El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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El bautismo en Espíritu Santo y fuego

Antes de considerar la obra del Espíritu Santo, veamos por un instante lo que dice Mateo 3:11 y Lucas 3:16: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”.

Muchos entienden estos pasajes como si dijeran: Él os bautizará con el fuego del Espíritu Santo, y se oye hablar del «bautismo de fuego» y orar por él. Se piensa en el bautismo con el Espíritu Santo el día de Pentecostés y en las “lenguas repartidas, como de fuego” que se posaron sobre los discípulos como testimonio público de que el Espíritu Santo había descendido sobre ellos.

Si leemos ese texto con cuidado, nos resulta claro que tal interpretación no es justa. Es cierto que se habla de un bautismo de fuego, pero es algo completamente distinto del bautismo en Espíritu Santo.

En la Palabra, el fuego siempre es figura del juicio o de la prueba. Así se lo ve en Mateo 3:12. Pero el bautismo en el Espíritu Santo no es un juicio, sino un acto de inmensa gracia; el Señor Jesús lo anunció repetidas veces a sus discípulos como un consuelo (Juan 14 a 16). El bautismo en el Espíritu Santo, entonces, no puede ser lo mismo que el bautismo con fuego. El Señor Jesús también lo dijo claramente: “Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hechos 1:5). Son las mismas palabras que empleaba Juan, pero con el añadido de que el bautismo con el Espíritu Santo tendría lugar dentro de “no muchos días”. Nada se dice del bautismo con fuego. ¿No habría sido algo extraño que el bautismo con fuego hubiera tenido lugar el día de Pentecostés? Un más profundo examen de Mateo 3:11 al respecto nos dará la explicación de ello.

En las profecías del Antiguo Testamento sobre la venida del Señor Jesús hay dos consecuencias de esta venida que están continuamente ante nuestros ojos: por una parte, las bendiciones y la gloria para aquellos que temen a Dios, y, por otra parte, el juicio para los orgullosos y aquellos que practican la maldad (compárese Isaías 61:1 y 2 con Malaquías 4:1-3). De ningún pasaje se puede deducir que esas consecuencias no deban ser vistas simultáneamente. El judío piadoso esperaba que el Mesías liberara a los judíos y juzgara a sus enemigos. Por tal razón hay tantos salmos de venganza, en los cuales el salmista se alegra del juicio que debe caer sobre los impíos (cf. Salmo 58:6-11; 83; 109, etc.). Tal juicio debía tener lugar cuando el Dios de los cielos estableciera su reino en la tierra (Daniel 2:44) para entregarlo al Mesías, el Hijo del hombre (Daniel 7:13 y 14). Juan el Bautista era el heraldo del rey, anunciado en Isaías 40 y Malaquías 3 y 4, quien debía predicar el evangelio del reino. “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Ello nos es presentado en Mateo 3 y Lucas 3.

Desdichadamente, el pueblo —como conjunto— no temía a Dios. Es cierto que exteriormente guardaba la palabra de Dios y cumplía las prescripciones de la ley. Pero en realidad su estado era semejante al de los tiempos de Malaquías, cuando tan solo un pequeño remanente temía a Dios. Este remanente creía las palabras de Juan el Bautista según las cuales el reino estaba cercano. Ellos habían sido bautizados con el bautismo de arrepentimiento (Hechos 19:4) y así se separaban de la masa del pueblo que no temía a Dios. Por medio del bautismo reconocían que el estado en que estaban hasta entonces se hallaba en contradicción con el reino que iba a venir y con su rey.

Los conductores del pueblo que servían a Dios acudieron también, lamentablemente sin arrepentirse, por lo cual a ellos se dirige Juan. Él venía en camino de justicia (Mateo 21:32) y hablaba de arrepentimiento, anunciando el juicio sobre toda injusticia. Él bautizaba con agua, signo exterior de la separación del mal, pero que jamás podía operar una purificación interior. Incluso el bautismo cristiano habla de muerte, de ser sepultado, pero nunca de vida. Él no era el Mesías; solo era “la voz de uno que clama”, pero después de él debía venir Aquel que era más poderoso que él y que estaba tan por encima de él que no era digno de desatarle la correa del calzado. Era Dios mismo, Jehová, el Dios del pacto con Israel (Zacarías 12 y 14). Por medio de Él vendrían la gracia y la verdad (Juan 1:17; Mateo 11:16-19; Lucas 7:32-35). Él bautizaría en Espíritu Santo y fuego. “En Espíritu Santo” como fruto de su primera venida, como poder de las bendiciones de Dios en el reino de los cielos en su forma actual, por la que la Asamblea (Ekklesia) es separada de los judíos (Hechos 2:40 y 47). “Y fuego”: Él ejecutará el severo juicio de Dios sobre el mundo, ejerciendo en “llama de fuego... la retribución a los que no conocieron a Dios” (2 Tesalonicenses 1:8).

