El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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Lleno del Espíritu Santo y llenado del Espíritu Santo

En las Escrituras hallamos dos expresiones que están estrechamente relacionadas con las últimas preguntas que nos hemos planteado: “lleno del Espíritu Santo” y “llenado con el Espíritu Santo”a. Estas dos expresiones son muy parecidas y se las confunde a menudo. Sin embargo, no son idénticas.

Sólo cuatro veces se dice en las Escrituras que alguien estaba lleno del Espíritu Santo: Lucas 4:1; Hechos 6:3 y 5; 7:55 y 11:24. El primero de estos pasajes habla del Señor Jesús. En efecto, Aquel al cual Dios no le había dado el Espíritu por medida (Juan 3:34) estaba lleno del Espíritu Santo. Pero ello se dice también de Esteban y Bemabé y en Hechos 6:3 los apóstoles dicen a la multitud de los discípulos que elijan hombres “llenos del Espíritu Santo”.

Es evidente, pues, que esta expresión no alude a un estado pasajero, aunque naturalmente, tampoco se dice que Bernabé, por ejemplo, haya permanecido así hasta su muerte. Esta expresión caracteriza un estado espiritual del alma en el cual nada perturba la acción del Espíritu Santo y todos los sentimientos, pensamientos, palabras y hechos están constantemente controlados por el Espíritu Santo. ¡Qué gloriosa condición!

Acerca de Esteban se dice seguidamente que estaba lleno de fe, de gracia y de poder y que hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo. Más adelante se dice que los judíos no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba. Sus contradictores vieron su rostro como el rostro de un ángel (Hechos 6:15). Y al final de su grande y magnífico discurso, antes de ser apedreado, él vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios. De Bernabé —cuyo nombre significa «hijo de consolación»— se refiere que vendió una heredad y trajo su valor a los apóstoles (Hechos 4:36 y 37) y en Hechos 11:24 que era un hombre bueno, lleno de fe, y el Espíritu Santo vincula estos caracteres con el hecho de que una gran multitud fue agregada al Señor.

La expresión “llenado con el Espíritu Santo” se encuentra más a menudo. En Éxodo 28:3 y Deuteronomio 34:9 ya se habla de ser llenado con el espíritu de sabiduría, y en Éxodo 31:3 de “llenado del Espíritu de Dios”. En el Nuevo Testamento encontramos incluso la expresión “llenado con el Espíritu Santo” en Lucas 1:15, 41 y 67 en relación con Juan el Bautista y con su padre y su madre, y en Hechos 2:4; 4:8 y 31; 9:17; 13:9 y 52 y en Efesios 5:18 en relación con Pedro y Pablo solos y con grupos de discípulos. Dos veces se dice que serían llenados con el Espíritu (Juan el Bautista y Pablo), cinco veces que fueron llenados y dos veces que estaban llenados (Pedro y Pablo). El último pasaje en el que se halla esta expresión (Efesios 5:18) es una exhortación: “Sed llenados con el Espíritu”.

Si consideramos cuidadosamente todos estos pasajes en su contexto, vemos que ser “llenado con el Espíritu Santo” está siempre en relación con un servicio para Dios e incluso algunas veces con un mandato específico y de larga duración, como en los casos de Juan el Bautista y Pablo, pero la mayoría de las veces con servicios pasajeros, profecías o testimonios. Y ¿cuál es el significado de esta expresión? Creo que Hechos 1:8 da la respuesta: “recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos”.

¡Qué poder tienen los testimonios de Juan el Bautista y Pablo! Cómo Pedro —temeroso ante una sirvienta— da poderoso testimonio ante una gran multitud de judíos de diversos países y en el capítulo 4 dice con osadía a los jefes del pueblo que en ningún otro hay salvación fuera del nombre del Señor Jesús, a quien ellos habían rechazado y crucificado. Y en el capítulo 4:31 todos aquellos que son llenados con el Espíritu Santo anuncian la Palabra de Dios con denuedo.

El vino —es decir, lo que excita la energía natural y el gozo del corazón— no debe ser utilizado en el servicio de Dios (Lucas 1:15; Efesios 5:18), sino solamente el poder y el gozo del Espíritu Santo. Cuando aquellos a quienes Dios llama están conscientes de que nada que provenga del hombre natural puede ser de alguna utilidad para el cumplimiento de un servicio confiado por Dios, y así, sin recurrir a medios humanos, piden a Dios que les dé lo necesario y se dejan emplear por el Espíritu Santo, entonces serán llenados con el Espíritu Santo y su servicio les servirá para probar esa circunstancia.

¡Qué gozo, qué poder y qué gloria para Dios vemos en Elisabet y Zacarías (Lucas 1), o el día de Pentecostés y más tarde (Hechos 2:11; 13:52), así como en Efesios 5:18-21!

Dejarse dirigir así por el Espíritu Santo no solo es necesario para un servicio particular. Romanos 8:14 dice: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”. ¿Cómo podemos vivir de acuerdo con la elevada posición que en su gracia Dios nos ha dado (la posición de “hijos de Dios") si nuestra vida no es dirigida por el Espíritu Santo?

