El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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La vida de resurrección

En Juan 20 vemos al Señor Jesús resucitado, fuera de la tumba, después de haber cumplido la obra de la reconciliación. Aquí no se dice que Dios le resucitó. Por cierto que ello es verdad, tal como lo dice el apóstol Pedro en Hechos 2:32: “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos”. En Juan 20, sin embargo, vemos que el Señor resucitó por su propio poder divino. Él salió de la muerte por el mismo poder con el cual hizo volver de la muerte a la hija de Jairo, al joven de Naín y a Lázaro. Así probó que Él era el Hijo de Dios (Romanos 1:4).

Este Jesús se manifiesta primeramente a María de Magdala. Él la había liberado de siete demonios. Ella había estado enteramente bajo el poder de Satanás. Pero Jesús había vencido al poder demoníaco y había echado fuera los demonios. Por eso el corazón de María estaba apegado al Señor con todo el amor que ella era capaz de sentir. Fuera de Él, no tenía a nadie sobre la tierra. Es conmovedor ver, en el pasaje de Juan 20:1-18, cómo su corazón estaba lleno del Señor. Cuán grande debió de ser su gozo cuando el Señor la llamó por su nombre. Y podemos comprender que haya saludado con gran gozo al Señor, como a alguno a quien no pensaba volver a ver nunca más. Y ahora todo era de nuevo como lo había sido antes de aquella terrible noche en que Él había sido prendido.

Pero la voz del Señor la detiene: “No me toques, porque aún no he subido a mi Padre... y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (v. 17). Entonces, todo no era como antes. Es verdad que era el mismo Jesús, pero un Jesús que había cumplido en la cruz la obra de la reconciliación y había muerto por ello. Ahora estaba resucitado y poseía una vida de resurrección. De allí que todo fuera diferente. Antes de la cruz, los discípulos habían estado en contacto con el Señor. Le habían seguido, habían escuchado lo que les enseñaba. Le habían servido con sus bienes materiales. Pero, a pesar de todo, Él siempre había permanecido solo. “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:24). Ahora no estaba tan cerca de ellos, corporalmente, pues su vida de resurrección era completamente diferente de sus cuerpos naturales. En cambio, de una manera espiritual, Él estaba mucho más cerca de ellos, pues el Señor glorificado en el cielo era infinitamente más cercano que antes de su muerte, ya que les llevaba a ocupar la misma posición que Él. Les unía a Él a la diestra de Dios.

El Señor Jesús era el eterno Hijo del Padre. En esa condición está naturalmente solo y, como tal, no puede ser más que el objeto de nuestra adoración. Pero Él era también Hijo de Dios por su nacimiento en la tierra. “Mi hijo eres tú. Yo te engendré hoy” (Salmo 2:7) y “el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35).

Tanto en su naturaleza divina como en su naturaleza humana Él era Hijo de Dios. ¡De qué manera perfecta conocía al Padre! Y en los evangelios vemos cómo manifestaba al Padre a los discípulos. En ninguna parte vemos que el Señor Jesús se dirija a Dios de otra manera que como “Padre”, salvo en la cruz. Pero nunca colocó a los discípulos en la misma relación con el Padre que la que Él había tomado.

Ahora vemos al Hijo del hombre, después de haber cumplido la obra de la reconciliación, muerto pero también resucitado por su propio poder divino. Y sus primeras palabras son para conferir a los discípulos Su título y para ponerlos en la misma relación que la que Él tiene con el Padre. Lo que el Padre es para el Hijo lo es también para los hijos. Lo que Él, el Padre del Señor Jesús, era para el Hombre bendito que quitó el pecado, lo es también para aquellos de quienes los pecados fueron quitados. Dios no es ya revelado únicamente como el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesús. Mediante la redención y la resurrección —por medio de las cuales estamos unidos a Jesús glorificado en el cielo— Dios se reveló también como nuestro Dios y Padre. ¡Qué gracia! ¡Qué posición bendita! He allí el verdadero cristianismo.

Los judíos solo podían estar en relación con un Mesías vivo en la tierra, en tanto que los discípulos están unidos a un Hombre glorificado en el cielo. Ésa es la gran diferencia que existe entre el judaísmo y el cristianismo. Y en Juan 20 comienza el cristianismo. Este es la familia de Dios, en la cual Jesús llama hermanos a sus discípulos, a quienes Él les rescató y les introdujo en Su posición. El segundo Hombre viene a ser el Jefe de una nueva raza. “El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales” (1 Corintios 15:47 y 48). Ése era el glorioso mensaje que María de Magdala debía llevar a los discípulos.

