El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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El Espíritu Santo en el culto y en las reuniones de oración

Lo que hemos manifestado para las reuniones de edificación vale también para el culto (reunión para celebrar al Señor y dirigirle alabanza, reconocimiento y adoración) y para las reuniones de oración, y hasta se aplica en mucho mayor medida en razón del carácter particular de dichas reuniones. En el servicio de edificación, aquellos que han recibido un don de pastor o de maestro tienen una posición especial, pues el Espíritu Santo empleará la mayor parte del tiempo los dones conferidos por el Señor. Éstos son, en su servicio, los instrumentos por los cuales Dios habla a las personas congregadas. Por eso está dicho en 1 Pedro 4:11 (V. M.): “Si alguno habla, sea como los oráculos de Dios”. Este pasaje no significa solamente que lo que se habla debe ser conforme a la Palabra de Dios, sino que tiene un alcance mayor. Quiere decir que su palabra debe ser oráculos de Dios, es decir, que Dios debe hablar directamente por medio de él.

Es distinto en el culto y en las reuniones de oración. En ellas no es Dios quien habla, sino nosotros (los que estamos congregados) quienes hablamos a Dios. En esas reuniones nos acercamos para ofrecer nuestros sacrificios de alabanza y de acciones de gracias, o para presentar a Dios nuestras necesidades y preocupaciones, pero no para recibir algo de Él, si bien no es naturalmente posible que nos acerquemos a Dios sin recibir una bendición para nuestros corazones. En ello reside la diferencia fundamental entre esas reuniones. Y todo hermano que se levante durante el culto para meditar, debe estar muy consciente de lo que hace. Al hablar, él cambia el carácter de la reunión. Pues entonces no es ya la asamblea que ofrece a Dios sus sacrificios de alabanza y de acciones de gracias, sino la asamblea que escucha la edificación que Dios quiere darle por medio de su siervo. Ello es así, cualquiera sea el tema que el hermano exponga, incluso si habla, por ejemplo, de los sufrimientos del Señor.

No queremos decir que no se deba hacer meditación en el culto. El Espíritu Santo es enteramente libre para dirigir como quiera. Y cuando los cristianos están congregados como Cuerpo de Cristo y los miembros se desempeñan cada uno en su lugar, por el Espíritu, puede presentarse la ocasión para ejercitar dones tendientes a edificar. Una asamblea reunida para el culto brinda también, naturalmente, oportunidad para el ejercicio de todos los dones con miras a la edificación del Cuerpo, pese a que ésa no sea la finalidad de la reunión. El culto está completo —e incluso en mayor grado— cuando en él no se ejercita ningún don. La manera en que los dones son habitualmente ejercitados hace que demasiado a menudo —lamentablemente— el carácter del culto se vea alterado y hasta perdido. Siempre es una pérdida. Pues si bien es posible que el Espíritu de Dios considere necesario —también en una reunión de esa naturaleza— enseñar o exhortar a los miembros del Cuerpo, no deja de ser menos cierto que el estado de la asamblea es mejor cuando ella puede adorar a Dios sin tener necesidad de ser exhortada. En tal caso se está, de una manera más sencilla y completa, en la proximidad de Dios, gozando, por gracia, de Él mismo.

En el culto, e incluso en las reuniones de oración, los dones no tienen ningún lugar. La asamblea está reunida como familia sacerdotal; cada uno puede acercarse a Dios, tanto el recién convertido como el padre en Cristo. Por la sangre de Cristo todos han sido constituidos sacerdotes y todos son dignos de ofrecer los sacrificios de alabanza y de reconocimiento. No obstante, muchas cosas pueden hacerles incapaces (Levítico 21 y 22). Como es prácticamente lo propio de un sacerdote —ya que está continuamente en la cercanía de Dios— saber cómo acercarse a Él de manera que le sea agradable y cuáles son los sacrificios que Dios acepta, es evidente que ello nada tiene que ver con el don de pastor o de maestro, o con la capacidad de expresarse corrientemente con palabras escogidas. Es muy posible que esos dones estén allí y que desdichadamente falte una comunión íntima, habitual, con Dios. Por cierto, pues, no es bueno atenerse a un hermano que posea un don manifiesto, o que él —por sí mismo— en razón de ese don quiera tomar un lugar preeminente en el culto. Y ese peligro es grande.

La dirección del Espíritu Santo en el culto resulta aun más importante, pues Él quiere emplear en esa reunión un círculo de hermanos más amplio que en las otras reuniones. ¿Y quién que no sea el Espíritu Santo puede guiar en la adoración? Es verdad que ésta resulta del estado espiritual de las personas presentes. Pero el poder, la única fuente viva de todo lo que es verdadero en la adoración, es el Espíritu Santo. En su soberanía, Él actúa de acuerdo con la capacidad espiritual de cada uno y se sirve de ella para expresar los sentimientos que convienen a la asamblea ante Dios, y hacerlos subir a Él. Lo que se produce en el culto —por más que esté supeditado al estado espiritual de la asamblea— debe elevar a ésta y llevarla a la presencia de Dios. Eso es lo que hace el Espíritu Santo. Si bien actúa en el hombre, lo hace según el poder y la gracia de Dios.

¿Qué hermano podría medir el estado espiritual de la asamblea para expresar los sentimientos de ésta y ser así verdaderamente su boca? Pues todos aquellos que dan gracias, que indican un cántico o que leen una porción de la Palabra deben expresar no solo sus propios sentimientos sino también los de la asamblea; sin embargo, es cierto que pueden hacerlo únicamente en la medida de su estado espiritual. La adoración es ofrecida a Dios solo por medio del Espíritu Santo, quien obra en hombres espirituales para expresar los sentimientos espirituales de la asamblea.

