstoles para un servicio particular (Hechos 6:3-5). Para vigilar o mantener el orden se precisa a menudo poder exhortar o refutar a los contradictores. Ahora bien, la base de la exhortación en sí misma es la sana doctrina y aquí tenemos la ocasión de comprobar lo que dijimos al principio: la santidad práctica y una marcha recta y piadosa son inseparables de la sana doctrina y, aunque los hombres piensen lo que sea, aquéllas no pueden existir sin ésta. También por la sana doctrina los recalcitrantes pueden ser reducidos al silencio e impedidos de contaminar a la asamblea oponiéndose a la verdad.

Vemos, pues, qué importancia es concedida a la función del anciano, aunque la esfera de su ejercicio esté limitada a la asamblea local. Este cargo debe ser, en consecuencia, adaptado a las circunstancias locales de la asamblea en la cual se ejerza. Como lo vamos a ver, así era el caso de las asambleas de Creta. Por eso también las cualidades requeridas a los ancianos no eran absolutamente las mismas cuando se trataba de la asamblea de Éfeso en la primera epístola a Timoteo.

Los ancianos no eran, pues, dones del Espíritu Santo caracterizados por la universalidad de su acción, sino que su actividad ordinaria era el resultado práctico de una vida santa, piadosa, consagrada, firmemente adherida a la Palabra. Sin embargo, el cargo de anciano no excluía la posibilidad de que poseyera a la vez un don, así como el diácono. Esto lo vemos en la maravillosa predicación de Esteban en Hechos 7. Es lo que también hallamos en 1 Timoteo 5:17. Vemos en este pasaje que no todos los ancianos trabajaban “en predicar y en enseñar”. Su trabajo en este terreno está señalado como una excepción excelente y digna de un doble honor en cuanto a la ayuda –de la naturaleza que fuera– que debía serles otorgada.

Los contradictores

Versículos 10-16: “Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión, a los cuales es preciso tapar la boca; que trastornan casas enteras, enseñando por ganancia deshonesta lo que no conviene. Uno de ellos, su propio profeta, dijo: Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos. Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe, no atendiendo a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad. Todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas. Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a toda buena obra”.

Los versículos 10 y 11 describen a los contradictores del versículo 9, verdadera plaga de las asambleas de Creta. Tienen tres caracteres:

1.    “Contumaces” (insubordinados): Como no sufren ninguna autoridad establecida sobre ellos, se oponen y se levantan contra toda vigilancia instituida por Dios para mantener el orden en su casa.

2.    “Habladores de vanidades”: A menudo es suficiente una cierta facilidad de palabra que recubra y esconda la nulidad espiritual de estos hombres para atraer creyentes ignorantes, ligeros o mundanos, incapaces, por este hecho, de discernir la finalidad de estos habladores.

3.    “Engañadores”: Son en realidad instrumentos de Satanás, el engañador por excelencia, y órganos del Enemigo para arruinar y destruir la obra de Dios. Estos agentes se reclutaban especialmente entre los que eran de la circuncisión. No hay nada que seduzca tanto al mundo religioso como un sistema legal basado sobre la pretendida capacidad del hombre para hacer el bien. La doctrina de la incapacidad absoluta del hombre pecador no les va bien a estos contradictores. Es preciso cerrarles la boca, no permitirles que ataquen y destruyan la doctrina de la gracia y de la fe en la asamblea. Su acción trastorna casas enteras. Sabemos cuán peligrosa es la autoridad del jefe de familia cuando él mismo cede y se deja llevar, en lugar de resistir a los falsos doctores y a los sediciosos. Hemos podido ver familias enteras que abandonaron en bloque la sana doctrina de la Asamblea de Dios para volver a la enseñanza legalista y convertirse así en nuevos agentes de ruina en lugar de contribuir a la edificación del cuerpo de Cristo.

Estas personas enseñaban lo que no convenía, en oposición a “la sana doctrina” de los ancianos y a la del mismo Tito, quien es exhortado (cap. 2:1) a hablar lo que conviene a la sana doctrina. Lo que no convenía era aquello que resultaba nocivo para la salud moral de los cristianos y que los apartaba de Cristo y de la verdad. Pero había que discernir sus motivos: enseñaban por ganancia deshonesta o torpe ganancia. He aquí, pues, por qué era necesario oponerles ancianos escogidos según Dios y que no tuviesen avidez de ganancia deshonesta (v. 7). Estos hombres sabían que su falsa mercancía sería del gusto de algunos; y así sacaban provecho para sí, fuese cual fuese el lado del cual les viniera el dinero que deseaban con avidez. Abraham habría hecho una torpe ganancia si hubiese aceptado los dones del rey de Sodoma, y también Pedro si hubiese aceptado el dinero de Simón el mago.

