El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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Unción y sello

Llegamos ahora a la unción y al sello del Espíritu Santo.

En Lucas 4:18 leemos: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres”. Y en Juan 6:27 (V. M.): “pues a éste selló el Padre, Dios”. En Hechos 4:27: “a quien ungiste”, y en el capítulo 10:38: “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder”. En Juan 3:34: “Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida”. Todos estos pasajes hablan del Señor Jesús. Él, quien fue concebido del Espíritu Santo (Mateo 1:20), también estaba ungido y sellado con el Espíritu. Y como Dios le había dado la plenitud del Espíritu, podía hablar las palabras de Dios. Antes de Hechos 2 no leemos de nadie que haya sido sellado con el Espíritu Santo. Sólo Cristo (es decir, el Ungido) lo estaba. Nadie podía recibir el Espíritu Santo antes de que la obra de la salvación hubiese sido cumplida. Ello también está de acuerdo con las figuras del Antiguo Testamento. En Éxodo 29 y Levítico 8, donde vemos la consagración de los sacerdotes, Aarón es ungido antes de la presentación del sacrificio. Los hijos de Aarón lo eran después del sacrificio y entonces era hecha sobre ellos aspersión de la sangre y del aceite de la unción. Según la epístola a los Hebreos, Aarón es una figura del Señor Jesús, y los hijos de Aarón lo son de nosotros, como familia sacerdotal (véase Hebreos 2:11-13; 3:1 y 6; 1 Pedro 2:4 y 5).

En las epístolas vemos tres pasajes que hablan de nuestra unción: “Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones” (2 Corintios 1:21 y 22). “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas”. “Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él” (1 Juan 2:20 y 27).

Estos pasajes nos muestran el significado de la unción. Por ella sabemos todas las cosas, pues nos enseña respecto de ellas. En 1 Corintios 2 ello es desarrollado por el apóstol Pablo. El Espíritu de Dios sabe lo que hay en Dios y nosotros hemos recibido “el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (v. 10-12). La unción del Espíritu Santo consiste, pues, en el hecho de que estamos unidos —por la morada del Espíritu Santo— en una inmediata comunión con Dios; de manera que conocemos sus pensamientos y sabemos igualmente lo que les es contrario, y podemos fortalecernos y gozarnos en la verdad de Dios en Cristo.

Ello nos es mostrado claramente en la figura de la consagración de los sacerdotes en Levítico 8 y 9. Después de la consagración, en la primera parte del capítulo 8, encontramos en los últimos versículos del capítulo 8 y en el capítulo 9 los deberes de los sacerdotes. En el capítulo 8, es guardar “la ordenanza delante de Jehová... porque así me ha sido mandado”, y en el capítulo 9, en vista de la gloria que iba a venir y de la bendición del pueblo, es llevar la sangre adonde el sumo sacerdote debía emplearla.

Merced a su unción como sacerdotes, ellos tienen comunión con Dios en su casa, conocen las ordenanzas del Señor, comprenden la obra de la redención y saben dónde el sumo sacerdote aplica la sangre. Saben también que esta obra traerá la gloria y la bendición final para el pueblo.

Naturalmente, esto no quiere decir que cada uno de aquellos en quienes mora el Espíritu Santo conozca toda la verdad en sus detalles y no tenga necesidad de ninguna enseñanza. En los siguientes capítulos del Levítico se dan instrucciones precisas a los sacerdotes. Y después que el apóstol Juan dice: “Vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas” (1 Juan 2:20) en el resto de su epístola da aun múltiples enseñanzas. El versículo 27 explica la expresión “la unción misma os enseña todas las cosas”. Cada uno de aquellos en quienes mora el Espíritu Santo, tiene la unción del Santo y es llevado a la misma presencia de Dios. Y allí, en la presencia del Santo, ve enseguida si está o no en acuerdo con Dios.

Ello es aplicable también a los creyentes más jóvenes, de conocimientos reducidos, e incluso a aquel que acaba de hallar la paz. El apóstol escribe a hijitos. Estos pequeños sabían que sus pecados les habían sido perdonados por el nombre de Jesús (1 Juan 2:12; Hechos 4:12) y habían conocido al Padre (1 Juan 2:13). Ello bastaba, pues entonces el Espíritu Santo moraba en ellos, tenían la unción de parte del Santo y conocían todas las cosas. Por cierto que no conocían toda la verdad revelada (¿incluso qué “padre” en Cristo podría conocerla plenamente?). Si un falso maestro venía a ellos, seguramente no podían responderle y tal vez ni siquiera descubrir en qué consistía su falsa doctrina. Pero, en la presencia del Dios santo, sentían todo lo que era contrario a ese Dios santo: “Como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él”.

Éste es un pensamiento maravilloso para un joven creyente. Hay muchas doctrinas diversas que tienen curso en la cristiandad, y hasta los mismos creyentes expresan a veces los pensamientos más contradictorios. Entonces ¿cómo un recién convertido, que aún tiene tan pocos conocimientos, podría permanecer en el buen camino y saber cuáles son los pensamientos de Dios? Aquí tenemos la respuesta: “Vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas”. Y agrega 1 Juan 2:24: “Lo que habéis oído desde el principio, permanezca en vosotros”. La Palabra de Dios nos revela la verdad, y el Espíritu Santo, quien obra en nuestros corazones, nos instruye por medio de esta Palabra y nos preserva de falsas doctrinas.