En Juan 20:19-23 esta verdad está aun más desarrollada. El día de la resurrección los discípulos están juntos. Han cerrado las puertas, ya que Jesús no está más con ellos para protegerlos oficialmente, como Mesías (Lucas 22:35-37). Y, sin embargo, Él está en medio de ellos, pero como el Resucitado; ante su cuerpo glorificado no existen puertas ni cerraduras. Y ellos oyen Su voz. Es la voz que tan frecuentemente oyeron durante los años en que le siguieron en su actividad a través del país. Pero nunca habían sido palabras semejantes. Es cierto que les había dicho: “No temáis” cuando ellos estaban en grandes dificultades. Él también les había prometido dejarles la paz. Pero ahora les dice: “Paz a vosotros”. Y para demostrarles por qué desde entonces podían tener paz, paz con Dios, les muestra sus manos y su costado traspasados. Ése era el fundamento de la paz con Dios: “haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20).

¡La paz con Dios! En Génesis 6:3 Dios dice: “No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre”. Mientras hay en el hombre algo opuesto a la santidad y a la justicia de Dios —sí, algo opuesto a Dios de alguna manera— no puede haber paz con Dios. Pero ahora el Hombre Cristo Jesús no solamente llevó los pecados de todos aquellos que creen en Él, sino que —mucho más que eso— Él glorificó a Dios en la cruz. El amor y la gracia de Dios, su justicia y santidad, todas las perfecciones de Dios fueron gloriosamente manifestadas por la obra del Señor Jesús. Dios fue glorificado en el Hombre Jesús y puede entonces considerarlo con satisfacción. Sin embargo, el Señor Jesús cumplió la obra por nosotros. Todos aquellos que creen en Él son vistos como uno con ÉL Estamos unidos al Hombre glorificado en el cielo. Y el agrado que Dios siente por su Hijo, a causa de su obra, se extiende también a aquellos que están unidos a Él: ¡"Tenemos paz para con Dios”!

Luego el Señor dice por segunda vez: “Paz a vosotros”. Pero agrega: “Como me envió el Padre, así también yo os envío”. Se trata aquí de la predicación del Evangelio. Los discípulos debían proclamar por todas partes esta paz con Dios, como el Señor lo había hecho. “Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Efesios 2:17 y 18). Y Él les dio (no solo a los apóstoles, sino también a todos los discípulos) el poder de remitir o de retener los pecados. Pero, para que ellos tengan el poder y el discernimiento necesarios, Él sopló en ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”.

¿Esto no nos lleva a pensar en el pasaje de Génesis 2:7, cuando Dios sopló en la nariz de Adán y éste fue hecho un ser viviente? Aquí vemos al último Adán —quien al mismo tiempo es el propio Dios— soplar en sus discípulos, con su poder divino, para comunicarles una nueva vida. Adán, como alma viviente, vino a ser el jefe de su familia, de su raza. Cristo, el último Adán, viene a ser, en virtud de Su obra y de Su resurrección, el jefe de una nueva familia, de una nueva raza, de la familia de Dios. “Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante” (1 Corintios 15:45).

Aquí, pues, no es cuestión de la efusión del Espíritu Santo, de la cual se habla en Juan 4 y 7. El capítulo 7:39 dice expresamente que ella solo tendría lugar después de la glorificación del Señor. Y en Hechos 1 el Señor dice que ella tendría lugar al cabo de pocos días. Sabemos que ella ocurrió el día de Pentecostés. Pero aquí se trata de la vida nueva. Aquí vemos realmente lo que el Señor Jesús enseña en Juan 3, es decir, que aquel que no es nacido de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Vemos a Jesús resucitado que da el Espíritu Santo como vida nueva.

Conviene hacer notar que en griego no hay artículo delante de “Espíritu Santo”. Asimismo en Juan 3:6 no se dice: «Lo que es nacido del Espíritu es el Espíritu», sino “espíritu”. No es el Espíritu Santo el que es hecho carne, sino el Espíritu Santo el que suscita una vida nueva, caracterizada por su origen; ella es “espíritu”. Y para los discípulos, para los cristianos, esta vida nueva es la vida de resurrección, dada por el Señor resucitado. Su vida es la que les coloca sobre el mismo terreno de resurrección que ÉL Ellos son hechos uno con Jesús, quien cumplió la obra de la reconciliación, quien resucitó de entre los muertos y recibió un lugar a la diestra de Dios. Eso es el cristianismo. Vemos en ello la inmensa diferencia que hay con relación a los creyentes comprendidos desde Adán hasta la cruz. Ellos también habían nacido de nuevo y tenían la vida de Dios. Pero no tenían la vida de resurrección. Estaban bajo la ley. Estaban sometidos a todas las ordenanzas dadas al hombre natural. Pero, como lo demuestra tan claramente el capítulo 8 de la epístola a los Romanos, el creyente está liberado del pecado, de la vieja naturaleza, de la ley. En otro capítulo volveremos a considerar este tema con mayor detenimiento.