Actitud frente a los cretenses

Versículos 12-13: Esos habladores, y entre ellos los miembros del pueblo judío, eran cretenses de origen. Los cretenses tenían también –así como otras naciones– su propio profeta, poeta y moralista, quien en sus obras mostraba un profundo menosprecio hacia sus conciudadanos. Es lo que les sucede habitualmente en el mundo a los moralistas clarividentes que se han consagrado al trabajo de conocer a los hombres. Al final de cuentas, concluyen por tenerlos en muy poca estima, pero no van hasta el menosprecio de sí mismos. No han llegado ante Dios a la conclusión que llegó Job: “Me aborrezco”. Epimenides, filósofo y hombre de Estado, propio profeta de ellos, en el único fragmento que, salvo error, nos ha quedado de él, juzgaba así a sus conciudadanos, 600 años antes de Jesucristo: “Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos”. La mentira, la maldad bestial y la glotonería de los apetitos que buscan satisfacerse sin trabajo y sin fatiga, tal era el retrato de los cretenses; puede que aún sea así. Ese testimonio es verdadero, dice el apóstol. En cuanto al juicio de sus conciudadanos, este hombre había hablado según Dios; poseía la verdad (Romanos 1:18); era un testigo, reconocido por Dios, de la corrupción de los cretenses. ¿Qué conducta debía seguirse en relación con estos hombres? “Repréndelos duramente”, escribe el apóstol a su fiel delegado. Hallamos esta misma palabra griega en 2 Corintios 13:10, donde Pablo habla de usar de “severidad”, conforme a la potestad que el Señor le había dado para edificación y no para destrucción. Se trataba, pues, de usar, en relación con estos “seductores”, de dureza, con autoridad, función que no había sido confiada a los ancianos, sino a Tito, designado por el apóstol, el cual a su vez había recibido directamente esta autoridad de parte del Señor. Era también lo que ya había hecho Pablo más de una vez, incluso con Pedro, apóstol como él, cuando la fe estaba en peligro y la sana doctrina corría riesgo. Pero la reprensión dirigida a esos habladores de vanidades y engañadores tenía también el amor por móvil. Su finalidad no consistía en rechazar a esos hombres molestos y peligrosos, sino de conducirlos al terreno de la sana doctrina para que fueran sanos en la fe. Se precisaba este despliegue de autoridad espiritual para hacerles reconocer las verdades recibidas por la fe. (Tal es aquí, como en otros muchos pasajes, el sentido preciso de la palabra fe, mientras que es más frecuentemente empleada, como en el capítulo 1:1, para designar el estado del corazón.) Por supuesto que esta autoridad se ejercía mediante el uso de la Palabra, con el poder del Espíritu.

Lo desechable

Versículo 14: “No atendiendo a fábulas judaicas”. Las fábulas son mencionadas en la primera epístola a Timoteo (cap. 1:4), donde son distintas de las “genealogías interminables”, aun estando asociadas en este pasaje. Estas “genealogías” no tienen, como podría suponerse, ninguna relación con las genealogías del Antiguo Testamento, y son la mezcla, con el cristianismo, de especulaciones judías espiritistas y filosóficas, adoptadas a continuación por el paganismo en su decadencia. Las fábulas judaicas, calificadas en 1 Timoteo 4:7 de “fábulas profanas” que no son sino historias de viejas, son el producto de la imaginación oriental que se ejerce sobre las Escrituras y que, bajo pretexto de adornar la verdad, la desfigura y también la aniquila. El apóstol Pedro las denomina “fábulas artificiosas” (2 Pedro 1:16). (Las genealogías interminables son concepciones fabulosas sobre el origen y la emanación de los seres espirituales. Son el producto de la superstición judía asociada a la filosofía pagana. La Cábala o tradición judía sobre la interpretación del Antiguo Testamento contiene muchas afirmaciones fabulosas en cuanto a esas “emanaciones”. Según la Cábala hay diez “Sephiroth” o emanaciones que provienen de Dios. Éstas parecen haber sugerido los Eons de los gnósticos. Sobre esta teoría se injerta un sistema de Magia que consiste principalmente en el uso de palabras de la Escritura para producir efectos sobrenaturales).

Las fábulas judaicas son distintas, en nuestro pasaje, a los mandamientos de hombres, aunque las unas y los otros provienen de “los de la circuncisión”. Los mandamientos de que se trata aquí no son, pues, los de la ley, dados por Dios, sino prescripciones legales inventadas por los hombres y pasadas al estado de tradición, las cuales abundan en el judaísmo. Las hallamos a cada instante en los evangelios, como por ejemplo el lavado de los vasos y platos y “otras muchas cosas semejantes” (Marcos 7:8). De tal manera estos hombres se apartaban de la verdad. Estaban en completa oposición al apostolado de Pablo, basado sobre “el conocimiento de la verdad” (cap. 1:1).