¿Cómo podría ser posible? Romanos 7 nos enseña que nosotros no tenemos ninguna fuerza y, si hemos aprendido a conocernos aunque más no sea un poco, sabemos que ello es así. Sin embargo, Dios dice también: “Mí poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9) y los hijos de Coré cantan en el Salmo 84:5: “Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas”. Esta fuerza, esta fuente de poder que es Dios el Espíritu Santo, mora en mí. ¿No es suficiente? ¿El poder no puede darme la victoria sobre todos los enemigos que están en mí o alrededor de mí? ¿Mí vida no puede ser así una vida victoriosa, en la cual Dios sea glorificado? Mi servicio, el mandato que Dios me confió, ¿no puede ser así un servicio pleno de bendición para otros y para mí, para gloria de Dios? ¿No puedo saber así cómo debo obrar en todo según los pensamientos de Dios, de modo que yo no tenga ninguna incertidumbre en cuanto a lo que debo hacer?

¡Sí, mil veces sí! El Espíritu Santo conoce perfectamente los pensamientos de Dios y la voluntad de Dios (1 Corintios 2:10). Él conoce mi corazón y expresa mis deseos ante Dios (Romanos 8:26 y 27). Él me da las palabras que me permiten comunicar a otros las cosas espirituales que Él me ha revelado, a fin de que ellos también puedan poseerlas y gozarlas (1 Corintios 2:10-13). Y Él es el poder, el poder divino que puede hacerlo todo en mí, en mi vida personal y en mi servicio para Dios.

Pero ¿para qué sirve un poder que no puede ser desplegado? ¿De qué sirve que el Espíritu Santo more en mí si no lo dejo obrar? Una locomotora puede tener suficiente presión y, sin embargo, permanecer en su lugar porque el vapor no puede desarrollar su poder. ¡Pruebe usted con toda su fuerza de hacerla avanzar! Con la ayuda de otros y una buena organización tal vez lo consiga. Pero el resultado ¿es comparable al que el maquinista obtiene con un simple movimiento de su mano? Da vuelta una manivela y anula lo que impedía que el vapor desplegara su potencia. La locomotora avanza sin la menor dificultad y además arrastra tras ella un largo tren.

¿Tenemos nuestra palanca en buena posición? ¿El Espíritu Santo puede desplegar su poder sin obstáculo, o aún tiene obstrucciones? ¿Nuestro «yo» está en acción, es decir, están de por medio nuestra propia fuerza, nuestra inteligencia, nuestra capacidad de organizar, nuestra actividad, nuestro empeño, tal vez hasta nuestros pecados? Si existe todo esto, o tan solo el menor átomo de nuestro yo, el Espíritu Santo no puede obrar en nosotros. Pero, si tenemos conciencia de que estamos “crucificados con Cristo” (Gálatas 2:20), entonces toda nuestra vida se abrirá ante Él y Él la pondrá por entero bajo su control.

A menudo se oye decir que es difícil —y hasta imposible— seguir las directivas del Espíritu Santo porque no siempre podemos saber lo que Él quiere.

Si Dios el Espíritu Santo mora en nosotros y le dejamos conducir nuestra vida, ¿no nos hará conocer su voluntad de manera indubitable? ¡Consideremos al Señor Jesús, nuestro perfecto modelo! Él fue llevado por el Espíritu al desierto (Lucas 4:1), luego volvió a Galilea en el poder del Espíritu (v. 14). Por el Espíritu enseñaba, consolaba, curaba (v. 18 y 19), echaba los demonios (Mateo 12:28). Por el Espíritu se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios (Hebreos 9:14). En los Hechos, el Espíritu dice a Pedro: “He aquí, tres hombres te buscan. Levántate, pues, y desciende, y no dudes de ir con ellos, porque yo los he enviado” (10:19 y 20). Más adelante el Espíritu Santo dice: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (13:2). Los apóstoles pueden decir: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros...” (15:28). El Espíritu Santo impide a Pablo y a Silas que anuncien la Palabra en Asia y no les permite ir a Bitinia (16:6 y 7). Pablo dice: “El Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones” (20:23). Los discípulos dicen a Pablo, por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén (21:11). ¿No es ésta la dirección expresa del Espíritu Santo, ejercida de manera que quita toda incertidumbre para un creyente sencillo?

¡Y ello muy bien puede producirse tanto hoy como entonces! Aun ahora el Espíritu Santo nos dará a conocer su voluntad claramente si solo somos sencillos y dependientes, si nos sometemos a la Palabra de Dios y nuestra conciencia es formada y esclarecida por ella. ¡Cuántos creyentes han experimentado tal dirección en sus vidas! ¿El Espíritu Santo no nos ha advertido a menudo, por una voz interior que nos turbaba, cuando queríamos obrar según nuestros propios pensamientos? ¿Con frecuencia no nos ha recordado algo que debíamos hacer y que habíamos olvidado? ¿Repetidamente no nos ha dado misiones que cumplir?b

Quiera el Señor predisponemos siempre a escuchar y obedecer. “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8:14).

 

  • a

    N. del T.: En las versiones bíblicas españolas no se refleja esa diferencia, por lo menos de manera uniforme. Aquí hemos adoptado la forma “llenado” para ser consecuentes con el pensamiento del autor.

  • b

    N. del A.: Un creyente contaba que una noche, cuando ya estaba en la cama, le vino la idea de visitar a un hombre que, si bien había profesado pertenecer a Cristo, vivía en el pecado. Este pensamiento se hizo tan imperioso que se levantó y fue a casa de este hombre. Tocó el timbre y el hombre le abrió la puerta, preguntándole qué deseaba. Le explicó entonces francamente lo que le traía y le oyó decir: Es notable... En el momento en que usted llamó, yo estaba parado sobre una silla, con una soga al cuello, a fin de colgarme. Al oír el timbre sentí la necesidad de ver quién podía venir tan tarde.