Vemos así nuevamente cuán importante es prestar atención a la dirección del Espíritu Santo. La verdad acerca de que el Espíritu Santo debe ser libre de obrar como Él quiere no es negada por ningún cristiano. Pero hay gran diferencia entre el conocimiento de una verdad y su realización efectiva. Para poder poner en práctica esta verdad nos es necesario estar compenetrados de la realidad de la presencia personal del Espíritu Santo —Él es Dios— en nuestras reuniones. ¿Ello no falta muy a menudo, siendo la causa de tanta debilidad y del tan frecuente accionar de la carne entre nosotros?

Y ahora, la siguiente pregunta pueden formulársela los jóvenes creyentes y quienes no conozcan prácticamente, en las reuniones, qué es someterse a la dirección del Espíritu Santo: ¿Cómo puedo reconocer esta dirección y cómo puedo saber si no es mi propia voluntad la que me impulsa, por ejemplo, a indicar un cántico? En lo relativo a la efectiva dirección del Espíritu Santo, en realidad hay cosas que solo pueden ser aprendidas mediante la práctica. La experiencia nos permite descubrir necesidades que únicamente una enseñanza divina puede satisfacer.

¿Quién tendría la pretensión de indicar de qué manera obra el Espíritu Santo en los corazones para darles la seguridad de lo que es Su voluntad? Lo que Juan 3 dice acerca del nuevo nacimiento ("El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni adónde va") por cierto puede también ser dicho de la acción del Espíritu Santo en el corazón de los creyentes. Pero, por otro lado, la Palabra de Dios da igualmente a este respecto preciosas indicaciones.

Primeramente tenemos los principios enumerados en 1 Corintios 14: “Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua... Hágase todo para edificación... para que todos aprendan, y todos sean exhortados”. “Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz”. Todo lo que se haga debe ser hecho para edificación. Es preciso que haya orden, lo que, según los versículos 26-33, se manifestará en el hecho de que dos no deben actuar al mismo tiempo, sino que deben esperarse el uno al otro. Además, la dirección del Espíritu Santo no se asemeja a la acción de espíritus demoníacos que fuerzan a sus víctimas a obrar como ellos quieren. “Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas”. El Espíritu Santo conoce sus pensamientos y da la capacidad de obrar, pero la persona de que se trata puede obrar en consecuencia o también no hacerlo.

Por otra parte, 2 Timoteo 1:7 dice: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”. No debemos actuar, pues, de manera descontrolada, sino calma, conscientes de lo que hacemos. Ello tampoco debe inspirar un espíritu de temor, sino de confianza en que, si esperamos verdaderamente dependientes del Espíritu, Él obrará en nuestros corazones de modo manifiesto. Y cuando Él lo hace, conviene aceptarlo y no preguntarse temerosamente: ¿Estará bien así?

¿Podría ser que Dios esperase de sus hijos que se dejen dirigir por el Espíritu Santo y no les diese seguidamente la dirección que esperan en actitud dependiente? Si conocemos el amor de Dios y sabemos que el amor mora también en nuestros corazones, no puede existir tal sentimiento de desconfianza. ¡Tengamos confianza en Él! El Espíritu Santo no obra por impulsos ocultos o impresiones vagas, poco claras. Da a la inteligencia espiritual pensamientos de Dios tales como están expresados en la Palabra escrita de Dios, despertando los sentimientos y los afectos del nuevo hombre.

Él produce en nuestros corazones, en correlación con lo que ya antes operó por medio de otros, sentimientos de gratitud, de alabanza y de adoración que podemos expresar como voceros de la asamblea. En relación con la corriente de pensamiento que Él produjo en la reunión, dirige nuestros espíritus hacia un cántico o un pasaje de la Palabra de Dios a fin de que indiquemos ese cántico o leamos esa porción. Pero ello implica primeramente que solo nos puede emplear libremente en la medida en que conozcamos la Palabra de Dios y los cánticos, y luego que siempre tengamos cuidado de examinar si está de acuerdo con el pensamiento general dado por el Espíritu en tal reunión. Es muy importante que nos preguntemos cuándo es el momento de hacer lo que el Espíritu suscita en nuestro corazón. Ni muy temprano ni muy tarde, a fin de que no suceda que dos hermanos obren juntos, si bien puede ser que el Espíritu Santo quiera emplearlos a ambos sucesivamente.

Si todos nos colocáramos así bajo la dirección del Espíritu Santo, tanto los hermanos como las hermanas, ¡qué reuniones dichosas tendríamos! ¡Cómo estaríamos en una espera solemne y tranquila de lo que Él quiere hacer! ¡Qué unidad habría en todo lo que se produjera! ¡Qué adoración subiría hacia Dios del corazón de todos los presentes! ¡Cuán glorificado sería el nombre de Dios y qué bendición habría para nuestros corazones!

 Hemos llegado al final de nuestras consideraciones sobre el Espíritu Santo. ¿No podemos decir, como conclusión, que la morada del Espíritu Santo en la tierra, en el corazón de cada creyente y en la Asamblea como un todo, es una de las verdades más importantes de nuestra época, si no la más importante? Quiera Dios que ella se grabe profundamente en los corazones, tanto de quien esto escribe como de los lectores, a fin de que la realicemos más en nuestras vidas.