Versículo 15: “Todas las cosas son puras a los puros”. El cristianismo es puro; no en sí mismo, pero lo es ante Dios en virtud de la obra de Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo (1 Corintios 6:11). Como tal, no puede contaminarse con lo impuro, y esto es precisamente lo que negaban estos judaizantes por medio de sus “mandamientos de hombres”, mientras que la Palabra de Dios conduce al nuevo hombre a andar en los pasos de Jesús. Jamás el Señor puede contaminarse con la lepra, ni con cualquier otra inmundicia. Una pecadora, o una adúltera, podían ser purificadas por él, pero nunca podía ser manchado por ellas. Contrariamente, “los corrompidos e incrédulos” no son influenciados por nada puro, pues su interior, es decir, “su mente y su conciencia están corrompidas”.

En el versículo 16 queda descripto el carácter de estos hombres contaminados: “Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan”. Sus obras nos revelan si verdaderamente conocen a Dios como lo pretenden; y, si éstas son malas, sabemos a qué atenernos sobre esta cuestión. No puede esperarse de ellos ninguna obra buena. Son “reprobados”, completamente rechazados por Dios; son “abominables y rebeldes”.

El carácter de las obras

Esto nos lleva a considerar el carácter de las buenas obras. Se las menciona seis veces en esta corta epístola (cap. 1:16; 2:7, 14; 3:1, 8, 14). Una doctrina que no conduce a buenas obras no es la “sana doctrina”, y este punto es de la mayor importancia. No existe actividad práctica agradable a Dios si no tiene por base la sana doctrina. La primera epístola a Timoteo, la que nos habla de mantener la “sana doctrina” en la casa de Dios, nos habla también a menudo de las buenas obras (cap. 2:10; 3:1; 5:10, 25; 6:18). En un pasaje capital, la segunda epístola a Timoteo nos enseña que retirarse del mal en la casa de Dios consiste en estar “dispuesto para toda buena obra” (cap. 2:21). Ahora bien, esta verdad es poco comprendida por los amados hijos de Dios. Ellos hablan mucho de buenas obras sin haber hecho jamás lo único que puede prepararles para tal menester: purificarse de los vasos de deshonra. Las buenas obras tienen un carácter: son el producto de la santidad y del amor. Jesús, el santo siervo de Dios, que había sido ungido “con el Espíritu Santo y con poder”, iba de lugar en lugar haciendo el bien (Hechos 10:38). No había ni una sola obra de las que hacía ante los hombres de parte de Dios que no fuera una obra de amor. Lo mismo ocurría con sus discípulos. Dorcas “abundaba en buenas obras”. El amor era el móvil interior de toda su actividad. En Hebreos 10:24 las buenas obras tienen su manantial en el amor y son inseparables. Asimismo, las de las santas viudas en 1 Timoteo 5:10.

En Efesios 2:10, el cristiano es creado en Cristo Jesús para buenas obras, pero no para escogerlas a su conveniencia, pues Dios mismo las preparó de antemano, y no tenemos más que andar en ellas. En Hebreos 13:21 ellas tienen por objetivo hacer su voluntad y serle agradables.

Estas buenas obras preparadas por Dios y no por nosotros –lo cual les quitaría todo el valor– están caracterizadas por la circunstancia de ser hechas en el nombre de Cristo (Hechos 4:9-10). Tienen por objeto ser hechas hacia Cristo (Marcos 14:6), en favor de los santos (Hechos 9:36) y en favor de todos los hombres (Gálatas 6:10), pero siempre ser hechas para Cristo.

El mundo nada puede comprender de las buenas obras hechas para Cristo, pues no solamente no conoce al Señor, sino que es su enemigo. El perfume de María es locura a sus ojos; el amor divino que lleva al corazón del creyente hacia los santos por un lado y hacia el mundo por el otro, es letra muerta para el hombre natural.

En oposición a las buenas obras, las malas tienen el mal por origen y por finalidad. Un cristiano, aun el más eminente, corre peligro por este lado y tiene necesidad de ser librado de toda obra mala (2 Timoteo 4:18). Las malas obras caracterizan en general a los enemigos de Dios (Colosenses 1:21).

Las obras muertas son lo opuesto a las obras vivas, pues no tienen por origen la vida divina. No son llamadas “malas obras”, pero no tienen ningún valor para Dios y, como tienen naturaleza pecadora por punto de partida, es preciso purificarse de ellas (Hebreos 6:1; 9:14). Lo mismo que las malas obras, serán también objeto del juicio pronunciado sobre los hombres ante el gran trono blanco.

Cuando se trata del buen orden en la casa de Dios, se le reconoce por las buenas obras de los que forman parte de esa casa y no por lo que profesan creer. La profesión no impedía a los individuos mencionados en el versículo 16 de nuestro capítulo ser “abominables y reprobados”. No solamente Dios no tenía en cuenta su profesión, sino que los rechazaba lejos de Él.