Entonces ¿cómo explicar que a veces haya creyentes que a pesar de todo caen en una falsa doctrina y que otros no perciban una falsa doctrina que atenta contra la verdad? Los sacerdotes, en el Antiguo Testamento, a veces no podían acercarse a Dios en razón de una impureza o de un defecto corporal —o de ambas• cosas— (Levítico 21) pese a pertenecer a la casa de Aarón. Y el apóstol Pablo, después de haber expresado en 1 Corintios 2:15 que “el espiritual juzga todas las cosas”, debe decirles a los corintios en el capítulo 3:1 que ellos no eran espirituales, sino carnales. Ellos, en efecto, no habían permanecido en la proximidad de Dios. Algo les impedía estar allí. Es un maravilloso privilegio estar en la presencia de Dios, es una dicha indecible y una paz profunda para el corazón de un creyente. Pero allí no puede haber voluntad propia. Ningún pecado puede subsistir en ese lugar sin ser quitado por el juicio de uno mismo. El mundo no puede comparecer allí, ni nada que sea del mundo. Sólo se puede estar en la presencia de Dios después que uno se ha purificado por el juicio de sí mismo y poseyendo un corazón consagrado a Él. Sólo podemos estar en su presencia si deseamos obrar únicamente según Sus pensamientos, excluyendo así todo pensamiento propio. En los corintios había cosas carnales: envidia y disputas entre ellos. Una sabiduría humana había tenido acceso a ellos. Un mal moral era tolerado. Su discernimiento había desaparecido, de modo que algunos de ellos habían caído en falsas doctrinas (1 Corintios 15:12).

¿Qué ocurre en nuestro caso, individualmente y como asamblea?

El sello del Espíritu Santo

En cuanto al sello del Espíritu Santo, además de mencionárselo en el pasaje de 2 Corintios 1: 21 y 22 se hace referencia a él en Efesios 1:13 y 4:30. En Juan 6:27 (V. M.) se dice del Señor Jesús: “a éste le selló el Padre, Dios”. Los diferentes pasajes que hablan del sello (ver, por ejemplo, Ester 8:8; Daniel 6:17; Jeremías 32; Apocalipsis 5:1-7; 7:1-8) aclaran su significado. Aquel que ha sido sellado está marcado como propiedad de aquel que le selló. Todos los pasajes que hablan del sello del Espíritu Santo nos confirman ese significado. En Efesios 1:10-12, el apóstol Pablo habla de judíos creyentes que, en virtud de la promesa, deben participar de la gloria del reinado de paz que tendrá lugar en la tierra en la administración de la plenitud de los tiempos. Luego, en el versículo 13, él dice: En quien (Cristo) vosotros también habéis sido hechos herederosa “habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria”.

 

A través de este pasaje vemos que:

1)           el sello se aplica después que hubimos creído y

2)           con miras a la herencia.

 

El hecho de que el sello sea aplicado después que se ha creído confirma nuevamente que la morada del Espíritu Santo en el hombre es un hecho distinto del nuevo nacimiento. Éste hace de un pecador un hombre nuevo, en tanto que el Espíritu Santo sella al creyente.

Pero Efesios 1:13 dice más. El sello está en relación con “el evangelio de vuestra salvación” y con la fe en éste. En Levítico 14:17 el aceite es puesto sobre el lóbulo de la oreja derecha, sobre el pulgar de la mano derecha y sobre el pulgar del pie derecho, “encima de la sangre del sacrificio por la culpa”. Si prestamos mucha atención a las expresiones y figuras de la Palabra, me parece que podemos decir que lo que se sella es la fe en la obra del Señor Jesús para lograr el perdón de los pecados.

Nosotros éramos pecadores gentiles que no tenían parte alguna en las promesas (Efesios 2:12). Creímos en la obra perfecta, en la sangre vertida. Y por esta sangre tenemos la paz con Dios y hemos sido hechos cercanos a Él (Romanos 3:21-26; Colosenses 1:20; Efesios 2:13 y 14). Esta fe, Dios la sella. La reconoce y, como señal, pone su sello sobre ella, lo que significa que está segura y firme. El Espíritu Santo, como quien mora en nosotros, es ese sello, la prueba de que somos Su propiedad. Efesios 4:30 dice que somos sellados con el Espíritu Santo de Dios “para el día de la redención” y Efesios 1:13, así como 2 Corintios 1:22, hablan también de la herencia venidera. Como ya lo hemos dicho, aún no hemos recibido la redención de nuestro cuerpo y la herencia es algo futuro. Hemos sido salvados “en esperanza” (Romanos 8:23 y 24). Pero esas cosas venideras no son, para nosotros, inciertas, pese a no ser judíos y por eso no poder compartir con ellos las promesas que les fueron hechas. Dios ya nos ha sellado para demostrar que le pertenecemos y que por tal motivo tendremos parte en su herencia. Y ese sello, el Espíritu Santo, es al mismo tiempo las arras, la prueba de que esta liberación será nuestra parte, pues ciertamente por el Espíritu recibiremos la redención de nuestro cuerpo (Romanos 8:11). De manera que la expresión “en esperanza fuimos salvos” tiene un significado muy distinto del que se oye a menudo. Ninguna incertidumbre, sino una seguridad sin sombra de duda. Dios el Espíritu Santo es ya el sello por el cual Dios nos reconoce como suyos y, al mismo tiempo, es las arras de que Dios cumplirá sus promesas hechas a nuestro respecto.

  • aN. del T.: El autor se refiere a la nota que aparece fuera de texto en la versión francesa de J.N. Darby.