El Espíritu Santo no purifica solo exteriormente, sino que renueva el entendimiento (Romanos 12:2) y es el poder divino en nosotros que nos separa de todo lo que agrada a la carne. Él nos pone en contacto con la gloria en la cual Dios nos introduce, en todo lo que Dios se ha revelado, al vencer todo lo que nos impide gozar de esos privilegios. El fuego es el juicio que consume todo lo opuesto a Dios. Ambos apartan el mal, pero lo hacen por caminos diferentes.

Juan el Bautista no comprendió todo eso. El pasaje de 1 Pedro 1:10-12 nos muestra que a menudo los profetas profetizaban sobre cosas que superaban en mucho su entendimiento. Sólo mucho más tarde fue revelado de qué manera Cristo cumplió la profecía de Juan. Era ya “el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres1' (Efesios 3:2-12). Los profetas del Antiguo Testamento en general no indican que, entre la venida del Señor en gracia a la tierra y su manifestación gloriosa para juicio, transcurre un largo periodo. Si los judíos se hubieran convertido a raíz de la predicación de Juan y hubieran recibido al Señor Jesús, aquello no habría existido, pues el reino habría sido establecido con gloria. Por ese motivo el Señor Jesús indica, en el sermón del monte (Mateo 5 a 7) qué carácter deberían tener aquellos que entraran en el reino de los cielos. En los capítulos 8 a 12 de Mateo vemos, sin embargo, que Él es rechazado por los judíos, y en el capítulo 13:1 el Señor sale de la casa (Israel) y se sienta junto al mar (las naciones). Allí muestra en las siete parábolas tan conocidas aquello en lo que ha venido a parar ese reino a raíz del rechazo del rey, pero también cómo, en la consumación del siglo, él será purificado cuando la cizaña sea quemada (el bautismo con fuego), y a continuación cómo ese reino purificado será manifestado con gloria, en lo que concierne a su parte terrenal bajo el nombre de “reino del Hijo del hombre” (v. 41) y en cuanto a su parte celestial como el reino del Padre (v. 43). Entonces la profecía de Juan será íntegramente cumplida. Entonces el reino de los cielos será manifestado con poder y gloria y el Señor Jesús habrá bautizado a Israel con fuego. Pero, durante la espera de ello, algo nuevo ocurre. El rey rechazado halla en el campo un tesoro (v. 44-46); la Iglesia es manifestada. Él vende todo lo que tiene para comprarla y la bautiza con el Espíritu Santo para que sea su cuerpo (1 Corintios 12:13). Es el bautismo en el Espíritu, anunciado por Juan y que tiene lugar el día de Pentecostés (Hechos 2).

Algunas veces se invoca la expresión “lenguas repartidas, como de fuego” para probar que el «bautismo con fuego» es idéntico al bautismo con el Espíritu Santo. Sin embargo, no está escrito que ellas eran de fuego, sino “como de fuego”. Eran lenguas, alusión al hecho de hablar. Ello significa que el poder del Espíritu Santo se manifestaría en la predicación de la Palabra por medio de ellos, de manera que esta Palabra que lo juzga todo como un fuego (Hebreos 4:12) sería anunciada con poder (Hechos 1:8). Que hayan sido lenguas “repartidas” es, a mi juicio, una indicación de que el testimonio no solo era para los judíos, sino también para las naciones.

Cuán grande es la gracia de Dios, quien no nos da todo lo que le pedimos, sino únicamente lo que es bueno para nosotros. ¿Dónde estaríamos si Él hubiera satisfecho las oraciones de aquellos hijos suyos que le pedían el «bautismo con fuego»? Nuestro Dios es también un fuego consumidor.